Se esculpe a sí mismo cuando torea

Se esculpe a sí mismo cuando torea
Pablo García Mancha

El diestro de Arnedo sorteó un lote complicado y de pocas opciones y Diego Ventura perdió algún trofeo por sus fallos con el rejón de muerte

Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

Urdiales y el toreo son palabras sinónimas. Y ayer en Alfaro, ante un lote complejo y desabrido de Hermanos Cambronell, se entretuvo en dar una lección de naturalidad, sentido del temple, compás, emoción y esa belleza que sostuvo en el tiempo con detalles de añejas tauromaquias como ese inicio de faena al primero ligando como estrofas cinco trincherillas caminado hacia las afueras del ruedo a una velocidad del caracol. Capote delicado en dos verónicas por el pitón izquierdo crujiendo la cintura sin el más mínimo aspaviento; atrevimiento con el segundo astado, un dije aferrado al suelo como si lo hubieran anclado con dos puñales; y finalmente, asustando al miedo en el toro de las dos orejas en una faena anacrónica para estos tiempos de toreo a destajo sin ton ni son ni sentimiento alguno.

Todo lo que hizo ayer Urdiales en Alfaro tuvo el aroma del tiempo, el sabor de un toreo desusado por puro, por concreto, por íntimo, un toreo que supera cualquier asunto preconcebido y que al de Arnedo le brota de las yemas de los dedos como si fuera una perfecta alegoría de lo que él es. Se esculpe a sí mismo cuando torea, las líneas que dibuja con su muleta no se compadecen con los asientos contables de los mercaderes que mancillan cada día el templo de la tauromaquia.

Agosto busca las tablas y Urdiales hizo ayer el segundo paseíllo de la temporada... Y fue un gusto contemplar sus formas deshabitadas de cualquier celofán, un placer para las retinas sus ayudados por alto, los pases de pecho enroscándose al toro, esos naturales que barren la arena sin levantar polvareda. Las tres faenas tuvieron momentos cumbres, con los tres toros extendió el atlas de su conocimiento: el toreo en suma, la frágil línea que define como una raya en el agua lo que supone caminar en ese alambre que el porvenir parece deparar año tras año a un diestro que es un tesoro, admirado por Curro Romero que ayer hubiera disfrutado en Alfaro lo que no está escrito.

Y la tarde no se quedó ahí. Diego Ventura ofreció un verdadero recital de toreo a caballo que no sumó más trofeos porque falló con los rejones de muerte mucho más de lo que es habitual en su inapelable seguridad con los aceros. El primer muletazo de la tarde lo dio con 'Campina' de salida. Impresionante la forma con la que detuvo al toro girando literalmente en los asientos posteriores para dar con la grupa un lance sencillamente inédito. Pero lo mejor de su actuación llegó en tercer capítulo de la función a lomos de 'Nazari', un caballo torero que se expresa en el ruedo provocando pequeñas conmociones a cada paso.

La lentitud del embroque, la manera que tiene de enroscarse al toro galopando de costado, adhiriendo la testuz del morlaco a su estribo y acompasando finalmente con temple el galope de ambos a milímetros uno del otro. O con 'Lío': toro y caballo de frente. Sin ventajas ni concesiones el uno con el otro. Los dos en los medios. Las orejas del cuatralbo como dos radares apuntando a la cornamenta. Se arrancó el toro y una perfecta banderilla en todo lo alto.

Y en el quinto, además, hizo un esfuerzo ante un astado complejo y exigente. Ventura quería el triunfo gordo como fuera. Sólo el pinchazo previo a la estocada le privó de esa segunda oreja que tanto buscó.

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