La condena en firme de la infanta

La infanta Cristina./
La infanta Cristina.

Absuelta por los tribunales, su padre la encontró culpable y la apartó de la Familia Real

ALFONSO R. ALDEYTURRIAGAMadrid

Dijo Miquel Roca, el abogado que defendió los intereses de la infanta tras conocerse el fallo absolutorio de su defendida, que doña Cristina estaba contenta y triste a la vez e, incluso, se permitió la licencia de apuntar que la sentencia le salía a devolver. Más de 300.000 euros, que es la diferencia entre los 587.413,58 euros que solicitaba la Fiscalía por responsabilidad civil a título lucrativo y los 265.088 euros que le impusieron las jueces de Palma.

más información

La Justicia terrenal la ha absuelto, no ha encontrado más tacha en ella que la ceguera que le produjo el amor a Iñaki Urdangarin, el rubio jugador de balonmano del que se prendó en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96 y que, convertido en duque de Palma, padre de cuatro niños y hombre de negocios, hizo tambalear los cimientos de la Zarzuela. Pero antes, mucho antes, la infanta Cristina ya fue juzgada y condenada. Y su pena se prolongará de por vida. Cristina Federica Victoria Antonia de la Santísima Trinidad de Borbón y Grecia, infanta de España, sexta en la línea de sucesión al trono -privilegio al que no quiso renunciar, por más presiones que recibió-, es irrecuperable como miembro de la realeza.

Don Juan Carlos, en diciembre de 2011, tomó una decisión de la que, bien se sabía, no habría marcha atrás por mucho que los tribunales, como ha sido ahora el caso, la declarara inocente. Decidió el entonces Rey de España apartar a Iñaki Urdangarin de cualquier actividad relacionada con la familia real. Hasta entonces, hasta ese año, era habitual que los reyes Juan Carlos y Sofía se hicieran acompañar de los príncipes de Asturias, Felipe y Letizia; la infanta Elena, ya divorciada de Jaime de Marichalar, y los duques de Palma, la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin en algunos actos oficiales, tales como cenas de Estado, recepciones o desfiles militares. Aquella decisión, comunicada por el jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, en un encuentro 'privado' con la prensa, acompañada de la coletilla de que el comportamiento del que parecía yerno ideal "no ha sido ejemplar" significó un punto y aparte. Fue una manera de poner a la infanta Cristina entre la espada y la pared. "¿Nosotros o él? ¿Tu familia o tu marido?". Se le dio a elegir. No dudó. Se fue con él. Solo meses después se borró toda referencia de la segunda hija de los Reyes de España de la página web de la Casa Real. No volvió a representar nunca más a la familia real.

El escándalo les sorprendió en Washintong, hicieron las maletas y regresaron a España, al palacete de Pedralbes, para preparar la defensa de Urdangarin, y de ahí se 'exiliaron' a Ginebra, en busca de una paz familiar que no encontraban en Barcelona. Los meses pasaron y el distanciamiento entre doña Cristina y el resto de su familia era más que evidente. Tan sólo la reina Sofía y la infanta Elena se dejaban fotografiar con ella.

Rajoy sí confió en ella

Ni una sola palabra, ni oficial ni extraoficialmente, pronunció la Zarzuela de apoyo a la infanta Cristina, que veía cómo era imputada, luego desimputada y nuevamente señalada por la Justicia. Nada. El más absoluto silencio, del rey Juan Carlos y de su hermano, el príncipe Felipe. Tan solo Mariano Rajoy se posicionó, de forma sorprendente, a favor de ella. "Estoy convencido de la inocencia de la infanta". "No creo que deba renunciar a sus derechos dinásticos". "Se la ha citado a declarar, no se la ha condenado". "Estoy convencido de que las cosas le irán bien". Son frases pronunciadas por el presidente del Gobierno en una entrevista en Antena 3 el 20 de enero de 2014. Faltaban dos años para que se iniciara el juicio oral.

Meses antes, el 20 de junio de 2013, participó en el último acto como miembro de la familia real, en la misa tributo a don Juan por el centenario de su nacimiento. Se sentó junto a Froilán, y don Felipe y doña Letizia no le dedicaron ni una mirada. Pero el golpe mortal llegó con la abdicación de don Juan Carlos. No fue invitada a la firma con la que se hizo efectivo el relevo en la Corona en el Palacio Real, un acto al que sí asistieron, sin ir más lejos, las hermanas del rey saliente. Tampoco, ni que decir tiene, acudió a la proclamación de Felipe VI; la infanta Elena, sí. Nada. Se le hizo saber, antes, durante y después, que no era bien recibida en la Zarzuela.

Don Felipe le retiró en junio de 2015 el Ducado de Palma, el mismo del que no había hecho buen uso Urdangarin con aquello del "duque emPALMAdo" con el que se despedía en algún que otro correo que salió a la luz; Barcelona la desposeyó de la medalla que le concedió con motivo de su enlace matrimonial en octubre de 1997 y el Ayuntamiento de Palma descolgó su nombre de la placa con su nombre en la capital balear.

Ahora, una vez absuelta, ¿quién repara este daño? No parece que vaya a haber ni la más mínima intención. Doña Cristina no es recuperable para la Corona. Tanto es así que con su hermano, ya coronado, tan sólo ha coincidido de forma pública en dos funerales, en junio de 2015, por Kardam de Bulgaria, y en octubre 2015, por el infante don Carlos de Borbón dos Sicilias. Y así seguirá siendo. Está limpia, pero tiene mancha.