«En España ya hay desconexiones emocionales de difícil solución»

Daniel Innerarity, el pasado miércoles en el Espacio Lagares, poco antes de su intervención en el acto 'Política y Democracia'. /Juan Marín
Daniel Innerarity, el pasado miércoles en el Espacio Lagares, poco antes de su intervención en el acto 'Política y Democracia'. / Juan Marín

Daniel Innerarity, catedrático de filosofía política: «La democracia no va a morir por un golpe de Estado a manos de hombres armados, pero sí corre peligro por la banalización política»

Roberto G. Lastra
ROBERTO G. LASTRALogroño

«Estamos en una época de perplejidad en la que las promesas duran muy poco y los votantes son imprevisibles». Daniel Innerarity (Bilbao, 1959), catedrático de filosofía política y social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del Instituto de Gobernanza Democrática, visitó la semana pasada La Rioja para participar, junto a Cuca Gamarra y Mariola Urrea, en el Espacio Lagares en el acto 'Política y Democracia', para analizar el momento actual de un país en el que alerta de que «hay ya fallas, líneas de tensión y desconexiones emocionales de difícil solución». Incluido ya en el año 2004 por la revista 'Le Nouvel Observateur' en una lista de los 25 grandes pensadores del mundo, sus respuestas carecen de automatismos en busca de titulares, cada respuesta en una pequeña lección de filosofía que encandila a su auditorio y le fuerza a pensar. Que no es poco hoy en día.

– Los títulos de sus dos últimos libros son 'Entender la democracia' y 'Política para perplejos'. ¿Es un mal actual? ¿No hemos aprendido nada en 40 años de sistema democrático y de citas con las urnas?

– La democracia no puede funcionar si no tiene una ciudadanía informada, enterada, crítica y comprometida. Creo que lo que está pasando es que las cosas se están volviendo mucho más complejas en las sociedades.

– ¿No es eso una paradoja en la era de Internet, redes sociales, acceso ilimitado a la información y leyes de transparencia?

– Es una paradoja, efectivamente, el hecho de que uno de los principales obstáculos para que comprendamos la democracia procede precisamente de que hay demasiada información o demasiadas cosas que pasan por información y de las que cada uno de nosotros debemos decidir si son ruido, spam político o información relevante. Antes nuestras fuentes de información eran muy escasas y en estos momentos son excesivas en relación con la capacidad subjetiva que cada persona tiene de tramitar esa cantidad de datos solicitudes y llamadas de atención que le bombardean y transformarlas en una opinión razonada y sensata. Lo mismo pasa en política, hace cuarenta años el combate era la lucha política por la transparencia y frente a la falta de opacidad y en estos momentos, sin haber resuelto esos problemas del todo, lo que tenemos es una cortina de 'fake news' y una maraña de opiniones, juicios volátiles y microimpresiones que nos dificultan ver el bosque general de la política, que en el fondo tiene que ser simplificada con un cierto sentido.

– En España gran parte de la sociedad ha pasado en un puñado de años de la indignación y de la toma de calles a... ¿Perplejidad, desencanto, desapego...?

– Hemos pasado por varias fases. La fase de la indignación surgió porque había unas causas muy graves que movilizaron a un montón de personas, pero que probablemente en buena medida se quedó en un gesto improductivo porque no hemos sido capaces de poner en marcha unos mecanismos para lograr transformaciones sociales. En la época de la indignación las cosas estaban relativamente claras: sabíamos lo que había que hacer, quiénes eran los malos y quiénes los buenos... Pero diez años después lo que nos encontramos más bien es una fase de perplejidad y estamos entrando en una época que se puede calificar de la volatilidad, de la continua inconsistencia de los agentes políticos, de los mercados, de las opiniones... Una época en la que las promesas duran muy poco y los votantes son imprevisibles; lo más que se puede hacer es improvisar o comportarse de una manera oportunista frente a unos electores que ya no están encuadrados en clases sociales ni su cabeza moldeada por medios de comunicación con autoridad ni disciplinados por partidos políticos, sino que son más bien una audiencia con la misma falta de lógica y consistencia con la que hablamos de los mercados en general.

– La indignación reclamaba aire fresco, nueva política, regeneración... ¿Fue una oportunidad perdida? ¿En qué ha quedado?

– Es un juicio en el que hay que incluir aspectos positivos y negativos. El más positivo es el empoderamiento de la gente y la conciencia por parte del propio sistema político de que las cosas no se pueden hacer furtivamente. Lo más negativo probablemente sea la espectacularización de la política, la superfialización, la conversión de la política en un 'hastag' permanente, en un antagonismo banal que tiene más que ver con gestos que con trabajo para cambiar efectivamente las cosas.

