Balas de corcho

RUBÉN LAPUENTE

De vez en cuando, mi hijo me invita a entrar en la guerra, a que tome las riendas de una venganza o las de una salvación. Y por detrás del arma de este pulcro héroe virtual, que toma mi nombre, a quemarropa, voy disparando. Me dicen que le regalo demasiada violencia. Que aliento su larvada fiereza. Que haga una pira con toda esa ponzoña bélica. Me lo aconseja esa hermandad bienhechora de mi familia, que al venir a casa, de visita, al verlo de pie, excitado justiciero del planeta, me miran luego a mí como culpable, como un mandria incapaz de saber guiar sus pasos, pero les digo, gracioso y cariñosamente, que el tono de la túnica naranja se dan de bofetadas con su innegociable corte de pelo a tazón. Y les hago ver, que bastaría el simple afilado dedo de una mano desnuda para tirotear a todo lo que se asoma, a todo lo que se mueve. Le compro el guión de lo que lee, de lo que oye, de lo que ve. Y siempre será el héroe a este lado del mundo. Mi hijo juega a restaurar la paz, manipulado, claro que sí, pero como los de la otra bandería, que siempre serán o han sido, por aquí, el mal, el imperio del mal. ¿Que le compro violencia? Si no hubiera habido, ni sarracenos, ni conquistadores sanguinarios, ni piratas, ni nazis, ni delincuentes, ni kamikazes, ni mafia, ni Bin Laden, ni garante del planeta, ni dioses que no vuelven de comprar tabaco... mi hijo tendría una paloma blanca de mascota por la casa, o la biografía, en fascículos, de todos los amaneceres. Reflejo de la vida que nos toca, somos, son los juguetes o deberían de ser. Yo, cuando en aquella película, los pintarrajeados comanches raptaron a la chica, o, en aquella otra, viendo a todo el séptimo de caballería por los suelos, al pelirrojo Custer flechado como un San Sebastián, acabé de un plumazo con toda la tribu de la pluma, nunca mejor dicho. A Caballo Loco le colgué del palo mayor del fuerte de madera. Y de nuestra guerra civil que oía en la cocina tocada lenta en la curtida cicatriz de un brazo que me llevaba en volandas, la lidié, de niño, en la calle de arena de los pueblos de La Rioja. Alistado de soldadito en uno de los dos bandos, echado a suerte, jugábamos a dispararnos con balas de corcho... Hasta formábamos un pelotón de fusilamiento. Recuerdo que mi verdugo de pupitre, me ponía su oído frío en mi pecho cerrado al aire, y yo me demoraba eternamente en la muerte... Sólo quería recordármelo. Y aún se me escapa media sonrisa, como si, sin esos juguetes, uno no sería, ahora, la misma buena persona que creo que soy. Recordármelo, mientras en la pantalla, me dejo matar.