¿Quién es Jorge Arzuaga?

Un ingeniero bilbaíno de 25 años está en huelga de hambre en Sol para derrocar al Gobierno o al menos «despertar las conciencias»

FRANCISCO APAOLAZAMADRID.
Jorge Arzuaga  (derecha) pasa los  días en Sol desde que  comenzó su huelga  el pasado viernes. En  la imagen, recibe el  apoyo de algunos  ciudadanos. ::                         ÓSCAR CHAMORRO/
Jorge Arzuaga (derecha) pasa los días en Sol desde que comenzó su huelga el pasado viernes. En la imagen, recibe el apoyo de algunos ciudadanos. :: ÓSCAR CHAMORRO

Tiene 25 años y recibe a las visitas sobre unas cajas de cartón abiertas, junto a la verja de la estatua ecuestre de Carlos III. En la mañana soleada del esquizofrénico otoño de Madrid, comparte escenario con la fauna selvática de la Puerta del Sol. Por allí andan Hello Kitty, los predicadores del fin del mundo, Dora la exploradora, un torero de mentira, un centenar o dos de guiris de diverso pelaje y Jorge Arzuaga, que salió el viernes de Bilbao a derrocar al Gobierno con una huelga de hambre. O, al menos, «a despertar la conciencia de la gente y que reaccionen ante la situación». Sabe que su objetivo es un imposible, pero sería «feliz» si en Sol se volvieran a concentrar quince mil personas.

El mismo viernes partió camino de la capital con un saco de dormir, una esterilla verde, cuatro mudas, un libro, el móvil y 150 euros que había ganado currando en la vendimia en La Rioja. Así, tirado sobre los cartones, nadie apostaría a que Arzuaga es ingeniero superior en Caminos, Canales y Puertos. Está en paro y desde hace un año comenzó a darle una vuelta a su misión.Jorge, que participó en el movimiento 15M, ha sido voluntario con colectivos de marginalidad y ha viajado por India y Perú, «donde he conectado con una realidad que ha marcado mi espíritu». Llegado a este punto, se planteó dos opciones: violencia o huelga.Él eligió la segunda como «un paso más en la lucha por el camino de la paz». Hace dos meses escogió la fecha: 11 de octubre. Lleva semanas profundizando en la práctica de la meditación con ejercicios de ayuno (los domingos, dos vasos de agua en todo el día).

La pregunta que le hace todo el mundo es la misma: ¿Hasta dónde vas a llegar? También se la hicieron sus padres cuando se fue camino de la estación de autobuses. «Saben que no vengo a matarme». Su límite está en no hacer nada que dañe irremediablemente su salud. De cuándo llegará ese momento se ocupan los efectivos del Samur que lo visitan en la plaza cada dos días, le toman muestras de sangre, miden su tensión y realizan pruebas sobre sus constantes. «De momento estoy como una rosa», dice sonriente. Nadie sabe cuándo cambiará y ahora se alimenta de una solución de jarabe de arce y bebidas isotónicas.

A su alrededor pulula todo un cosmos de gentes que le ayudan y que discuten sobre su decisión. Vene Alhambra, de 61 años y colaborador de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), le prepara la bebida y le deja una habitación en la cercana Ribera de Curtidores, pues a la segunda noche sin dormir dejó su protesta para las horas de día. Hacène, empresario marsellés de 32 años, le ha comprado 35 botellines de agua y le anima a que se moje la cabeza para soportar el sol. «Estoy contento de que haya gente que haga algo», admite el empresario galo, de turismo en Madrid. Lorena, 20 años y estudiante de Criminología, prepara las pancartas. «¿Cómo vamos a estar en casa mientras él está aquí?». En Twitter, cientos le apoyan bajo la etiqueta #MotivosdeJorge y tiene una cuenta: @Motivosdetodxs.

Una mujer de unos 70 armada con las bolsas de la compra se acerca al grupo y les grita lo siguiente: «¡Vete a protestar a Andalucía que están peor y no vengas aquí a joder la marrana!». Le responde Prado Parejo, funcionaria de la Comunidad de Madrid de Bienestar Social. «He trabajado de noche y al verlo por la mañana en la televisión me he tirado a la calle para estar con él, al menos 20 minutos». La Policía mira de soslayo. De momento le ha ofrecido protección.

Rosas y abrazos

Alguien ha traído una rosa y se ha ido. Ayer fue un ramo de claveles que cuelga de la verja. Ayer también vino un grupo de 'yayoflautas' que se acercó al lugar y recitó a coro 'El niño yuntero', de Miguel Hernández. «Me duele este niño hambriento/como una grandiosa espina,/y su vivir ceniciento/resuelve mi alma de encina». La huelga misma, las intenciones, las esterillas que se recogen por la noche, los abrazos de algunos que pasan por allí... Todo es simbólico e inspirador. Arzuaga, que usa el servicio de un bar de la plaza, asiste al espectáculo con un rictus tranquilo, sereno, como un profeta de la calma. A su lado hay otras tres personas que se han sumado a su aventura. Uno de ellos es Alejandro, que duerme en casa.Tiene 24 años y llevaba trabajando desde los 17 en empleos no cualificados. Se acaba de quedar en paro y al ver la imagen del huelguista, como una leyenda, decidió unirse. «Le vi y decidí apoyarle».