La Rioja

OJO DE BUEY

Isabel y Fernando

Yo me fío más de un español justito, moderadamente español, de un español de menos de cinco de minutos que de un patriota a tiempo completo. Prefiero un 'mal español'; en el sentido en el que, por ejemplo, Franco calificó de 'mal español' a Luis García Berlanga tras ver en el Pardo El verdugo. Porque lo llamó 'mal español', sí. Pensando que era peor que llamarle rojo. No me cabe duda que Berlanga se lo debió tomar como un elogio. Un 'mal español', Berlanga, que era ex-divisionario y había realizado la mejor película del cine. español. Si un mal español hace El verdugo, me pregunto qué dejas entonces para un buen español. No es descartable que Franco, como guionista de Raza que era, le tuviera celillo profesional a Berlanga. En La Reina de España, por cierto, el caudillo se presenta en el rodaje, como quien visita a sus colegas, pero la reina no lo tiene para ruidos y le asesta una réplica mortal, más disolvente que el juicio histórico más adverso. No les digo qué le espeta la reina al caudillo. Tendrán que verlo. Hablo de Macarena Granada, no de Isabel I de Cifesa, que ésta no lucía ese remango. Yo creo que en esto de ser español, o kantiano, o athlético, ¡o incluso berlanguiano!, menos es más. Y que no conviene despilfarrar, porque entonces lo sustancial se devalúa. Hay dos formas de demostrarse español: o se puede sacar pecho, sobrao, o se puede reconocer públicamente que no te has sentido español ni cinco minutos. Sobre todo si se trata de investirte como una gloria nacional. Léase un Premio Nacional de Cinematografía. Y si tienes cinco minutos de modestia. Porque se es español en la medida de las posibilidades de cada uno. Además, 'ser' y 'sentirse' no es la misma cosa, y quién puede mandar en esto. Yo estoy seguro que Fernando Trueba, en ese mismo momento en el que advertía a las autoridades que igual no se sentía suficientemente nacional, estaba preparado para que el propio Ministro, de motu propio, le hubiera retirado el premio y le hubieran acompañado a la salida. Y Fernando Trueba lo hubiera entendido. Hasta le hubiera aliviado. Qué se le va hacer, si no llegas al minutaje medio de españolidad; si te ringlas al minuto. tres, pongamos, porque anda baja la moral de la tropa, por lo que sea. Tampoco le hubiera extrañado en 1994 que tras declararse ateo ante la televisión de un país en el que hasta la moneda cree en Dios, alguien de seguridad le hubiera quitado el Oscar que le acaban de entregar por Belle Époque. Pero él, ya lo dijo, sólo creía en Billy Wilder; qué se le va a hacer; si hay algún problema con esto, pues ya se les devuelve el muñeco y tan amigos. Lo extraño, para lo que Fernando Trueba no estaba preparado, ni nadie, es que un año y medio después, al cabo de haber dado, con La Reina de España, trabajo a muchos compatriotas -¡y a súbditos del imperio austro-húngaro! pues en parte se rodó en Hungría-, y de jugarse hasta las pestañas para hacer industria española, llenar de público las salas españolas (con sus empleados, etc.); hacer comedia española (crítica, hilarante y a veces doliente, de la que tan necesitados estamos); pues que tras ese riesgo, alto riesgo, muchos buenos españoles -no como él: un traidor, un subvencionado, un desagradecido, el villano de la película- intenten ahora por todos los medios y todas la redes causarles la enésima avería a esos desafectos del cine, hundir una empresa española y difamar y arruinar a un ciudadano. Pero esto sí que es muy español: alegrarse del fracaso ajeno. Tendría ya aquí Fernando asunto para una tercera parte de la historia: como, años más tarde, ya en democracia, el público español boicotea las películas de Macarena Granada. ¿Qué ha pasado en medio? He vuelto a ver, por si en su día se me escapó algún matiz ofensivo, el dichoso discurso de la entrega del Premio, no sea que ahora me tenga yo también que cabrear con Fernando e incitar desde esta columna a un boicot para que nadie vea, por segunda vez, La Reina de España. Y me sigue pareciendo lo mismo: que yo que el ministro, y que cualquier español medio, me hubiera quedado muy tranquilo sabiendo que lo recogía un tipo que se declaraba anti-fronteras, 'sin fronteras', como el cine y la música que ha producido siempre; un tipo que reconocía no albergar sentimientos nacionales (con el peligro que hay últimamente en este negociado); un tipo que, metidos en guerra con el vecino, su estrategia estaría más cerca de Miguel Gila, pasándose al bando del vecino. En fin, todo lo contrario de invadir Polonia. Y una cosita, para acabar: no es por desilusionar a los que llamaron al boicot contra La Reina de España escandalizados por la escasa tasa de españolidad de su director -felicidades, majos, objetivos militares cumplidos- pero los directores de las películas extranjeras que batieron a La Reina de España el fin de semana pasado, David Yates (Animales fantásticos y dónde encontrarlos), el bueno de Robert Zemeckis (Aliados), Mike Mitchell, Walt Dohrn (Trolls) y Denis Villeneuve (La llegada); si les preguntas, pues son gente que también te dirá que nunca se han sentido españoles ni cinco minutos.