La chica de la tienda de golosinas

RUBÉN LAPUENTE

Como una boca que enseñara su dulce paladar, sube la verja de la tienda a toda la barriada. Antes, ha espantado el vaho del frío en la harina. Ha rebosado de mil y una delicias cada cubeta. Ha dejado escapar el perfume del caliente hechizo de lo recién horneado. Y espera, de pie, la marea de una avenida. Aquí compro yo el pan, los caprichos, y avanzando en la fila, miro a la joven y bella dependienta cómo pesa en una oculta balanza ¿los aún dulces sueños de la niñez de muchos? Veo, cómo en aljabas de papel, embolsa barras de pan que me imagino son sus flechas de amor. Y la veo siempre salir de la trastienda con un tesoro dulce de bolsas de repuesto en el regazo, como el mascarón de proa de la goleta de la tienda, vencedora de los embates de las olas de tanto mar de azúcar, a veces amargo de los días ...Y la nombraría adalid del barrio en ese cuento de ladrones y policías que siempre llegan tarde, cuando la veo, yo soy testigo, registrar los bolsillos a 'niños angelicales' o a 'elegantes y distinguidos caballeros' o a 'señoras de alta cuna' y todo por un escondido tic de abanico flamenco que les descubre en las manos.

Avanzando en la fila, al anochecer, al comprar yo el pan caliente de la cena, ha sostenido ya tantas miradas, que cuando me toca a mí, ya todos los caminos, todos los atajos a sus ojos, los tiene ya hollados. De pronto, de la calle, como un trueno en el sueño, oigo un viril silbido que la despierta, que la enciende. Entonces, al tiempo que se lleva la última gominola a la boca mirando de reojo el reloj de la pared ,de un tirón baja la verja de la tienda. Y es en ese mismo dulce instante, cuando ella, comienza a vivir.