MUSEO

Pero quién le niega nada a Tita Cervera cuando te suelta frases tan castizas como «¡Anda, no seas tonto, que te doy!»

Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Lista como una ardilla, Tita Cervera se pasó todo el programa de Jordi Évole intentando hacerle el koala, ese reto acrobático que ahora mismo arrasa en las redes sociales y que consiste en rodear completamente el cuerpo de otra persona sin tocar el suelo. Dotada de un instinto natural para la evasión, la baronesa circunvalaba las preguntas del periodista intentando no tocar jamás el tema. Y sin perder la sonrisa. Una sonrisa quirúrgica, forzada, ortodóntica y casi tan impenetrable como la de la Mona Lisa. Pero a pesar de todas sus cautelas, Tita acabó dando algunas pinceladas (o brochazos) que terminaron por retratarla casi hasta el hiperrealismo. Como cuando dijo que ella no ve porno porque ahí no tienen nada que enseñarle o cuando se autodefinió femenina (versus feminista) y añadió que las mujeres somos «muy bonitas, muy guapas y muy especiales».

Impagable (en sentido figurado y literal) fue el momentazo 'tienda del museo', donde la baronesa utilizó todas sus artes para demostrar que los periodistas somos altamente sobornables... Y a un precio ridículo. Víctima del 'gratis total', el bucle de avaricia en el que cayó de bruces el entrevistador derivó en un «melollevotodo» un tanto patético. El broche de oro llegó cuando la alarma se disparó y el correoso periodista quedó convertido por unos segundos en vulgar caco, con nocturnidad y alevosía. A partir de ahí, la imagen de Évole entrevistando a su anfitriona por las salas del museo mientras cargaba a duras penas con el botín (una bolsa llena de obsequios y un aparatoso póster) chocaba dramáticamente con la presunta dureza de sus preguntas como el iceberg contra el 'Titanic'.

Pero quién le niega nada a Tita Cervera cuando te suelta frases tan castizas como «¡Anda, no seas tonto, que te doy!». A veces le buscamos los tres pies al gato y va a ser que lo que subyugaba al barón Thyssen eran las collejas que le arreaba su Carmen cuando se portaba mal... «Las mujeres al final somos las mamás de los hombres», sentenció la baronesa. Y se quedó tan ancha, como cuando aseguró que con los Reyes de España se habla de «cuánto brilla el mar y de lo bien que huelen las flores...». Si Évole no reacciona, aquello acaba convertido en un anuncio de compresas.