RITUAL Y DEMOCRACIA

José Ángel González
JOSÉ ÁNGEL GONZÁLEZLogroño

Mientras los candidatos siguen sordos aumentando el ruido de su discurso, tratando de encontrar la frase quintaesencial, el abracadabra del voto, a uno lo que le sigue fascinando de la cosa electoral es su lado mudo, lo que la campaña tiene de rito. La fuerza incalculable de lo ritual, de lo ceremonioso, acompaña a todo aquello que es trascendente pero difícilmente comprensible, como la propia democracia, la religión, la justicia o la monarquía.

Cada campaña empieza con un rito, con el mismo rito: el de la pegada de carteles. El escobazo pringoso sobre la jeta del candidato es el encendido de luces de la feria electoral. Los políticos están empezando a menospreciar de manera peligrosa este rito y lo hacen ahora como de mentiras, entre risas, posados fraudulentos y moderneces virtuales. Lo consideran tal vez indigno por anacrónico cuando el anacronismo, el misterio de la atemporalidad, es el fundamento del rito. Cuando uno decide cambiar lo ritual por lo moderno corre el riesgo de quedarse sin clientela, que es lo que les pasó a los párrocos en vaqueros de los 80 cuando dejaron de cantar misa en latín y montaron coros de monjas guitarreras que se arrancaban por Leonard Cohen.

El rito de la democracia está también en los muros empapelados, en los coches con altavoces en el techo que pregonan ambulantes unas siglas, en todo lo que no sirve para nada excepto para ir convirtiendo en ciudadano electoral al hombre en alpargatas. Y tiene su máxima expresión en los mítines, que tampoco sirven para nada pero son la misa y comunión del votante.

El caso es que poco a poco, rito a rito, el currela, el parado, el opositor y el abuelo se van sintiendo no ya como electores sino como electos, como elegidos depositarios del misterio de la democracia, sensación que se incrementa durante la jornada de reflexión, que es otro truco ceremonioso que algunos ya abogan por suprimir pero que ayuda al ciudadano a notar el peso de la responsabilidad civil sobre su epigastrio. Y todo acaba, claro, con el gesto solemne de la papeleta depositada en la urna. Y hasta la próxima. Hasta que la democracia vuelva a seducirnos con sus ritos.