Una misa con pasillo de honor formado por cocineros y decenas de coronas de flores

J.A. SANTO DOMINGO

Puede parecer una frase hecha, pero en absoluto lo es: la iglesia se quedó pequeña en el funeral por Marisa Sánchez. Cientos de personas quisieron rendirle su último adiós, entre las que se encontraban, en un más que discreto plano, el presidente de La Rioja, José Ignacio Ceniceros, y el delegado del Gobierno, José Ignacio Pérez. También estaba la consejera de Presidencia, Relaciones Institucionales y Acción Exterior, Begoña Martínez, y la de Desarrollo Económico e Innovación, Leonor González Menorca, además del alcalde de Ezcaray, Diego Bengoa, corporativos y, en general, personas venidas desde dentro y fuera de La Rioja para asistir al sepelio.

La eucaristía fue oficiada por el vicario Vicente Robledo y concelebrada por otros seis sacerdotes. En la recta final de la misma intervino el nieto de la difunta, Guillermo Elejabeitia, que agradeció a los asistentes su presencia y tuvo palabras especiales hacia «quienes han compartido con Marisa toda una vida, porque la habéis hecho sentir muy querida». El féretro de la finada fue recibido con aplausos cuando salió al exterior del templo, donde formaban pasillo de honor numerosos cocineros del Echaurren. Acompañada por la banda municipal de música, Marisa Sánchez fue conducida a hombros de sus seres queridos hasta el cementerio, donde recibió cristiana sepultura. Muchas decenas de coronas de flores encabezaban el cortejo, que llenó el itinerario de pesarosas lágrimas. No obstante, alguien dijo: queda la alegría por su vida.

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