Las embajadas niegan asilo a los perseguidos

Un paramilitar camina por Monimbó. /Marvin Recinos (AFP)
Un paramilitar camina por Monimbó. / Marvin Recinos (AFP)

El médico de Monimbó narra la huida campo a través hasta encontrarse con las puertas cerradas de la comunidad internacional

MERCEDES GALLEGOEnviada especial a Managua

La libertad no está donde parece. Los 30 kilómetros que separan Masaya de Managua se convirtieron en una persecución nazi para los que el martes huyeron de Monimbó por las escarpadas laderas del Lago Masaya, dignas de escaladores profesionales y no de los ancianos y mujeres embarazadas que acompañaban al doctor Cortés en su huida.

«Al asomarnos a la ladera vimos que no estábamos solos, que había muchos grupos bajando», narra desde una casa de seguridad en Managua. «Llegamos a ser hasta 200 pero los francotiradores nos tiroteaban desde arriba. Algunos prefirieron lanzarse en plancha, otros murieron allí desangrados por las heridas de bala. Perdimos a ocho. Yo solo pude operar a uno allí mismo, a riesgo de una infección».

La odisea daría para una novela. Se dividieron en grupos, buscaron la salida por diferentes poblaciones, los emboscaros, tuvieron que beber agua contaminada de la laguna para no morir de sed. De no haber sido por «un baquiano» (campesino que guía al ganado por el monte), nunca habrían encontrado una salida segura. Les ofreció dormir en el suelo de su finca, pero no pudieron conciliar el sueño. La jauría de perros policía que les buscaba ahogaba el silbido de los drones que pasaban por encima. «A las 4.30 de la madrugada, dos mujeres y tres varones decidimos buscar un lugar más seguro. Temíamos que nos cayeran encima al amanecer».

Sucios, hambrientos, desfallecidos. Encontraron soplones que les delataron, pero también campesinos que les ayudaron en pequeños tramos. Microbuses que les dejaron subir sin pagar ni hacer preguntas. «Todo el que nos veía sabía quiénes éramos, por el aspecto que llevábamos». Y así hasta San Marcos, en el Departamento de Carazo. De ahí a Managua, donde alguien les dio refugio por un día. Hoy tendrán que mudarse y seguir la fuga de casa en casa. «Me han bloqueado las cuentas. Llegaron al dispensario buscándome con nombre y apellido. Dicen que han puesto precio a mi cabeza. Tengo que salir del país».

No será fácil. La embajada de España dice que no es la única petición que ha recibido pero sólo está preparada para recibir a connacionales. El resto tendrá que llegar por su cuenta a España para poder pedir asilo político, una misión imposible para quien no tiene pasaporte y figura en las listas de los aeropuertos como «terrorista», según la nueva ley de la Asamblea Nacional que refrenda a Ortega. Sólo le queda ir de 'mojado' a Costa Rica en otra travesía campo a través. La libertad se le escurre de las manos en cada esquina, como las vidas que no pudo salvar por el camino. «Anoche, me desmoroné y me puse a llorar sin poder contenerme. Me siento impotente, humillado. Por favor, dígale a la comunidad internacional que no espere más, que acaben con la burocracia, están muriendo muchos nicaragüenses. Nuestro país necesita ayuda».

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