Tricio, historia de un lavadero

El lavadero de Tricio, mediados los años 80, poco antes de sufrir la condena de la piqueta. /Carlos Muntión
El lavadero de Tricio, mediados los años 80, poco antes de sufrir la condena de la piqueta. / Carlos Muntión

Atendió las necesidades de la población desde finales del XIX hasta los años 70 del siglo pasado

José Antonio Del Río
JOSÉ ANTONIO DEL RÍOLogroño

Por la fiesta de San José de 1988 cedía a la piqueta el lavadero de Tricio. No era el más bonito. Ni tampoco el más grande. Ni el más antiguo siquiera. Seguramente por eso quienes lo condenaron no fueron capaces de descubrirle ni una virtud que justificase su amnistía. Tal era la sensibilidad de la época. Tal la cultura de la modernidad malentendida de la que querían presumir los pueblos. Una modernidad que chocaba, por lo visto, con aquella construcción singular que durante más de un siglo había cumplido una doble función higiénica y social en el pueblo. Una modernidad que consintió la agonía de aquella arquitectura de viguería de madera y de ladrillo que cobijaba las piedras bruñidas y lustrosas donde durante décadas se lavaron las ropas de trabajo y los ajuares de la buena gente caracolera.

Esa era una parte de la grandeza de la construcción que se levantaba en el mismo cruce de la carretera de Logroño y el camino de la ermita. La otra, su valor como elemento socializador, como espacio cita de obligada que propiciaba el encuentro y la charla. Sin agua corriente en las casas, la necesidad obligaba a las mujeres a acudir a los lavaderos públicos que en casi todos los pueblos y aldeas se levantaron impulsados por las corrientes higienistas de la época. Un ingenio que vino a sustituir a la orilla del río como lugar para hacer la colada y que pretendía, con dudosa fortuna, facilitar la dura tarea de lavar a mano que, como entenderá el lector, era privativa de la mujer.

El que nos ocupa, en Tricio, atendió las necesidades de la población desde finales del XIX hasta los años 70 del siglo pasado, cuando el agua se hizo corriente en los domicilios y las primera lavadoras de turbina allanaron la labor. Su estructura (la del lavadero, no la de la lavadora de turbina) tenía cierto aire de templete romano. Tres naves paralelas, de mayor anchura la central y cubierta ésta a mayor altura que las dos adyacentes. Las dos laterales eran espacios de paso o estancia. En la central, dos zonas de agua diferenciadas en altura. En la más baja, se lavaba con jabones de trozo (muchas veces de elaboración casera). Y en la de arriba, se aclaraba. Porque todo seguía una lógica en el uso el agua que en Tricio resultaba ejemplar. Así, la del manantial de Rivascaídas, que desde hace siglos, y aún hoy, abastece al pueblo, llegaba hasta la fuente de arriba, la que se acomoda junto al álamo centenario en la parte alta del municipio y donde la población se abastecía para el uso doméstico. De allí, por gravedad, pasaba a la fuente del pilón, donde atendía las necesidades del ganado de labor que a tal fin era conducido hasta allí cada jornada. Y por fin, el ciclo se cerraba en el lavadero y en los huertos aledaños que se servían para el riego del líquido sobrante.

Un alarde de ingeniería hídrica puesto al servicio del bienestar común que no evitó el lamentable final del lavadero de Tricio. Como tampoco lo hizo la mediación del entonces director general de Cultura de la recién nacida autonomía, José Manuel Ramírez. Ni los vanos intentos en los que el etnógrafo Carlos Muntión, hijo del pueblo, y un muy reducido puñado de vecinos se empeñaron antes de que la piquete hiciese escombro a nuestro protagonista. Empeño que les llevó a apelar a la solidaridad de la burgalesa Quintanar de la Sierra, que se prestó a ceder (a cambio de un partido de pelota) la (mucha) madera necesaria para una rehabilitación que se llegó a presupuestar (cuenta el arquitecto Juan Díez del Corral en su blog) en 117.000 y pico pesetas (poco más de 600 euros), mano de obra aparte. Y ésta la ofrecía un buen albañil de la localidad en un gesto que le valdría, seguramente, más críticas que otra cosa de las buenas gentes de Tricio que hoy, treinta años después, sí echan de menos el lavadero del camino de la ermita, donde hoy, como un castigo, se levanta una fuente de gusto dudoso y discutible utilidad.

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