Las dos caras del matrimonio infantil

Kadiatu Massaquoi y Hadiqa Bashir/Oscar Chamorro
Kadiatu Massaquoi y Hadiqa Bashir / Oscar Chamorro

Cada año 12 millones de niñas son obligadas a casarse, unas aceptan su destino y otras empiezan a negarse

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

A nivel global, unas 12 millones de niñas están obligadas a casarse con un hombre que, por lo general, es mucho mayor que ellas. «Son 34.500 niñas al día», desglosa Albán del Pino, director técnico de Mundo Cooperante. El matrimonio infantil afecta a 650 millones de infantes actualmente, según calculan las ONG Entreculturas, Save the Children, Amnistía Internacional y Mundo Cooperante, unidas para denunciar un fenómeno que se relaciona con la violencia sexual y multiplica por seis la vulnerabilidad de la mujer, asegura Daniel Villanueva, vicepresidente ejecutivo de Entreculturas.

El matrimonio forzado de menores ocurre «incluso en países como Estados Unidos o Reino Unido», indica el informe '¡No quiero! Contra el matrimonio infantil, temprano y forzado'. ¿Y en España? «Existen matrimonios entre menores de 18 años pero es minoritario y centrado en la etnia gitana», responde Andrés Conde, director general de Save the Children. «El marco regulatorio es permisivo pero estamos hablando de algo de envergadura mucho menor a lo que hemos visto fuera de nuestras fronteras, que es donde está el problema. Pero hay que dar ejemplo y atender estos casos».

Kadiatu Massaquoi
Kadiatu Massaquoi / Oscar Chamorro

Una de las víctimas de matrimonio forzado, Kadiatu Massaquoi, nacida en Sierra Leona hace 17 años, cuenta su historia. «Yo no estaba preparada para casarme y no fui una niña feliz porque no tenía un futuro», mantiene Massaquoi en Madrid. Manos grandes de uñas comidas y vestida con chador azul profundo, prosigue: «Me casé a los 15 años con la persona que me dejó embarazada cuando yo tenía 14. Él tenía 19. Tuve que dejar de asistir a la escuela, porque en mi comunidad no me dejaron volver a clases. En mi cultura es un tabú esperar un hijo sin tener marido. Yo no tenía ninguna otra opción y no pude decir nada».

En este caso, cuenta, se combinaron varias circunstancias. Además del embarazo de la niña, que agraviaba a la familia en la cultura comunitaria, había un exceso la carga económica para la madre, que había tenido 16 hijos, de los que le sobrevivían ocho. Hoy, con 17 años y dos hijos, una niña de tres y un niño de un año que viven con ella, Massaquoi afirma: «Desde entonces mi vida fue muy triste. Me sentía muy mal porque veía a mis amigas que iban al colegio, mientras yo me tenía que quedar en casa haciendo labores y cuidando a los niños. He vivido algo muy malo pero al menos ya sé que tengo que sentirme orgullosa y contenta de estar donde estoy».

Las causas de los enlaces infantiles, explican las ONG, son variadas. En algunas culturas, las hijas son utilizadas como «moneda de cambio» o debe obedecer la «tradición» seguida por generaciones, o se concierta la unión para proteger el honor familiar, siempre con un mismo telón de fondo: la desigualdad y la discriminación de género. En algunos países de África, la mitad de sus niñas han contraído nupcias concertadas por sus familias antes de cumplir 18 años, afirma Del Pino. «Entre un 20% y un 30% eran menores de 15 años. Ellas no tienen capacidad de discernimiento ni decisión sobre sus propias vidas».

Ley del silencio

La rebelión y oposición de las niñas es la otra cara del casamiento forzado. Hadiqa Bashir dijo no a la imposición de su padre y hoy es activista por los derechos de las niñas en Pakistán, donde creció. Se negó a conocer a quien debía ser su esposo, un taxista de 35 años. Ella tenía once años y un recuerdo persistente, el de su mejor amiga, casada a los siete años con un hombre que la sometió con una barra de hierro. «Como no volvió a la escuela, hicimos una pequeña fiesta en el colegio y la invitamos», recuerda Bashir, con hiyab crema. «Ella asistió pero nos dijo que no iba a volver. Estaba muy cohibida y retraída». Cuenta que su tío le prestó apoyo, le habló de la ley que prohíbe ese tipo de bodas y ella amenazó con denunciar a su familia. Ahora tiene 17 años, como Massaquoi, e intenta erradicar esta práctica que somete a las niñas.

Hadiqa Bashir
Hadiqa Bashir / Oscar Chamorro

En Sierra Leona, donde más de la mitad de la población está de acuerdo con los matrimonios infantiles, Massaquoi, que quiere ser enfermera, rompió con su precaria situación cuando escuchó que Save the Children tenía un proyecto para personas como ella. La ayudaron. Hizo un curso de costura. «Después de esta formación, pensé: lo que he vivido yo, no debe volver a pasar. Quiero ser una campeona que ayude a otras niñas. Mi madre y mis familiares comprendieron y luchan conmigo para cambiar esa realidad. Quiero que mi hija tenga educación y que sea científica».