Gigantes

RUBÉN LAPUENTE BERRIATÚA

A horcajadas, sobre mis hombros, soy la mejor montura para mi hijo.

Desde más allá de arriba, sin miedo, sin vértigo, lo mira todo con ojos de un gigante. No se bajaría nunca.

Le veo en los cristales mirarse con suficiencia, como que le vengan ahora a toserle los malos. Como no tiene riendas, me agarra de los mofletes, me tapa un ojo, el otro, los dos, la boca, y le mordisqueo la mano para que no me ahogue del todo.

Me clava las espuelas si me paro en los escaparates. Él está a lo suyo: a los coches, al bullicio, a las luces... En la cabalgata, le dio la mano, como un señor, al Rey Baltasar, sobre otro corcel igual de alto que el suyo.

Y se lleva a casa el calidoscopio de toda la tarde. Se echa sobre la alfombra... Y bajo los párpados cerrados... Se le iluminan los ojos.

 

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