Casado se la juega a blanco y verde

Pablo Casado posa en Ávila. /AFP
Pablo Casado posa en Ávila. / AFP

El líder del PP se consolidaría al frente de su partido si obtiene un buen resultado en Andalucía pero corre el riesgo de abrasarse en la primera batalla electoral

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Dicen en su partido que las elecciones andaluzas llegan demasiado pronto para Pablo Casado. Han transcurrido cuatro meses desde la victoria en el congreso del Partido Popular (PP) que le entronizó como sucesor de Mariano Rajoy, pero no es tiempo suficiente para ahormarse como jefe de la oposición al frente de un partido en crisis. Un buen resultado le consolidaría, uno malo haría tambalear su liderazgo. Pero no esconde la importancia del envite ni las consecuencias que pueda tener, y él mismo, con ribetes temerarios, se ha encargado de subir el listón: «Lo que pase el 2 de diciembre será la primera vuelta de las elecciones municipales y de las nacionales».

Aunque las encuestas y sensaciones digan lo contrario, está convencido de que saldrá airoso de la prueba. Para el PP en estos tiempos un buen resultado no es pelear la victoria al PSOE, es ganar a Ciudadanos. Hasta hace nada, semejante éxito sería un triunfo pírrico que se daba por descontado, pero desde que Mariano Rajoy salió por la puerta de atrás de la Moncloa, moción de censura mediante, y el duro enfrentamiento por la sucesión dejaron al PP noqueado.

Para los estrategas de la campaña, el escenario ideal del 2 de diciembre pasa por resistir la pujanza de Ciudadanos y mejorar sus números, ahora tiene 33 de los 109 diputados del Parlamento andaluz; conseguir que la subida de los liberales sea a costa de los socialistas; y que Adelante Andalucía, la alianza de Podemos e IU, muerda votos al PSOE. Mas no parece que vayan por ahí lo tiros. El promedio de los sondeos publicados constatan que los populares no solo no ganan escaños sino que los pierden, están empatados con Ciudadanos diputado arriba diputado abajo, y el crecimiento del partido naranja se alimenta de sus deserciones y no de un trasvase socialista; además la candidatura que encabeza Teresa Rodríguez mantiene sus apoyos sin restar al PSOE.

Casado es terco y no se resigna. Va ser el líder nacional con mayor presencia en Andalucía, encabeza su propia caravana electoral y en los carteles anunciadores de los mítines su nombre sepulta por tamaño de letra al del candidato andaluz. Ha puesto toda la carne en el asador y ha convertido las autonómicas en lo más parecido a un plebiscito sobre su futuro político. Es consciente de que un mal resultado cegaría su camino a la Moncloa, no en vano los andaluces eligen 61 de los 350 diputados del Congreso, y sabido es que sin ganar o tener un buen resultado al sur de Despeñaperros no hay nada que hacer en unas generales.

Hasta ahora, a dos semanas de las votaciones, su empeño no se ha visto premiado. Las prospecciones de las encuestas publicadas hasta ayer son casi todas desfavorables, señalan que es el líder nacional menos conocido por los andaluces y el peor valorado. El candidatoJuan Manuel Moreno tampoco ayuda, saca la peor nota de los aspirantes y uno de cada tres no sabe quién es.

Actividad arrolladora

A la luz de estos datos, no parece que Andalucía vaya a ser el bálsamo de Fierabrás para sus males. Casado, en 150 días como líder del PP, no ha dado con la tecla para asentarse como líder de la oposición. Lo reconocen en voz cada vez menos baja dentro de su partido, sobre todo los que acumulan algunas legislaturas a la espalda. «Su discurso, aunque suena explosivo, no hace daño al Gobierno», comenta un veterano diputado. Su actividad desde el primer día es arrolladora. Está en todas partes, casi no hay jornada sin declaraciones suyas, y multiplica las iniciativas, aunque algunas tengan dudoso éxito como la cumbre de fuerzas constitucionalistas que convocó del pasado miércoles en el Congreso en la que el único líder fue él.

Cuando se instaló en el despacho en la planta noble del edificio de la calle Génova, lo normal era pensar que iba a tener que medirse con el presidente del Gobierno. Pero no. Enseguida reparó en que Pedro Sánchez es el adversario formal, el real es Albert Rivera. La disputa debía encaminarse más al liderazgo de la oposición que a la recuperación de la Moncloa. El líder del PP se enfrenta al reto insólito de pelear con Ciudadanos por la hegemonía del centroderecha, un espacio que los populares, desde la desaparición de la UCD, habían ocupado en solitario durante 30 años. Encima tiene que hacer frente a las dentelladas de VOX desde la derecha más derecha.

Casado ha entrado en el cuerpo a cuerpo con Ciudadanos con un discurso que tiende a la hipérbole que le hace perder credibilidad. Sus intervenciones van dirigidas a recuperar el voto fugado y a fidelizar el cautivo. En esta carrera exagerada, reconocida en su equipo porque la estrategia es fijar un mensaje contundente y nítido, las acusaciones al presidente del Gobierno de complicidad con «el golpismo» de los independentistas en Cataluña chirrió incluso para los suyos.

Acunarse a la sombra de José María Aznar y poner en valor su legado no cuenta con el beneplácito general del partido, y algunos alertan de que el escoramiento hacia la derecha desguarnece el centro. Avisan, sobre todo, los líderes territoriales, para los que su realidad política tiene poco que ver con los diseños que hace la dirección nacional.

Tampoco contribuye a su consolidación, reconocen cada vez más los dirigentes del PP, el equipo del que se rodeó tras el congreso del partido. Deudor de fidelidades a su núcleo de la primera hora e hipotecado con el apoyo prestado por Dolores de Cospedal, confeccionó una dirección de poco fuste, algo, por otra parte, habitual en el PP por el diseño presidencialista de su estructura orgánica. Ocurrió con Aznar y con Rajoy, y Casado siguió su estela hasta ser la voz casi única del partido, con la diferencia de que sus predecesores tenían detrás una trayectoria política y un bagaje de experiencia que él no tiene.

Acredita ganas y entusiasmo, nadie se lo discute en su partido, pero parece difícil que esas cualidades sean suficientes para salir airoso de la cita andaluza. Su equipo dice que sí, que sus estudios apuntan a que están más cerca del PSOE de lo que se dice, que superan bien a Ciudadanos, y que, incluso, es factible que la suma de sus diputados y los de los liberales den para gobernar. Pero de puertas para dentro la sensación es otra. El líder del PP andaluz daba el pasado viernes un paseo electoral por Córdoba y se le escapó un comentario ilustrativo del estado de ánimo. Moreno se topó con un grupo de señoras que iban a misa y, aunque fuera entre risas, les rogó: «Pedid por nosotros».

 

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