«Igual que los clásicos perdieron su modelo de civilización, hoy podemos perderlo nosotros»

El escritor madrileño Marcos Chicot. :: alberto di lolli/
El escritor madrileño Marcos Chicot. :: alberto di lolli

El autor de 'El asesinato de Sócrates', finalista del Planeta, habla de 'la historia detrás de la novela' en el Aula de Diario LA RIOJA-UNIR

Jonás Sainz
JONÁS SAINZLogroño

Solo sabe que tampoco él sabe nada. Marcos Chicot (Madrid, 1971), finalista del Planeta 2016 por 'El asesinato de Sócrates', participa hoy en el Aula de Cultura de Diario LA RIOJA-UNIR (en el centro cultural Ibercaja-Portales, a las 20 h.) con una charla sobre 'la historia detrás de la novela'. La Grecia clásica, donde se crearon las bases de nuestra civilización, y un filósofo único, maestro de filósofos y padre de algunas de las corrientes de pensamiento más relevantes que han llegado hasta nuestra época, sirven al autor para reflexionar sobre la necesidad de pensar libremente. Y hacer pensar . «Como también ocurría en mi novela 'El asesinato de Pitágoras' -explica-, el título no solo es una metáfora de la trama, sino que encierra una paradoja, pues mi intención real no es asesinar sino resucitar a estos filósofos extraordinarios».

-¿Cuál diría que es la verdadera finalidad de sus novelas?

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'La historia detrás de la novela', a cargo de Marcos Chicot, autor de 'El asesinato de Pitágoras' (2013), 'La Hermandad' (2014), 'Diario de Gordon' (2015) y 'El asesinato de Sócrates' (finalista del Planeta 2016)
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Aula de Cultura de Diario-LA RIOJA-UNIR, centro cultural Ibercaja-Portales, 20 h.

-La novela es como una larga carta que escribo a los lectores durante años. Y de hecho al final de mis novelas hay una carta a los lectores, tal cual, donde explico qué es histórico y qué es ficción. Con mis novelas intento que se aprenda y, sobre todo, que se comprenda aquel mundo. Trato de entretener y al mismo tiempo trato de ayudar a comprender.

-¿Escribe pensando en el lector?

-Hay escritores que dicen que escriben para sí mismos, que les importa poco la reacción del lector, que les importa la historia por encima de todo. En mi caso no es así. Yo escribo siempre pensando en los lectores, que se entretengan para así poder aprender. Quiero lectores con ojeras, que no puedan soltar la novela por el drama, por la intriga, por la emoción... Pero sobre todo, por lo que van aprendiendo.

-¿Por qué le interesó Sócrates como personaje literario?

-Igual que Pitágoras, es un personaje que a mí me motiva en extremo. Y su época. Tiene que ser algo que me motive porque hay muchísimo trabajo de estudio previo, de horas y horas de documentación previa y de escritura. Eso supone mucho sacrificio; tanto que al lugar donde escribo lo llamo la mazmorra. Tiene que apasionarte lo que haces para que te compense el esfuerzo que requiere hacerlo bien.

-¿Qué es lo más fascinante de la Grecia clásica?

-Es la época más fascinante. Es una especie de milagro, en muy poco tiempo en un lugar muy concreto, no es que se produzca un avance, se produce una explosión prodigiosa en los campos principales del saber, de la cultura, del pensamiento y en muchos de los campos que consideramos la base de nuestra civilización. Y no es que se genere un embrión, sino que se alcanza casi la perfección canónica. Ocurre en escultura, arquitectura, medicina, historia, filosofía... Tenemos los juegos olímpicos, tenemos la primera democracia de la historia...

-Y su obra repara en que el clasicismo, siendo una referencia modélica, también es frágil.

-De hecho, son referencias que se perdieron durante miles de años y solo hemos recuperado alguna de ellas hace uno o dos siglos. Aquella civilización de hace dos mil quinientos años es la más parecida a la nuestra. Y eso tiene que hacernos pensar que, igual que los clásicos perdieron su modelo, hoy podemos perderlo nosotros. Esas cosas a veces las damos por hechas pero más vale que defendamos lo nuestro porque la historia nos demuestra que lo podemos perder.

-¿Somos más socráticos incluso de lo que nosotros mismos sabemos?

-Es que todas las enseñanzas de Sócrates tienen plena vigencia, desde el filósofo puro en su búsqueda del conocimiento hasta conceptos como la justicia universal, incluso por encima de las leyes.

-¿Somos también tan ignorantes?

-Al menos, seguimos cometiendo los mismos errores. En la novela hay una frase de Eurípides que dice: la democracia es la dictadura de los demagogos. Hoy en día sigue siendo la dictadura de los demagogos. En aquellas primeras democracias surgen los primeros políticos profesionales, las primeras corrupciones y esos hombres que convencen a las masas -que, como bien decía Platón, la masa no puede filosofar- apelando siempre a los instintos más básicos, que es la manera de manipularnos, apelando a instintos viscerales que anulen la razón.

-¿Dónde hay que poner atención?

-En épocas con un cierto nivel de progreso pensamos que solo podemos ir a mejor y la Historia nos demuestra que nos es así, que una y otra vez los logros se pierden. En las situaciones críticas, cuando lo prioritario es la supervivencia, los derechos pierden valor. Las crisis económicas se transforman en crisis sociales y en crisis de valores. Nadie te dice que dentro de veinte años no estemos como hace quinientos en cuestión de valores sociales. No es ciencia ficción, es que ya ha ocurrido así a lo largo de la Historia.

-¿Qué opina de la desaparición de la Filosofía de los planes de estudio y, en general, de la desatención hacia las Humanidades?

-Primero, que se tendría que modificar el modelo educativo y no primar tanto el aprendizaje memorístico como la comprensión. Y en general que el sistema capitalista, que es muy eficiente, trata de convertir a las personas en unidades de producción y de consumo. Y el sistema educativo, desgraciadamente se está convirtiendo en un medio para eso. Anula la capacidad de juicio crítico. Como decía Quevedo: un pueblo idiota es la felicidad del tirano.

-En cambio, hoy nos creemos capaces de todo.

-Reconocer la ignorancia y la necesidad de conocimiento, poner todo en tela de juicio, como hacía Sócrates, sería un buen punto de partida. Solo sé que no sé nada.