– ¿Qué ha afectado más para llegar a la situación actual, la crisis económica o los casos de corrupción?

– Yo creo que hay muchas cosas que nos han conducido hasta aquí. Yo creo que antes de la crisis y la corrupción había ya desde el punto de vista cultural y tecnológico una cierta preparación del terreno en lo que podríamos llamar la crisis de las instituciones de la intermediación, como los partidos políticos, los sindicatos y los medios de comunicación, que por la revolución tecnológica y la volatilización han ido perdiendo legitimidad y autoridad, y no hay quien ejerza esa función de mediación y de articulación del espacio público en los nuevos entornos. Los partidos, los medios de comunicación y los sindicatos probablemente seguirán existiendo, pero tendrán que inventar su función y compartirla con otros sistemas de agregación de la voluntad política, de creación de información y de opinión y de movilización política. Estamos en ese momento crítico en el que algo ha dejado de valer en su forma tradicional, pero todavía no hemos encontrado un nuevo formato para crear opinión pública, movilizar productivamente a la gente, articular la protesta y ejercer la ciudadanía crítica.

– ¿Ha muerto el bipartidismo en España?

– Durante un largo tiempo sí, sin duda. Va a haber una cosa distinta de esa especie de mecanismo hidráulico que permitía a un gran partido o al otro gobernar con pequeñas ayudas. Lo que vamos a tener, en estos momentos al menos, creo yo, tal como esta polarizada la situación, es dos tipos de gobiernos: uno de las izquierdas y los nacionalistas periféricos y el frente de las tres derechas, nos guste o no nos guste; y vamos a estar durante mucho tiempo oyendo la acusación recíproca de que se sirven de una minoría antisistémica para gobernar. Unos y otros.

– ¿Y cuál debe ser el papel de la ciudadanía?

– Pues una vez constituido u gobierno que no nos gusta, comenzar en serio, más allá de la algarabía y de las palabras altisonantes, nuestro trabajo de crítica, vigilancia, movilización y protesta, que por cierto es un trabajo mucho más costoso.

– Tras décadas de partidos moderados en lucha por conquistar el centro ideológico, han empezado a surgir fuerzas populistas por ambos extremos. ¿Lo ve tan peligroso como algunos auguran?

– Mi teoría es que la democracia no va a morir por un golpe de Estado a manos de hombres armados, sino que corre el riesgo de banalizarse en una disputa superficial sobre cuestiones simbólicas mientras que al mismo tiempo el sistema político adolece de una incapacidad para producir resultados eficaces en temas realmente significativos como la igualdad, la salida de la pobreza, la creación de empleo, el garantizar la convivencia o la integración de los inmigrantes. Tenemos que tenernos más miedo a nosotros mismos, a nuestra falta de dinamicidad. El gran peligro es la banalización, que tiene varias formas, entre otras la conversión de los debates políticos en espectáculos de aclamación o la limitación de los temas de la agenda política a asuntos de mucha menor importancia a los que realmente afectan a la gente.

– El último en emerger ha sido Vox. ¿le da miedo?

– Me preocupa que no acertemos con la respuesta correcta. Vox es un partido con un encefalograma ideológico plano revestido de grandiosidad ética, pero muy vulnerable porque su base de datos es muy deficitaria y el tipo de liderazgo no corresponde en absoluto a una sociedad tan avanzada como la española. Lo que me preocupa más que nada es que por un lado las otras derechas no acierten a ofrecer un perfil diferenciado y establecer una línea roja a partir de la cual ninguna cesión sea posible; y por otro, que las izquierdas lo conviertan todo en una protesta enfática en la calle, que me parece no solo legítima sino muy conveniente, pero que no puede sustituir el trabajo de crítica y de solución de los problemas que están detrás de lo que el fenómeno de Vox representa. Vox es uno de los síntomas de ciertos malestares en una sociedad que tenemos que resolver, precisamente para dejarles sin terreno de crecimiento.

– Lo que no ha dejado de crecer es la crispación, un clima que a buen seguro, con elecciones en mayo, se intensificará.

– Para mí la crispación es una manera de agitarse muy intensa con muy escasa productividad. Estamos en una época de la historia en la que no hay grandes movimientos de masas, grandes desplazamientos ni grandes transformaciones sociales, sino más bien estancamiento en cuanto a la capacidad de reforma de la sociedad. Sustituimos todo esto por una microagitación encolerizada que no tiene más consecuencia que a alguno eso le debe hacer sentirse mejor. Las sociedadades nunca se han reformado de manera eficaz desde el antagonismo y la polarización, siempre ha habido que buscar espacios de encuentro. El antagonismo, la polarización y el desencuentro son conservadores porque dejan las cosas tal y como están y si uno quiere cambiar las cosas debe buscar aliados, tiene que tratar de convencer, también correr el riesgo de dejarse convencer, y buscar espacios de encuentro, lo que implica algún tipo de compromiso y algún tipo de cesión.

