Bichos

RUBÉN LAPUENTE BERRIATÚA

Puro y sin memoria hay una fiera mugrienta en su pequeño cuerpo. Capitán de los arrabales de la cocina. Rastreador de sus cubiles. Triza hasta el infinito cualquier migaja invisible que pilla. Su ojo y su reojo sigue a todo lo que se mueve por el suelo. Y cuanto más veloz sea, más se clava a gatas las espuelas para cazarlo. ¡Es el único del Universo que le ha visto la jeta a un gamusino! Su lenguaje lo aprenden antes los bichos que sus sesudos mayores. Al ácaro, lo encuentra al trasluz de un suspiro, riéndose, a salvo del inútil aspirador de su madre. Al escarabajo errante le sube a la almena de su castillo para que aviste hasta los últimos confines de su señorío. Y a falta de enemigo, le encierra en la mazmorra con miga de pan de almohada y puesta en la cerradura el tintín de las llaves.

Todo hasta que el grito de su madre aplasta contra la suela de su zapatilla a su buen amigo de juegos y viajes...

Ahí empieza a enturbiarse la pureza. Ahí nace la memoria. Y hacina, la primera gota de cobarde.

 

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