La Marcha a Hoyos de Iregua abre el otoño

La cumbre. El Cabezo del Santo (al fondo) desde Collado Mohíno, con participantes en la marcha de hace diez años. /Luis. Sz. Gamarra
La cumbre. El Cabezo del Santo (al fondo) desde Collado Mohíno, con participantes en la marcha de hace diez años. / Luis. Sz. Gamarra

La 24ª edición, que transcurre entre Villoslada y el Cabezo del Santo, se celebra este domingo en pleno cambio de estación

Jonás Sainz
JONÁS SAINZLogroño

El otoño entró en el calendario allá por San Mateo pero hasta este fin de semana no será otoño de veras. Anuncian frío y lluvia. Se acabó el verano. Y muchos que no se arredran ante la meteorología, que les gusta el monte en su tiempo, saldrán a recibir el cambio de estación a Sierra Cebollera. Villoslada de Cameros acoge el domingo la 24ª Marcha Hoyos de Iregua, que este año regresará al Cabezo del Santo sin temor a los elementos. El mejor refugio contra el cambio climático son esos lugares donde las estaciones siguen empeñadas en sucederse de forma natural.

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El aire aquí es purísimo, las aguas jóvenes, la tierra fresca, los prados brillantes, el bosque mágico, el monte soberbio... Se diría que las viejas sendas no del todo olvidadas, agrestes y empinadas, conducen al mismo cielo, luminoso a veces, otras turbio y amenazador. No importa; el paisaje se mete dentro mientras se va ganando con sudor.

Desde aquí no parece tan grave el riesgo ecológico ni tan inminente el colapso global. Aquí no hay contaminación, ni sumideros de dióxido de carbono, ni basurales, ni nitratos ocultos, ni ruido incesante... Solo las vacas a lo suyo, las ovejas y alguna yegua. Pastores, muy pocos ya. Y montañeros: el domingo, a patadas.

Justo Rodríguez

Esta marcha que organiza Fundación Caja Rioja desde 1995 es una verdadera fiesta senderista y también una lección de medio natural. Porque estas soledades, además de ser hermosas y extraordinarias por sus ecosistemas continentales entre el Valle del Ebro y la Meseta castellana, además de ser un deleite, pueden ser una lección vital si se sabe mirar.

Desde las zonas fluviales hasta las cumbres, pasando por bosques y pastos, la marcha recorrerá los principales ecosistemas de Sierra Cebollera

Leer el paisaje

Si se sabe mirar más allá de lo pintoresco de la foto, este paisaje cuenta una historia -o muchas historias- sobre cómo obra la mano del hombre en el medio ambiente por acción u omisión. Una historia de antagonismo: de esplendor humano a base de explotación de la tierra, y de declive y abandono posterior... Una historia de resurgimiento ecológico, de equilibrio natural. La historia de Cebollera, la historia del hombre y la sierra. La historia de esta tierra.

Cebollera es una sierra con muchas capas, igual que la cebolla. Y el domingo la marcha las mostrará todas como una maestra: en primer lugar, la zona más baja, en los fondos de los valles, entre los 1.000 y los 1.400 metros de altitud; es donde se asientan los núcleos urbanos como Villoslada (1.050 m.), punto de salida y llegada de la excursión. En esta parte conviven rebollares y dehesas, prados de siega y pastizales donde la ganadería es la actividad protagonista.

Están también las zonas fluviales con una franja de vegetación de ribera poco desarrollada y frecuente uso ganadero. Los primeros tramos de la caminata, junto a los ríos Mayor, primero, y remontando después el barranco Viciercas hasta sus fuentes, son claros ejemplos.

La zona media, entre los 1.400 y 1.800 metros, con pendientes pronunciadas y predominio del bosque: los oscuros hayedos en las umbrías más resguardadas y húmedas, el intrincado rebollar y los extensos pinares de pino silvestre en el resto del terreno. También en esta parte queda algo de la antigua actividad ganadera, pero hoy se hace patente el mayoritario aprovechamiento forestal. Por el Yergar, Las Torrecillas y más adelante en Collado Mohíno y la Solana de Viciercas, términos surcados de pistas que recorrerá la marcha, hay evidencias de talas y acarreos madereros.

Y la zona alta, por encima de los 1.800 metros, el área de cumbres, donde el rigor climático es el principal condicionante. Desaparece el bosque y es sustituido por matorrales achaparrados que resisten las duras condiciones, con varios meses bajo el hielo y la nieve y el resto del año sometidos al sol y los vientos.

El Cabezo del Santo (1.855 m.), techo de esta edición, lo sabe. Lo aprenderán también quienes lo suban, serpenteando entre el áspero lapiaz, a menudo azotado por el ventarrón, y lo desciendan cuidadosamente por su descarnada desnudez.

Un lugar inhóspito en justa proporción con su enigmática belleza rubia y con la belleza de la panorámica que ofrece, las sierras más importantes de la zona: Cebollera, Neila, Urbión y La Demanda; y el horizonte inabarcable, hasta los Pirineos al nordeste, engañosamente próximos.

Los montes, los bosques, los ríos -el Najerilla a un lado y el Iregua al otro-, las tenadas, los mojones y, de nuevo abajo, los restos de dehesa boyal, de refugios, de apriscos, los muros divisorios, el pueblo al fin... Capas de un territorio esculpido por el hombre durante siglos que ahora vuelve a reclamar la naturaleza. El otoño llega ya por el Cabezo del Santo para hacer su parte.

 

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