Lo efímero y lo eterno

Día 19

Una urna dispuesta para este domingo en el Ayuntamiento logroñés./Juan Marín
Una urna dispuesta para este domingo en el Ayuntamiento logroñés. / Juan Marín
Jorge Alacid
JORGE ALACIDLogroño

El final de la campaña electoral coincide con la inauguración del festival Concéntrico, que disemina por Logroño una reflexión polifónica sobre la idea de ciudad contemporánea a partir de un eje también de profunda vigencia: una cavilación colectiva sobre lo efímero. Como metáfora, parece imbatible. Dentro de unas horas, todo este blablablá, quién dijo qué en aquel debate o qué candidato compareció con aire de mayor despiste en campaña nos parecerá en efecto efímero. Condición que garantiza, por paradójico que parezca, su permanencia.

Porque toda campaña acaba siendo un runrún que nos acompaña para siempre. Sobre todo, la recién clausurada. Porque sobre su espinazo se recortará en apenas unos días la siguiente, la que conduce al triple escenario electoral del 26 de mayo. Un bucle efímero que aspira a la eternidad, como ocurre en el conjunto de la vida política: desde hace años, vivimos en campaña electoral permanente. Cada comparecencia de un líder ante la prensa, cada sesión parlamentaria, cada declaración (canutazo, en la horrible jerga periodística) propende a lo permanente, porque construye por solapamiento un discurso que salta limpiamente de una legislatura a otra. Incluso los mensajes parecen intercambiables, de modo que esa sensación de continuidad alcanza al día después de visitar las urnas. Hasta el infinito y más allá, hacia esa frontera que se cruzará en la medianoche del domingo, cuando se abra paso entre tanta habladuría el debate pendiente sobre los pactos. Otra noción efímera. Tan efímera que dura hasta que se vuelven a convocar las nuevas Cortes y entonces se reanuda el mismo carrusel: todo fluye, nada permanece, avisaba Heráclito, superado hoy por el curso de los acontecimientos. Porque la sociedad moderna exige por el contrario que nada fluya para que todo permanezca.

O por decirlo en palabras lampedusianas, que todo cambie para que todo siga igual. A esa vocación de cambio se han entregado con distinta suerte los candidatos riojanos. Porque les ayudaba para dar credibilidad a su discurso puesto que aunque estas elecciones se juegan en la cancha nacional, ellos apuntan al territorio cercano. De manera que todos podrían caer de pie: quienes animan a deponer a Sánchez pero a la vez prefieren que nada se mueva en la escala regional protagonizan un ejercicio de equilibrismo semejante al de sus rivales, partidarios de que Moncloa retenga a su actual inquilino pero se modifique de raíz el paisaje político en La Rioja.

Ocurre que hay cosas que nunca cambian. Incluso en un ecosistema político tan volátil como el actual, debe darse por descontado que en la noche electoral se lanzarán al aire las mismas frases de siempre, cuyo destino es también la eternidad más efímera. Con ellas, cada cual construirá su particular pasarela: una escalera que conduzca al infierno o a la gloria, en función de sus resultados. La que lleva al cielo, por cierto, se inspira en una de las ideas inmortalizadas estos días en el arrebatador paisaje de cepas que rodea Viña Lanciano: tomando prestado su título de AC/DC, Concéntrico ofrece una pista de hacia dónde deberían dirigir sus inquietudes nuestros candidatos, de suyo muy conformistas. En cuyo auxilio acudirán de nuevo los veteranos roqueros australianos: su himno 'El largo camino hacia la cima' sirve de banda sonora en los mítines del PSOE. Una aspiración hacia la eternidad que seguro que firman todos sus efímeros rivales.