De la posverdad a la posrealidad

Participantes en el XIII Seminario de Lengua y Periodismo, ayer a la entrada del monasterio de San Millán. :: justo rodríguez
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Participantes en el XIII Seminario de Lengua y Periodismo, ayer a la entrada del monasterio de San Millán. :: justo rodríguez

El Seminario de Lengua y Periodismo advierte sobre el peligro de estar creando «realidades paralelas» La filósofa Ana Carrasco apela a la autocrítica y el escritor Juan Soto Ivars se pregunta «si la posverdad no será la enfermedad sino solo el síntoma»

J. SAINZ

San Millán. El espíritu crítico no basta; para vencer a la posverdad hará falta autocrítica. Tras dos jornadas de debate sobre uno de los temas más candentes de la actualidad, el XIII Seminario Internacional de Lengua y Periodismo concluyó ayer en San Millán de la Cogolla con reflexiones que invitan a estar alerta con lo que ocurre en el mundo, pero también con lo que ocurre dentro de nosotros mismos y cómo participamos del estado de la cuestión. Entre los asistentes, la filósofa Ana Carrasco aconsejó humildad y autoanálisis: «¿Por qué creemos lo que creemos? Necesariamente tenemos que cuestionarnos aquello que creemos». De lo contrario, dijo, nos arriesgamos a contribuir, no ya a la posverdad, sino a lo que llamó «posrealidad»: «No es la realidad, pero la ha deformado. Las falsas noticias han tenido éxito».

Con el fenómeno Trump como ejemplo de la situación a la que pueden abocar el dogmatismo, la posverdad y el uso de noticias falseadas, el periodista y escritor mexicano Esteban Illades advirtió de que «estamos formando realidades paralelas que no llegan a tocarse». «Tenemos que tomarnos muy en serio las noticias falsas -añadió- porque están alterando la realidad, no solo cuando hay elecciones, sino que afectan a la realidad cotidiana. La sociedad tiene que regresar a discutir sobre el futuro».

Pero, «¿y si la posverdad no fuera la enfermedad, sino solo el síntoma de algo peor?», como apuntó Juan Soto Ivars. «Trump -argumentó el también escritor y periodista- es fruto de un estado de la cuestión en que se mezclan identidad e ideología. No podemos discutir con ellos [con sus simpatizantes y votantes] porque ni siquiera son de este mundo: son racistas, son machistas...»

Según Cristina Soriano, investigadora del Centro Suizo de Ciencias Afectivas (que no pudo asistir al seminario, pero cuya ponencia sobre el lenguaje de las emociones fue presentada por David García, del Centro de Ciencias de la Complejidad de Viena), «construimos una representación de la realidad simplemente por lo que los demás sienten y nos hacen sentir». «Una mayor competencia lingüística contribuye a una mayor inteligencia emocional».

Por su parte, Laura Alba-Juez, investigadora del proyecto FunDETT sobre emoción y lenguaje, dijo que «los lingüistas creemos que la inteligencia emocional tiene que ver con la capacidad pragmática y de expresión de los hablantes». «Tenemos recursos lingüísticos emocionales que podemos utilizar de forma noble».

Para Elena Hernández, jefa del departamento 'El español al día' de la RAE, «los medios de comunicación deberían hacer un esfuerzo por llamar a las cosas por su nombre en nuestra lengua y no emplear tanto extranjerismo para blanquear connotaciones importantes [matón en lugar de bulling, por ejemplo]».

Irene Lozano (escritora y filósofa) destacó que el uso de las emociones en el lenguaje de los medios tiene que ver con la necesidad de atraer y retener la atención y se preguntó: «¿Cuándo es legítima la manipulación? Aceptamos que sea persuasivo el lenguaje de la publicidad e incluso el político, pero no aceptamos que los medios de comunicación empleen el lenguaje emocional porque esperamos de ellos que nos muestren la verdad sin manipulación».

La periodista de El Mundo Lucía Méndez afirmó que «los medios de comunicación, cada vez más, están recurriendo al lenguaje de las emociones para llamar la atención del usuario, para que entren en su noticia» y, como consecuencia de ello, «quien manda ahora son los informáticos, quien manda en los titulares son los algoritmos».

Magdalena Bandera, periodista y directora de La Marea, llamó la atención «sobre las implicaciones que tienen las metáforas que usan los periodistas, que con frecuencia no se cuidan como es debido».

«Una profesión ética»

José Luis Prusén, director de Diario LA RIOJA, añadió que «los periódicos debemos ser muy cuidadosos con las palabras»: «El periodismo -aseguró- es una profesión ética; la ética de la verdad y del compromiso con la verdad». Y, al preguntarse si los periodistas «somos capaces de enfrentarnos a los hechos descargándonos de las emociones», consideró que «el periodista no puede huir de su estado de ánimo». «En la lucha desigual entre la razón y la emoción habría que considerar con cautela si el camino es hacer un periodismo más emocionante».

José Miguel Martínez-Dols, catedrático de Psicología opinó que «la prensa sí tiene un papel educativo» y «deja en manos del espectador una elección puramente emocional». «Lo que pasa es que la prensa ha caído en una especie de resaca posmoderna donde se elude la verdad. Fox educa a Trump cada mañana».

Óscar Sainz de la Maza, historiador, recordó que «también la campaña de Obama fue emocional y no se consideró negativa como la de Trump». Y se preguntó: «¿Las emociones son malas o solo si hacen que ganen quienes no nos gustan?»

Ya hacia el final de los debates, Pablo Blázquez, fundador de Ethic, mostró significativamente su sorpresa por haber estado durante dos jornadas discutiendo sobre posverdad y «no haber hablado de economía».

Y Emilio Martínez, catedrático de Filosofía Moral y Política, terminó diciendo que, «aunque el mundo es muy plural y eso nos enriquece, tiene que haber unos mínimos y saber que la posverdad va en la línea del discurso del odio y que está mal». «Hay que hacer pedagogía de valores compartibles, como igualdad, justicia y respeto por la naturaleza. Hay unas urgencias y unos valores que respetar».

Terminó así la edición «más multidisciplinar» del Seminario de Lengua y Periodismo, organizado por la Fundación San Milán de la Cogolla y Fundéu BBVA, tal y como la había presentado Joaquín Müller-Thyssen, director general de esta última. Varios enfoques y opiniones diversas para ser más críticos y autocríticos.

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