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Urdiales roza el cielo de Bilbao

CULTURA

Urdiales roza el cielo de Bilbao

Brutal faena del riojano al quinto victorino en la que la espada le arrebata un triunfo histórico

29.08.11 - 00:34 -
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Diego Urdiales cuajó ayer en Bilbao una faena sencillamente inolvidable, una faena de un calado excepcional ante un Victorino encastado y noble, ante un toro con todas las letras que tuvo la virtud de la humillación pero que exigía que delante hubiera un torero dispuesto a jugarse la vida de verdad para que consintiera arrancarle los muletazos tan hondos y tan expresivos que logró el riojano, especialmente por el pitón derecho, donde literalmente bordó el toreo y puso su cartel en Vista Alegre en una altura de máxima figura.
La dimensión y la profundidad alcanzada ayer en Bilbao por el diestro de Arnedo hacen palidecer las dos orejas facilonas de Juan José Padilla y Luis Bolívar y unas cuantas más de las que se han otorgado en estas Corridas Generales. Toreo de máxima altura que no tuvo el premio de las dos orejas por dos razones: se tiró a matar y la espada resbaló ladinamente en una banderilla segándole el pitón todo el bordado de la taleguilla que se quedó hecha trizas. Se tiró de verdad sin importarle nada, pero la mala suerte, una vez más, le privó de un triunfo inapelable en Bilbao. Después pinchó en todo lo alto y al tercer intentó cobró una estocada que tiró sin puntilla al buen toro de Victorino Martín. El cielo, es decir, la Puerta Grande de Vista Alegre, que tenía abierta de par en par, se le cerró en sus mismas narices. Es duro, durísimo, explicar las sensaciones que se tuvieron que agolpar en el corazón de Diego en esos momentos de desesperación, de máxima impotencia.
Había vuelto a hacer el toreo sin ambages, sin vuelta de hoja, pisando esa zona cero de la lidia que está al alcance de los elegidos, yéndose una vez más al pitón contrario y echando literalmente los vuelos de la muleta para lograr engarzar al toro en varias series sencillamente coreadas por la concurrencia como se merecían: olés roncos de toreo bueno, de toreo caro, de ese toreo auténtico que no se puede comparar con la habitual superficialidad de la bisutería. Miren, en estas nueve corridas de Bilbao ha habido dos toreros irreprochables: Morante de la Puebla y Diego Urdiales, dos toreros que con distinto cariz por la diferencia evidente de sus toros -no es lo mismo un Victorino de verdad o un Fuente Ymbro que se iba al pecho que uno nobilísimo de Núñez del Cuvillo- han marcado una diferencia descomunal entre ellos dos y el resto del escalafón.
Sin embargo, y a pesar de la evidencia, lo cierto es que las empresas siguen sin ofrecer al torero riojano el sitio que merece, el sitio que se ha ganado con su toreo, con su bravura sin límites, con su apasionada entrega. Ayer, al finalizar la corrida, Diego se fue caminando a la enfermería entre el clamor de una plaza que se rompía con su toreo mientras las palmas parecían de compromiso con sus dos compañeros que habían puntuado con sendas orejitas en Bilbao, como si fueran un equipo de fútbol.
La razón era más que evidente, mientras Diego Urdiales había dictado una auténtica lección, Padilla y Bolivar, con su toreo esforzado y más bien periférico, se habían dedicado a gritar, a corearse ellos mismos los muletazos para enganchar los olés del público mientras no acababan de salir de la mata.
Pero tuvieron espada, cuestión que ayer le falló a Diego. Una de las mejores noticias de la corrida fue la importante tarde que ofreció la ganadería de Victorino Martín. A pesar de la desigualdad de tipos y remates y de los dos primeros ejemplares: descastado el que abrió plaza e imposible el segundo, a partir del tercero la cosa fue mejorando con varios toros que recordaron la bravura mítica de este hierro.
El tercero fue muy bueno por el izquierdo y lo aprovechó a medias Luis Bolívar, que también tuvo un sexto de mucha movilidad con el que no paró de correr y de gritar. El cuarto fue otro gran ejemplar y el de Diego Urdiales, a pesar de su falta de repetición inicial, tuvo la virtud de embestir muy por abajo y con solemnidad merced a la verdad que desparramó el riojano.
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