Una región sísmicamente activa

Una región sísmicamente activa

La Rioja registra una media de 10 movimientos sísmicos al año que, afortunadamente, no pasan de magnitud 3,5. Aún así, no debemos banalizar su importancia ya que la predicción de terremotos desde una perspectiva de seguridad es aún imposible

Vivimos en una Rioja sísmicamente activa. Es lo que corrobora el Instituto Geográfico Nacional al actualizar el pasado año el Mapa de Peligrosidad Sísmica de España. La aceleración sísmica de La Rioja ha pasado de 0.04 a 0.06 y eso hay que tenerlo en cuenta ya que la prevención desde todos los puntos de vista incluida la modificación de la Normativa Urbanística y del Plan Autonómico de Protección Civil deberían ser una prioridad para el Gobierno autonómico.

En lo que llevamos de año se han registrado en nuestra comunidad cinco movimientos sísmicos. El 13 de enero en Navajún de magnitud 1,7; el 24 de enero en Munilla, de magnitud 1,8; el 10 de abril, dos en Enciso de magnitudes 2 y 3,1; y el pasado día 17, en Barbadillo de Herreros (Burgos) de magnitud 2,4 afectando a la Sierra de la Demanda riojana.

Según la media estadística suelen ocurrir al cabo de un año alrededor de una decena movimientos sísmicos en La Rioja que, afortunadamente, no pasan de magnitud 3,5 en ningún caso. Esto significa que son débilmente percibidos por la población y que las viviendas e infraestructuras no sufren daño alguno. De hecho son muy pocos los movimientos sísmicos que han llegado a la categoría de terremoto en La Rioja y el último de entidad suficiente fue el de Logroño de 1967 de magnitud 5,5.

Aún así, no por poco relevantes debemos ningunear y banalizar su importancia ya que la predicción de terremotos desde una perspectiva de seguridad y de protección civil es hoy por hoy imposible.

Además de lo anterior, a la sismicidad natural los humanos le añadimos la posibilidad de la sismicidad inducida cuando construimos determinadas infraestructuras o realizamos trabajos de explotación de recursos naturales. Embalses, extracciones de hidrocarburos, inyecciones de gas o minería son algunos ejemplos de los cuales la literatura científica está llena. Sin ir más lejos, en 2017 se cumplió el 50 aniversario de la catástrofe de la presa de Koyna, donde un terremoto de magnitud 6,6 afectó directamente a dicha presa y generó daños en el cuerpo de la misma y en un área importante a su alrededor.

Presas como la de Aswan, Kariba, Oroville y otras han sufrido terremotos de magnitud superior a 5,5 y aunque el primer caso conocido fue el de la presa Hoover en Estados Unidos en 1935, no fue hasta el suceso de Koyna cuando la sismicidad inducida por embalses o SIE ha sido tenida en cuenta por los gobernantes y estudiada por geólogos y otros profesionales.

En La Rioja se está en fase final de la presa más grande construida en nuestro territorio. Son 375 metros de longitud de su cerrada, 105 metros de altura y 81 metros de anchura en su base para albergar 46,5 hectómetros cúbicos de aguam o lo que es lo mismo 46,5 millones de toneladas que incidirán directamente sobre el terreno del vaso del embalse. Todo un coloso de hormigón, 25 metros más alto y 166 metros más largo que la presa del embalse de Mansilla y 35 metros más alta aunque solo 59 metros más larga que la presa del embalse González Lacasa.

La diferencia con los dos últimos embalses, además de su mayor tamaño, es que está siendo construida en una zona sísmicamente activa que se conoce desde 1817 (terremoto de Arnedillo) y que cuenta con una historia sísmica documentada muy importante con dos eventos de gran magnitud en Turruncún en 1929 y en Aguilar del Río Alhama en 1961 y otros muchos de menor magnitud, el último hace pocos días.

La cerrada de la presa está a punto de finalizar, el llenado va a iniciarse en el segundo semestre de 2018 y el plan de emergencia se va a poner en práctica previamente a la puesta de servicio de la infraestructura.

A pesar de esto, la promesa que hizo el Instituto Geográfico Nacional en 2011 de instalar las estaciones de control sísmico de Enciso, Jubera, Grávalos y Santa Cruz de Yanguas, al ser suprimida la de Logroño (La Grajera), para control de la sismicidad en la fase de construcción de la presa de Enciso quedó en nada. Hoy día no se ha instalado ninguna de las indicadas.

Tampoco las demandas del Colegio de Geólogos de España para que el Gobierno de La Rioja cree una oficina de coordinación geológica para cubrir entre otros, todos los asuntos susceptibles al control de la sismicidad en nuestra comunidad, se han atendido.

Esperemos que la solicitud del alcalde de Enciso en 2017 al Gobierno de La Rioja de crear «una oficina informativa sobre peligrosidad sísmica» sea escuchada y en la fase de puesta en marcha de la instalación y durante su vida útil, se haga el control sísmico y geológico necesario para la propia instalación y sobre todo, para las personas que viven aguas abajo.

La aplicación de la técnica geológica en las obras es útil y aporta valor. Las administraciones deberían ser más sensibles ante los problemas de índole geológica que se adviertan en los proyectos y ante todo, a la demanda social de seguridad y confianza en la gestión de dichos proyectos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos