El milagro de la tribu Nandi

Julius Yego celebra su triunfo. /
Julius Yego celebra su triunfo.

En Kenia, célebre por sus fondistas, ha surgido una rareza, Julius Yego, un lanzador de jabalina que aspira a ser campeón del mundo

FERNANDO MIÑANAvalencia

Julius Yego era un niño más de tantos nacidos en Kenia que crecía rodeado de corredores levantando el polvo por los escarpados caminos de tierra roja que recorren el Valle del Rift. Su padre, Wilfred, estaba empeñado en que estudiara y no se distrajera con aficiones banales. Pero su madre, Rose, y una de sus hermanas él es el cuarto de ocho hermanos le jalearon para que probara con el deporte. Y eso, en Kenia, equivale a correr. Así que se apuntó a una carrera de 10.000 metros. No le fue bien y no quiso volver a intentarlo. Pero un día vio a unos chicos lanzando una jabalina de madera. Eso le llamó la atención. Además, le sacudió la sensación de que él podía tirar aquella lanza más lejos que ellos. Primero probó con un palo y poco a poco fue acercándose a esta disciplina casi anónima en el este de África.

Aquel niño de la tribu Nandi, cuna de grandes campeones en carreras de media y larga distancia como Kip Keino, Henry Rono, Wilson Kipketer o Bernard Lagat se encontró con un problema: en todo el país no había más de media docena de jabalinas homologadas miden 2,6 metros y pesan 800 gramos y todas estaban en Nairobi. No era eso lo peor: en Kenia hay menos entrenadores especializados en lanzamientos incluso que jabalinas.

Pero algo le decía que aquello iba a ser su pasión, su vida. Y el joven Julius no se rindió. Semanas después de ver por la televisión al noruego Andreas Thorkildsen colgarse la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Atenas, en 2004, entró a un cibercafé, se sentó delante del ordenador y tecleó Thorkildsen training. Cada vez que podía se escapaba a escrutar la técnica del campeón, y cada día descubría un detalle nuevo. Los pasos que daba en la carrera, el ángulo de la jabalina, cómo colocaba la punta a la altura de los ojos... Y amplió su estudio a los lanzamientos del mítico Jan Zelezny, el plusmarquista mundial checo, y el finlandés Tero Pitkämäki, el gran rival de Thorkildsen. Cuando se descubrió su secreto, le cayó encima un apodo: Mr. YouTube man (el señor YouTube).

El lanzador nandi demostró ser un gran autodidacta y, aunque despacio, hacía progresos esperanzadores. Dos años después, en 2006, batió el récord de Kenia júnior lanzando con unas zapatillas de correr. Y en 2008 se ganó el derecho a competir en el Mundial júnior de Bydgoszcz (Polonia), pero la federación de Kenia decidió que solo se iba a llevar a sus corredores y lo dejó en tierra.

Nadie, ni siquiera él, hubiera confiado en que cuatro años después, en Londres, Julius Yego se iba a convertir en el primer lanzador africano que llegaba a una final de jabalina. Kenia presentó en los Juegos Olímpicos un equipo con 44 atletas y solo uno, Yego, no era corredor. O que el verano siguiente, en 2013, en el Mundial de Moscú, donde no pudo estar el ídolo David Rudisha, sus compañeros le eligieron a él como capitán del equipo nacional.

Ese éxito fue duodécimo en Londres después de lesionarse en el calentamiento y cuarto en Moscú no se debió exclusivamente a que Yego se dejara los ojos en el ordenador viendo a Thorkildsen, Zelezny y compañía. El punto de inflexión en su carrera se produjo en el invierno de 2011 a 2012, cuando la federación internacional (IAAF) le concedió una beca para formarse en el centro de entrenamiento de Kuortane, de donde salieron algunos de los grandes lanzadores de Finlandia, tierra de jabalinistas.

Yego, que solo pensaba en el atletismo, aterrizó en el invierno escandinavo sin una buena parca. Y sus compañeros tuvieron que dejarle ropa de abrigo para que no acabara congelado. Allí aprendió los secretos de este viejo deporte de la mano de Petteri Piironen, un joven pero reputado entrenador con el que aún mantiene relación. Ahora trabajan a distancia y de vez en cuando comparten breves estancias juntos este año estuvieron dos semanas en Sudáfrica. Entre Piironen y Joseph Koech Mosonic, su otro entrenador, han ido puliendo a este explosivo atleta de 1,75 metros de altura y 85 kilos que el 7 de junio, en Birmingham, mandó la saeta a 91,39 metros, un nuevo récord de África. Solo ocho atletas han lanzado más que él a lo largo de la historia. Este año, ninguno. Así que es el gran favorito para colgarse la medalla de oro en el Mundial que comenzó el sábado en El Nido, el vistoso estadio que fue el escenario principal de los Juegos Olímpicos de Pekín.

Su fortaleza no solo llama la atención en los estadios. Su potente físico no pasó desapercibido tampoco en su país y el jefe de la Policía de Kenia le propuso ingresar en el cuerpo. En marzo de 2008 se graduó como agente, así que su vida se divide entre sus dos trabajos, policía y atleta.

Es un ídolo en su país

Yego fue haciéndose cada día un poco más popular en Kenia. Los éxitos en los Juegos de la Commonwealth y en la Copa de África comenzaron a equipararle con los grandes maratonianos o los fenómenos de la pista. El atleta ya regresa de los campeonatos a Kenia como los grandes ídolos del asfalto y el tartán. Como un héroe. Recibido por una multitud y escoltado por la Policía por las calles de Nairobi. Y hasta Orange le ha elegido como imagen de marca en el país. «Siempre quise ser como Kipchoge Keino (doble campeón olímpico en México 1968 y Múnich 1972), Paul Tergat (el fondista que protagonizó épicos duelos con el etíope Haile Gebrselassie y que llegó a tener el récord del mundo de maratón) y todos esos iconos, pero en la jabalina. Quería abrir el camino en Kenia a esas disciplinas marginadas».

Pero su mayor satisfacción es comprobar que ha despejado un camino sin explorar. En los campeonatos nacionales ya se encuentra habitualmente con varios compañeros que superan los 70 metros. «Aquí hay un enorme talento y solo espero contar con apoyo en el futuro. Luego, tal vez, un día Kenia podría llegar a convertirse en el lugar donde se encuentren los mejores lanzadores de jabalina».

Desde 2012 puede regresar a Finlandia con la cabeza bien alta. Allí no se recibe la consideración de jabalinista hasta que un atleta supera los 80 metros, del mismo modo que un saltador de altura no puede sentirse como tal hasta que no rebasa el listón situado a su propia estatura. Aunque ahora el problema es que en Finlandia ya hay quien mira con recelo a Piironen por encumbrar al enemigo.

Mr. YouTube man, fan del Arsenal, es ahora un hombre feliz y realizado. Primero se casó con Sincy, un año más joven que él (26 años), y después se convirtieron en padres de un niño, Jarvis. Todo le va bien y se ha convertido en un referente de esta especialidad del atletismo gracias a su empeño y su obstinación. «La jabalina es una combinación de velocidad, técnica y fuerza. Yo nací con talento, pero he tenido que trabajar mis habilidades», recuerda ahora que está cerca de la cumbre del atletismo.

Ha entrenado muy duro en el estadio Kasarani de Nairobi, donde ya hay más de seis jabalinas, donde se ha forjado la leyenda del nandi campéon de jabalina. «Cuando lanzo y la veo volando hacia el cielo, entonces me siento muy feliz».