ROBERTO

JORGE ALACID

Las almas sensibles que siempre han revoloteado en torno a Roberto Iglesias (hadas madrinas, ángeles buenos) han recopilado sus últimos poemas en un estupendo libro, primorosamente editado, donde brilla un hermoso y redundante título: 'Memoria última'. Aprovechando la ocasión, la mía se pone a rebobinar. Y me veo entrando en la casa que compartimos durante años y recuerdo al periodista Iglesias recorriendo la redacción con sus característicos andares, grandes y parsimoniosas zancadas, dirigiéndose hacia el recién llegado para estrecharle la mano. Una mano abrumada: no todos los días te saluda un icono logroñés. Un hombre tótem, de inconfundible estampa tantas veces divisada por las calles (loden azul, sombrero de exagerada ala, caminando casi al paso de la oca), que se expresaba a través de un acento riojano-astur que tardaría años en desencriptar. Ojos saltones, barba asilvestrada y ese vozarrón intimidante. Porque intimidaba lo suyo. Porque le precedían el mito y el relato de sus desopilantes andanzas que te trasladaba algún veterano, cuyo testimonio otorgaba a Roberto la autoría de ciertas anécdotas imposibles, con pinta de leyenda. Una de esas leyendas urbanas logroñesas, mis favoritas. Las que coquetean con la realidad.

Quiso después el azar de la vida que compartiéramos la tarea de empaquetar la actualidad del mundo para servirla cada mañana a los lectores una vez descifrada. Eran noticias de ese cajón de sastre donde anidaba la sección de sociedad y cultura, una enredadera que cada tarde Iglesias desmontaba para ponerla en pie unas horas después por un original procedimiento. Como primer gesto, construía un enorme canuto con los teletipos que escupía el rodillo de la agencia Efe, que luego descuartizaba en su mesa como si fuera a practicar la autopsia al planeta, escaneando los entresijos de cada párrafo con el bisturí de su ingenio siempre a mano. Desplegados ya los teletipos, les pasaba revista con las manos a la espalda, como un general confederado estudiaría los mapas de guerra. El tercer acto de aquella rutina exigía identificar la noticia fetén, mediante el siguiente protocolo: se ponía las gafas en la frente (la mejor manera de mirar de tú a tú a la realidad) e izaba después uno de esos papelitos al contraluz del neón escudriñando el envés de la trama, para apartarlo a ver qué daba de sí o convertirlo en una pelota que encestaba en la papelera.

Con las noticias descartadas por ese método se podía organizar un mundo alternativo, pero nunca sería tan interesante como el elegido por Iglesias. Viéndole operar, una especie de cirujano de la intrahistoria de las noticias, recordaba el venerable adagio del maestro Delibes: la literatura es el periodismo sin el apremio del cierre. En efecto, nada apremiaba a Iglesias. Llevaba su propia velocidad, una velocidad de ciclista antiguo, cuya misión principal no residía tanto en llegar el primero, esa ordinariez, como en llegar a la meta. Cometido que cumplía dejando de regalo alguna perla que sigo sin olvidar. Las frases que le dieron fama entre estas cuatro paredes, propias de un periodista de los de antes, a quien me hubiera gustado conocer en ejercicio en este difuso tiempo azotado por la tecnología rampante. Para ver qué tal se llevaba con internet.

Yo creo que hubieran congeniado. Porque, como cada veterano del periodismo, Iglesias era digital sin saberlo. Tejía en su imaginación su vastísima red de sabiduría, que desplegaba en un bucle infinito. Una enciclopedia de hallazgos e inolvidables consejos: «Si la noticia es importante, cabe en un breve». El consejo que acabo de incumplir de todo corazón.

 

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