Simpatizantes de Vox llenan de público la sala

Público esperando en un lateral del Tribunal Supremo para acceder al juicio del 'procés'. / Foto: ÓSCAR CHAMORRO / Video: VIRGINIA CARRASCO

Más de 90 personas guardaron cola desde las 5.30 horas para poder seguir de primera mano el juicio del 'procés' | Muchas de ellas habían sido convocadas por la ultraderecha

Miguel Ángel Alfonso
MIGUEL ÁNGEL ALFONSOMadrid

Son las siete de la mañana y un viento gélido hace estragos entre las 60 personas que esperan a esa hora en la cola para acceder como público al juicio del 'procés'. Estudiantes de Derecho, jubilados, y sobre todo militantes de Vox, combaten al termómetro arrimándose a los muros del Tribunal Supremo en su fachada que da a la calle del General Castaños. Las plazas son limitadas, en total, el aforo de la Sala de Plenos del Tribunal Supremo, donde se juzga a los doce dirigentes independentistas, dispone de 100 asientos. 24 de ellos están reservados a familiares de los acusados y otros 20 para periodistas que cubren la causa desde dentro. Por tanto, solo 56 afortunados podrán acceder al interior del edificio.

Poco a poco, conforme comienza a amanecer, se siguen sumando personas a la fila, aunque ya esté claro que no todos van a poder entrar. Unas chicas jóvenes, estudiantes, miran hacia adelante con cierta desesperanza, pero no se mueven de allí. «Este juicio ha despertado mucha expectación, debería celebrarse en un sitio más grande», comenta algo indignado Manuel, un letrado jubilado que se encuentra entre los que han llegado primero. «Esos de allí -dice señalando a los primeros de la cola- llevan esperando desde las cinco y media».

A las 7.00 horas la cola para acceder como público al jucio del 'procés' ya había superado el aforo permitido en la sala.
A las 7.00 horas la cola para acceder como público al jucio del 'procés' ya había superado el aforo permitido en la sala. / M.A.A.

«Yo nunca ejercí como abogada en juicios porque mi padre no quiso, por eso vengo de vez en cuando a la Audiencia Nacional y al Tribunal Supremo para estar en los juicios. Este no me lo podía perder», confiesa María, de 71 años, que estudió derecho de joven pero ha ejercido toda su vida como gestora financiera. Ella se encuentra en la frontera de las personas que dudan si podrán acceder o no.

«¿Observadores internacionales? Vaya chiste»

El Gobierno catalán solicitó hace dos semanas la presencia de observadores internacionales durante el juicio, una petición que fue denegada por el Supremo. «El desarrollo del proceso se hará a la vista de todo el mundo. Todo el que quiera observarlo podrá hacerlo sin ningún tipo de limitación», decía el alto tribunal en el auto.

«¿Informadores internacionales? Vaya chiste. Este juicio es público y transparente», comenta Dani, un joven militante de Vox del barrio de Chamartín, que sigue con la moral alta pese a que sus posibilidades de entrar en la sala son nulas desde las 6.30 horas. «Esto al final se ha convertido en otro motivo para negociar con los presupuestos, para que no haya elecciones», dice en voz alta mientras asienten varias personas de la cola.

Muchas de las 90 personas que guardan cola en ese momento empiezan a reconocerse, han sido convocadas por Vox el día anterior a través de grupos de WhatsApp y cadenas de email y algunas lo admiten abiertamente. Aunque al llegar las cámaras de TVE para sondear el ambiente todos ellos reconocen estar allí «por el interés general que despierta el juicio». Cuando los objetivos enfocan para otro lado, el discurso cambia. «No queremos que se metan los payasos de los CDR a montar un circo, el objetivo es ocupar las 50 plazas. Queremos que los jueces vean caras amistosas», explica Ernesto, también militante de Vox que confiesa estar allí para servir de «enlace, para llevar y traer cafés a los que están guardando cola».

En torno a las 7.30 horas, dos mujeres descienden de un taxi y se saltan la fila para situarse al principio, junto a otras amigas que les estaban guardando sitio. Esta maniobra, tan típica de este tipo de situaciones, desata el nerviosismo de los que se encuentran detrás. Para solucionar el problema, una señora ataviada con abrigo blanco decide repartir papeles numerados de forma espontánea, ante la mirada de aburrimiento de los policías allí presentes y la indiferencia de los vecinos que pasean sus perros antes de irse a trabajar.

Cuando reparte la papeleta con el 56 escrito, el hombre número 57 de la cola estalla: «¡Esto es una vergüenza, aquí se ha colado gente!». «Me apuesto lo que sea que durante el juicio habrá gente que le pague a un vagabundo para que le guarde el sitio, esto es tipico de Madrid cada vez que hay un concierto importante o algún evento deportivo», dice Ernesto.

«¡Golpistas!»

Otro momento de tensión se produce cuando el autobús que transporta a los presos masculinos desde Soto del Real entra a las 8.15 horas por el lateral de la plaza Villa de París y desciende por el parking del tribunal, desde dónde han accedido los acusados a la sala, para evitar el paseíllo. En ese momento se escuchan algunos gritos de «¡golpistas!», mientras algunas voces intentan, tímidamente, acallarlos con la frase de «vamos a portarnos bien».

Los ánimos se vuelven a relajar y nadie se mueve hasta las 9.15 horas, momento en el que los poseedores de los 56 primeros números empiezan a acceder a la sala. Para el resto de personas que ha permanecido más de dos horas aguardando de pie, les queda un consejo: «Mañana venid a las seis». Por delante restan unos tres meses de juicio, con sesiones semanales cada martes, miércoles y jueves, «ya habrá oportunidad otro día», se consuela el abogado jubilado Manuel.

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