MALAMENTE

LÍNEA DE PUNTOS - JORGE ALACID

Ni serrín ni estiércol. Frente a los hábitos instalados en las Cortes del Reino, por el Parlamento de La Rioja reina el sopor. Del que sólo rescatan a los asistentes esos raros momentos en que comparecen sus señorías más adictas al espectáculo, como la vigorosa Bastida o la elocuente Grajea, con sus 50 sombras acechando malamente el hemiciclo, quienes elevan la temperatura del pleno con ese punto de energía que le suele faltar al portavoz del Grupo Popular.

Porque a Jesús Ángel Garrido le toca ejercer (comprensible y malamente) el lánguido papel que todo el protocolo de cada Legislativo concede a quien sólo comparece para garantizar su apoyo al Gobierno de turno. Su respaldo se da por tan asegurado como por previsible su discurso. De modo que cuando llega al atril, llega también la desbandada. Huyen los diputados de la oposición, pero eso no es lo peor: más pavoroso debe resultar que tus propios compañeros aprovechen para consultar el móvil o entornar los ojos mientras combaten malamente el indisimulado tedio. La propensión a sembrar de serrín y estiércol el debate crece entonces exponencialmente, porque supone la única oportunidad de culminar el propósito central de todo orador: que te hagan algo de caso. Al menos, los tuyos.

Pero Garrido no cayó en la tentación de embarrar demasiado el terreno, más allá de alguna humorada a costa de Concha Euskalandreu. En realidad, se limitó a representar (malamente, claro: su papel invita a la indulgencia) el auténtico rol que le reservan estas sesiones. El de actor secundario. Cuando sube al estrado, su misión genuina pasa por plegarse al lucimiento de su jefe, el presidente del Gobierno, o de sus consejeros, como en el caso de ayer. Alfonso Domínguez le dio adecuada réplica en el teatrillo organizado a tal efecto, a mayor gloria del neonato Presupuesto, una excusa como otra cualquiera para que los titulares del Palacete hagan de hecho suyas las mismas cuitas que sufre su archienemigo, el malvado doctor Sánchez.

Porque la política, como la vida misma, es territorio abonado malamente para la paradoja. Cada tesis del consejero de Hacienda en defensa de las cuentas paridas con tanto dolor puede ser esgrimida por el actual inquilino de Moncloa. También a él le parece que quien no apoya sus cuentas en realidad quiere poco o nada a su tierra. Para el PSOE de Sánchez, como para el PP de La Rioja, todas aquellas voces críticas con su presupuesto encarnan a los malos compatriotas. No apoyar al Gobierno regional en este trance, concluyó Domínguez, significa paralizar las ilusiones de los riojanos. Qué casualidad. Lo mismo que piensa el PSOE nacional respecto a las ilusiones de los españoles en su propia tesitura.

Se trata de ese tipo de contradicciones que sitúan a cada cual ante su particular encrucijada. Decidir si opta por atender las razones de su cerebro o el dictamen de su corazón (o peor: de vísceras más ocultas), como pudo observarse en el ritual de seducción y cortejo que ejecutaban en sus intervenciones Domínguez y Garrido. Masajeaban malamente al unísono el ego de Ciudadanos, como ese amante despechado que no quiere darse por enterado cuando le devuelven las cartas. Un empeño destinado al fracaso, porque la formación naranja dispone de sus propios problemas: ayer casi había en el Parlamento más concejales de Logroño que diputados, así que las llamadas del PP a reanudar su idilio chocaron contra el vacío. Lo cual dota de sentido al tono general de toda la legislatura. A falta de serrín y estiércol, triunfa en el Parlamento el continente sin contenido.

Y triunfa malamente.

 

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