Dos ángeles guardianes en la cárcel logroñesa

Juan José Fuentes Berganzo e Hilario Rodríguez González, con la cárcel de Logroño al fondo. / Sonia Tercero

Hilario Rodríguez y Juan José Fuentes relatan sus vivencias como capellanes de la cárcel de Logroño

M. Isabel Martínez
M. ISABEL MARTÍNEZLogroño

«Estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí». (Mt. 25, 36).

A Hilario Rodríguez y Juan José Fuentes les separan a diario cerca de 90 kilómetros de distancia. Una diferencia de edad de 37 años. Sus lugares de procedencia: uno es burgalés; el otro, riojano. Hilario es hermano capuchino; Juan José, sacerdote diocesano. Y frente a todo lo que les diferencia, un nexo les une. Su determinante vocación por el colectivo de presos.

Hilario Rodríguez González y Juan José Fuentes Berganzo son los capellanes de la cárcel de Logroño.

Hilario nació en Villandiego (Burgos) en 1955. Con 11 años ingresó en el seminario de los capuchinos en Madrid y comenzó su formación religiosa. Tras concluir los estudios de Teología y asumir diferentes destinos recaló en septiembre del 2017 en la fraternidad de su congregación en Logroño, en la parroquia de Valvanera.

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Juan José nació en Logroño en 1992 y estudió en el seminario de La Rioja en Burgos. Su destino como cura, La Rioja Baja: vicario parroquial de la unidad pastoral de Cervera, Cabretón, Valdegutur y Valverde. Y desde el 31 de enero, capellán de la cárcel de Logroño, junto con Hilario. Desde Cervera se traslada a Logroño para cumplir sus funciones en el centro penitenciario... «Objetivamente», dice Juanjo entre risas, «estoy a 89 kilómetros de Logroño. ¡Objetivamente!», remarca, para subrayar la larga distancia que separa sus dos 'destinos'.

El sacerdote logroñés ha sido noticia en los últimos meses: fue uno de los dos jóvenes que se ordenaron en julio del 2018 en la diócesis riojana. «Cuando me ordené yo, en el 81, éramos dos también», anota Hilario. Y su apunte pone de relieve que la falta de vocaciones y ordenaciones que sobrelleva la iglesia católica se remonta ya a años atrás.

Quien deja la capellanía es María Antonia Liviano Campos, Magda, que hasta ahora compartía las funciones con Hilario. Ahora continuará ligada a la cárcel como directora de la Pastoral Penitenciaria de La Rioja.

La asignación de la capellanía de la cárcel es una atribución del obispo. «Puedes decirle que no, por eso te hace la propuesta. Porque no todo el mundo quiere ser capellán», apunta Hilario.

«No es relevante el delito, atendemos a la persona, independientemente de su acción» Juan José Fuentes Sacerdote diocesano

Y ¿qué lleva a un recién ordenado sacerdote y a un hermano capuchino a asumir la capellanía de la cárcel? Juan José relata cómo le impresionó escuchar el testimonio de un preso; tanto se impregnó de sus palabras que se hizo voluntario. «Vi que esa realidad era algo que me podía mover y empecé comprometiéndome poco a poco con ellos», rememora, y resume: «El voluntariado, al final, es un cariño hacia una realidad». ¿Y por qué esa realidad? «Cuando empiezas en un voluntariado puede suceder que veas que no es lo que tú esperabas o, por contra, que esa misma acción te lleve a meterte más. Y ése fue mi caso. Me pareció una realidad en la cual yo podía colaborar», rememora Juan José.

«Es que muchas veces», se suma Hilario, «la gente que está en prisión recibe menos visitas, atendidos están, pero igual te mueve pensar que ésa es una realidad más dura...», apostilla el hermano capuchino para defender su implicación con el colectivo de presos. Y añade: «Yo creo que dentro de la marginación que hay en nuestra sociedad, el mundo de la prisión es de los más marginados».

Y enarbola Hilario palabras del Papa Francisco para defender su complicidad con el universo penitenciario, y lo hace con contundencia y convicción. «'Id a las periferias', dice el Pontífice. Y ésta es una de las periferias importantes, porque es donde está realmente lo que dice Jesús en el Evangelio: 'Se me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres, visitar a los enfermos, liberar a los cautivos... Lo que cuenta es la persona, esté como esté». Y continúa aludiendo a mensajes del Papa: «El otro día les hablaba a unas presas de Argentina y se refería a la dignidad de la persona. Les decía: 'Vosotras estáis privadas de la libertad, pero no de la dignidad o de la esperanza'. El Papa lo dice», insiste Hilario: «Id a las periferias. Salid de vuestro lugar de confort».

