Akihito también se prepara para morir

Akihito, durante su discurso./
Akihito, durante su discurso.

El emperador de Japón ya ha dejado dispuesto que quiere ser incinerado y que los funerales estén alejados de toda pompa

ALFONSO R. ALDEYTURRIAGAMadrid

Akihito cumplirá 83 años en diciembre. Y cree que ya ha cumplido con creces. Pide ahora que se abra el proceso para renunciar a la 'inmortalidad' que le concede la ley de Japón, para así dejar paso a la generación que viene. Akihito lleva años preparándose. También para morir. Cuando estaba a punto de cumplir los 80 quizás entendió que ya estaba en tiempo de descuento. Eso o que es muy previsor. Porque el emperador de Japón expresó entonces su última voluntad. La que no tiene marcha atrás. Ya tiene preparado su último adiós. Y el de su compañera de viaje, la emperatriz Michiko. Y, de paso, también el de sus herederos. Ha decidido romper con la tradición o recuperar tradiciones, según se mire, sobre el rito mortuorio de los emperadores.

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Akihito, en su despedida, será incinerado. Ese es su deseo. No como hasta ahora, que venían inhumándose. Desde el siglo XVII hasta ahora, nada menos. Acabará el actual emperador con 350 años de tradición. O desentierra las de la historia más lejana, dado que, se sabe, siglos atrás la Casa Imperial japonesa incineraba a sus emperadores. De los 124 con los que cuentan, 41 se convirtieron en cenizas, pasto del fuego.

Pues bien, el deseo está lanzado. Y como sus deseos son órdenes para el Gobierno, todo está ya dispuesto. Sus restos descansarán, eso sí, en el Cementerio Imperial, una extensión de 460.000 metros cuadrados en los que se suceden suntuosos panteones de tamaño descomunal. Pero la tumba de Akihito será discreta. Sirva como ejemplo que ocupará menos de la mitad que la de sus padres, los emperadores Showa y Kojun.

Las estrecheces no se quedan solo en lo físico, también en lo económico. Porque, del mismo modo, consciente de que la situación económica no es boyante y que los gastos de un entierro de estado recae en las arcas del Gobierno, Akihito ha pedido una despedida sencilla, alejada de toda pompa y boato. No costará menos que varias decenas de millones, pero una cifra muy por debajo de los 125 millones de dólares que se gastaron para despedir en 1989 al emperador Showa. Con esto, el actual emperador pretende que su muerte tenga el menor impacto, social y económico, en la vida cotidiana de la sociedad japonesa que, por cierto, también se decanta mayoritariamente por la incineración a la hora del adiós.