– Esto nos lleva a Cataluña. Usted, nacionalista confeso, ¿cómo ve lo que algunos llaman desafío independentista?

– En el origen de todo esto hay una incapacidad del sistema político español de dar cauce de manera razonable, democrática y pacífica a una demanda persistente, que no ha sido flor de un día ni un desafío momentáneo o una locura. Pero si examinamos las cosas desde la otra perspectiva, estamos viendo que hay otra parte de la comunidad que también ha hecho valer su voz y su peso a la hora de establecer una relación. Creo que hemos llegado a un momento en el cual ambas partes deberían tener claro que el otro es irreductible y una vez comprendido eso habrá que diseñar una reglas de resolución porque tratarlo como una cuestión de orden público, como un problema judicial o como una imposición en un sentido o en el otro...

– Rajoy apostó por la mano dura, Sánchez por la mano tendida. ¿Como valora su gestión?

– Creo que el Gobierno de Sánchez ha quitado virulencia a un escenario presidido antes por el 'a por ellos' con una lógica que era suicida. Esto es bueno, lo que pasa que ahora entramos en un tiempo basura porque va a estar presidido por lo judicial y no va a haber ninguna oportunidad de abordar el asunto en profundidad. Además se van a exacerbar aún más los ánimos, vamos a asistir a escenas muy desagradables y tendrá que pasar el tiempo. El problema va a seguir estando ahí con lo que va a hacer falta imaginación y valentía.

– ¿Tienen sentido en un mundo globalizado los nacionalismos y, sobre todo, los independentismos?

– La definición del mundo globalizado es la de un mundo de interconexiones, de movilidad, de espacios abiertos, no solo compatible sino que lleva aparejado también un mundo de mayor diversidad; por tanto, el gran desafío es cómo combinar la mayor diversidad que sea necesaria con toda la conectividad que sea posible para el desarrollo del progreso de nuestras sociedades. Eso no está reñido con ninguna identidad nacional sino con no permitir el desarrollo de las identidades de las identidades nacionales de una manera pacífica y, desde luego, está reñido con el repliegue identitario, tanto con el que supondría una independencia unilateral sin justificación sobre la base del apoyo social como mantener un sometimiento sin abirir espacios de libre configuración de las identidades que uno quier tener.

– Mientras Cataluña ha pasado a la ofensiva, en el País Vasco se aprecia un paso atrás. ¿Renuncia? ¿Espera?

– Eso tiene que ver con varios factores. El primero, el final del terrorismo, que lógicamente es un alivio, pero también tiene que ver con que, habiendo elementos conflictivos, el encaje de Euskadi en el Estado español es menos problemático porque hay un elemento de diferenciación muy claro, que es el Concierto y los derechos históricos. Si Cataluña tuviera unas instituciones que hubieran permitido un desarrollo de su autogobierno diferente, probablemente no se hubiera generado este problema.

– Volvamos al principio, ¿está el sistema democrático español agotado? Se habla de reformas electorales, de retocar la Constitución... ¿Cuál es a su juicio el camino?

– Yo creo que la cultura política en España tiene que mejorar, ser más acogedora de la diversidad, ser más respetuosa del que piensa diferente, porque una hosquedad en el debate político que va desde el Parlamento hasta la mesa de Navidad con el cuñado que deberíamos mejorar. Pero, a la vez, hay otro plano que es el constitucional en el que representamos una anomalía porque la excesiva rigidez de la Constitución española es lo que la está tensando al máximo. Cuando en un país se oye a un líder político decir que iniciar la reforma constitucional sería abrir la caja de Pandora, cuando la mayoría de los países europeos han reformado en estos 40 años varias veces su constitución, algo pasa. Pasa con Cataluña, no hay cauces ni procedimientos que permitan el tratamiento de temas que acaban por enquistarse y resultan tremendamente antifuncionales.

– ¿Esa tensión puede acabar en rupturas?

– Eso no lo sé, pero ya hay fallas, líneas de tensión, fracturas y desconexiones emocionales que tienen ya muy mala solución. Eso se debe a una incapacidad del sistema político en general de anticiparse a desarrollos negativos como pudo ser la crisis o el asunto de Cataluña, que se podía prever. El asunto ahora es cómo conseguimos suturarlas, si es que estamos a tiempo y tenemos capacidad o si, por el contrario, es que hay partido que viven mejor de alimentar esa frustración porque probablemente de ello depende su éxito electoral y hablo de Cataluña pero también de lo que ha ocurrido en Andalucía.