Si hay una imagen que quedará para la historia de nuestra ciudad este año 2018, será la del impresionante desfile del Día de las Fuerzas Armadas el pasado 26 de mayo. La entrega de los logroñeses, su civismo, y el sereno patriotismo que acreditó nuestra ciudad fueron merecedores de la admiración de toda España y de la sentida gratitud del Felipe VI. Durante aquellas horas, en efecto, Logroño fue la capital de España. Un día importante, elevado a la categoría de fundamental si tenemos en cuenta las horas difíciles en el terreno político que ha atravesado España en las últimas semanas y meses.

No es, sin embargo, la primera vez -ni mucho menos la más importante- en la que Logroño puede reclamar esa posición simbólica. No en vano fue en Logroño donde una delegación parlamentaria ofreció la corona de España a Baldomero Espartero, después de la Revolución Gloriosa de 1868. Sólo por citar otra ocasión en la que España se hizo carne en la capital de La Rioja. Sin embargo, si ha existido un momento en nuestro devenir en el que la ciudad y sus habitantes fueron los máximos protagonistas de esos siglos de paces y batallas, de crisis y de traumas, y grandezas y de miserias que es la gran historia de España, fue durante el asedio francés de 1521.

No cabe duda de que el 11 de junio es una fecha especialmente querida por los logroñeses. Más allá de lo que se conmemora, ese día hay en las calles algo mágico, que hace que durante toda la jornada seamos más logroñeses que nunca. El que suscribe estas líneas tiene -como cofrade del pez- especial devoción por el reparto junto a la muralla del Revellín. Creo que es un sentimiento compartido por la mayoría de nuestros conciudadanos. Siempre emociona comprobar que es cuando surgen las dificultades (normalmente en forma de lluvias torrenciales) cuando los logroñeses con más convicción acuden al reparto. Hay quien pudiera pensar que, con ello, se hace gala del mismo arrojo y vocación ciudadana -eadem sed aliter- que hizo posible lo que parecía irrealizable en 1521. La resistencia -sin duda heroica- frente al ejército invasor y su derrota a las puertas de nuestra ciudad que, durante aquellos días, parafraseando a Machado, fue sin duda el rompeolas de todas las Españas.

Es un relato a buen seguro bien conocido por los lectores y que no es necesario repetir aquí. Sin embargo, cuando se acerca el V Centenario del Sitio de Logroño, sí es pertinente destacar aquellas jornadas, no sólo como un momento de especial importancia para Logroño y de su comarca, sino como un hito en el que coincidieron, en la intersección de la ribera del Ebro y del valle del Iregua, todas las grandes pulsiones de ese momento crucial de la historia de Europa que es el Renacimiento.

En efecto, en el quicio entre lo viejo y lo nuevo; entre los albores de la modernidad y los últimos compases de la Edad Media, convergieron en Logroño todas las fuerzas presentes en aquel momento de encrucijada. En primer lugar, la gran política europea. No podemos olvidar que la invasión del reino de Navarra por las tropas del señor de Lesperre se produce como respuesta del rey de Francia al poder pujante y creciente de Carlos I. En Carlos se concentraba ya la mayor potencialidad política que había conocido Europa desde Carlomagno. Una que amenazaba con envolver y asfixiar a Francia. La invasión no es sino una de las muchas respuestas que el rey francés puso en marcha para contestar el poderío de Carlos, que sumaba ya a sus posesiones, la dignidad fundamental de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Asombra como, en unos pocos meses, Europa vivió el encumbramiento de Carlos V, el inicio de las revueltas de comunidades y germanías en España, la invasión francesa de Navarra, la batalla de Villalar y la derrota de los franceses a las puertas de Logroño. Todo ello mientras Alemania comenzaba a agitarse con las propuestas de un oscuro monje alemán llamado Martín Lutero que cambiaría la faz de Europa para siempre. La propia invasión francesa fue nada menos que una chispa en el surgimiento de la compañía de Jesús. Uno de los jóvenes que infructuosamente defendieron pamplona del francés fue Íñigo de Loyola. Fue mientras sanaba sus heridas en la casa familiar de Azpeitia que aquel joven decidió trocar la vida del guerrero por la del santo. Era el inicio de una de las órdenes más importantes del orbe católico. Con todo, durante aquellas jornadas, el ojo de la historia europea quedó fijo en las murallas de nuestra ciudad.

Con la derrota de los franceses, Logroño despega definitivamente frente a su entorno próximo. La gratitud de la Corona se materializará en el Privilegio concedido por el Emperador Carlos en 1523. Logroño -desde este momento ciudad Muy Noble y Muy Leal- se consagra como capital de la región. Su trama urbana se moderniza. Surgen nuevos edificios que reflejan el gusto artístico del tiempo. Ya no es como antaño una ciudad fronteriza -la primera de Castilla para los que llegaban a España desde el norte- sino un núcleo económico de peso creciente y, lo que es si cabe más importante, un espacio de Libertad. Como decía Henry Pirenne, el aire de la ciudad hace libre. Y eso es precisamente hacia lo que avanza Logroño con convicción desde 1521. A ser un espacio de libertades acompasadas a las características del tiempo, pero también a veces con voluntad de ruptura; y a ser un centro político de creciente importancia, sustentado en primer lugar en el auge de su peso religioso.

Protagonista del renacimiento y ciudad consagrada en su importancia -que se afirma como líder de la modernidad en el espacio riojano- Logroño, sin embargo, vive su principal cambio a partir de 1521 en el campo de lo intangible. En 1521 nace, en efecto, la ciudadanía logroñesa. La derrota del asedio francés se convierte en un mito de los orígenes que se imbrica con la trama del paso del tiempo para dar a luz a la ciudad que conocemos hoy. Dinámica y solidaria. Moderna desde la firmeza del arraigo a la historia. Serena pero profundamente española.

Es imposible penetrar en la mente de un logroñés de 1521, pero hemos de pensar que en las calles y en sus plazas, a partir del 12 de junio de ese año, tuvo que vibrar un nuevo espíritu. La conciencia colectiva sobre la fortaleza mostrada por sus ciudadanos ante las adversidades, y la convicción de que juntos -hidalgos, ricos hombres, mercaderes, pecheros, tenderos y campesinos- podrían lograrse aún -juntos- mayores proezas.

En el año en el que Logroño ha vuelto a ser, como aquel día, capital de España, he tenido el honor de preparar un estudio histórico de carácter introductorio para nuestro Ayuntamiento, como antesala las futuras conmemoraciones del V Centenario del Sitio de Logroño. Pocos trabajos me han deparado mayores satisfacciones en mi carrera académica. Presentarlo a los medios junto con nuestra alcaldesa, en el salón de retratos del Ayuntamiento, bajo la mirada de un abuelo y un bisabuelo -ambos alcaldes de nuestra ciudad- ha supuesto un momento muy especial en el plano más íntimo. Pensar en que he podido contribuir en algo -humildemente- a ensanchar la visión que los logroñeses tenemos de aquellas jornadas en las que nuestra ciudad no sólo fue capital de España sino la de todo el Renacimiento, es en mi caso la mejor inspiración para el siguiente paso que nos compromete a todos: reunirnos el próximo día 11 en torno al pez, al pan y al vino, y hacer honor a los héroes de 1521. Ya con la mirada puesta ya en las conmemoraciones del V Centenario, con las que Logroño será -de nuevo-... capital de España.

 

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