Visitas a los internos

El ministerio penitenciario forma parte ineludible de la misión pastoral de la Iglesia. La Biblia tiene referencias directas a los presos. El autor de la Carta a los Hebreos dice: «Acordaos de los presos, como si estuvierais presos con ellos» (Hebreos, 13, 3). Visitar a los internos es una obra de misericordia corporal, como dar de comer al hambriento, de beber al sediento o enterrar a los difuntos. Pero lo cierto es que «más allá de los voluntarios», los presos no reciben muchas visitas de personas que no conocen.

Quienes sí les visitan son Hilario y Juan José. Ellos se encargan de celebrar las eucaristías (hombres y mujeres por separado), de confesar a los presos, de hablar con ellos... de lo que se tercie. También hay otros sacerdotes voluntarios que acuden a oficiar las misas.

«La labor más importante es estar allí, en contacto con ellos, escucharles, que ellos puedan hablar tranquilamente, porque lo necesitan. Parece que no, pero estar solos... Pueden tener todas las necesidades básicas cubiertas, pero les falta la libertad. Estar entre cuatro paredes las 24 horas del día equis años... eso quema mucho, si no encuentras a alguien con quien te puedas explayar...», cuenta Hilario.

La participación en las eucaristías no es baja, «entre 20 y 30 personas», estiman los capellanes. «Ya les conoces y les dices 'Oye, por qué no viniste a misa?', relata el hermano capuchino con una sonrisa.

¿Y dónde atienden a los presos, en una capilla? «Sí, ¡en una capilla multiusos!», suelta una carcajada Hilario. «La capilla la tenemos disponible el domingo, pero después otros días puede haber en ella un taller de cerámica, de jardinería... Y después, cuando vas a hablar con algún preso, en el módulo el funcionario te deja una salita para ti solo, por ejemplo, cuando vas a confesar. O puede ser en una celda que esté vacía», describe.

«Vamos más a escuchar que a hablar. ¡De qué les vas a hablar, pobrecillos, bastante tienen ya...!» Hilario Rodríguez Hermano capuchino

En la distancia corta, en ese diálogo con los presos los capellanes no preguntan al interno cuál es el delito por el que están encarcelados, ni se informan de qué les llevó a prisión: «No es relevante el delito, nosotros atendemos a la persona, independientemente de su acción», dice Juan José. E Hilario puntualiza: «Porque si no a lo mejor también puede ser como una prevención, un condicionante. Yo nunca me he sentido mal hablando con ellos, ni he pensado 'Pues qué delito habrá cometido'. No. Vas, hablas con él y punto. Si él te quiere contar un poco más... alguno te dice 'Estoy aquí por esta pifia...', pues bueno, pero no va eso por delante, no».

«Si sale al caso a veces sí te dicen el delito que han cometido. Pero no porque tú hayas preguntado nada de eso», insiste Hilario, convencido de que para ellos, para los presos, hablar del mal que han podido hacer supone una liberación: «Porque cuando expones algo que llevas dentro y sabes que al que se lo dices va a quedar ahí es una liberación. No te va a quitar nada, pero al menos interiormente...». Por eso, por la capacidad liberadora del diálogo, los capellanes a la cárcel van «más a escuchar que a hablar»... «¡De qué les vas a hablar, pobrecillos, bastante tienen ya...!», cierra Hilario.

Y para charlar, conversar y a encontrarse con personas, carentes de prejuicios y con las mochilas cargadas de diálogo, Juan José e Hilario se preparan para volver a la periferia.

Para ir al Camino Calleja Vieja, 200, donde se ubica la cárcel de Logroño.

Para regresar a la «periferia existencial».

«La Iglesia está llamada a salir de sí misma e ir hacia las periferias, no sólo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de la injusticia, las de la ignorancia y prescindencia religiosa, las del pensamiento, las de toda miseria».

Palabras de Jorge Mario Bergoglio, el 9 de marzo de 2013, entonces arzobispo de Buenos Aires, durante las Congregaciones Generales previas al cónclave que le nombró Papa.