Marca blanca

Piedad Valverde
PIEDAD VALVERDE

Mi madre y mi tía Isabel limpiaban una cafetería. Mi padre las llevaba cada día a las seis de la mañana en el coche y luego los tres desayunaban en un ambiente de cordialidad y amistad con los dueños y los camareros del local. A veces yo me apuntaba a esos desayunos y nunca he visto a mi madre tan risueña ni tan joven y eso que ya frisaba los sesenta años. Ese fue su último trabajo y a mí nunca me ha dado reparo ni vergüenza hablar abiertamente de los oficios humildes de mis padres. Tampoco creo que sea algo para presumir porque la pobreza no se elige pero me parece de justicia reconocer que ellos aceptaron trabajos mal pagados y se dejaron explotar con la esperanza de que sus hijos pudiéramos estudiar y tener una vida mejor.

Pero lo cierto es que la tarea de limpiar no está reconocida socialmente y la mayoría de las personas que se dedican a ello no se sienten especialmente orgullosas. Ayer mismo una chica que saludé mientras fregaba el suelo en una asociación, se apresuró a explicarme que no era lo que parecía, que era profesora y que estaba preparando oposiciones y también otra muchacha que limpiaba las escaleras de casa me aclaró lo mismo, que ella estaba estudiando en la Universidad pero que, como eran vacaciones, ayudaba a a su madre.

Por mi parte, recuerdo aquellos desayunos con mi madre y mi tía porque coincido en el bar de enfrente con Nati, la señora que limpia mi oficina. Le he pedido permiso para nombrarla y me lo ha dado con una sonrisa de par en par. En ese ratito que dura el café yo le voy contando detalles de mi vida y ella, cuando yo guardo la lengua en el paladar, también me habla de la suya, anécdotas de sus sobrinos, de sus hermanos, de sus aficiones y también de que trabaja seis días a la semana. Tenemos casi la misma edad y a lo largo de los años, compartimos también nuestros achaques: ella se interesa por la tendinitis de mi pie derecho y yo por un hombro que le molesta de vez en cuando. Nunca se lo he dicho, porque no ha hecho falta, pero la oficina está impecable, ni una mota de polvo ni una mancha en el suelo, así que aprovecho este trozo de papel para agradecerle los servicios prestados porque quiero que sepa que nos hace la vida más fácil y más agradable. No le he preguntado nunca si es feminista ni ella a mí, no sé si habrá ido a la huelga o si se siente discriminada por ser mujer pero creo que no es necesario averiguarlo, me da en la nariz que lo es. Como lo era mi madre y mi tía y hasta mi padre, un feminismo blanco, sin marca, porque comprueban diariamente lo que significa ser mujer, porque la escoba y el estropajo les estaba esperando en un rincón de la casa desde el día que nacieron. Pero no sólo por ser del sexo femenino, también por ser de clase trabajadora, porque considero que, aunque la desigualdad entre hombres y mujeres no es exclusiva de las clases humildes, en ese caso la explotación es doble. Así lo veo yo, así lo he visto toda la vida.

Quizá algunas compañeras de la causa que lean esto discrepen conmigo y me dirían que necesitamos feministas luchadoras, que den la cara, que salgan a la calle, que escriban en los periódicos y vayan a los debates. Mujeres importantes como Amelia Valcárcel o Victoria Camps a las que admiro y de las que me aprendo párrafos enteros de sus libros. Pero de ellas ya habla mucha gente y yo hoy quiero homenajear a las señoras como Nati o como mi madre, a las que limpian el despacho de las catedráticas para que, dicho sea de paso, ellas puedan escribir esas obras tan necesarias.