La mirada mate

RUBÉN LAPUENTE

Si no eres niño, cuesta asomarse al tiempo arrugado y casi vencido. Tan chicos, se inclinan hasta el roce, se restriegan en el asperón de esa piel, sin esfuerzo. Podrían hasta jugar a perderse en el laberinto de surcos de sus rostros. Si no eres niño, cuesta asomarse a esa edad. Y eso, que sólo les bastaría con que al pasar movieras el aire, que olieran quién eres.

Cuando respiran hacen ruido. Cuando comen salpican un poco. Cuando hablan, sueltan a veces alguna tontería, pero de las que no hieren. ¡Y cómo se carcajean!

Tú, ponle siempre, a la tarde, en la tele, el diario de un encuentro. Mejor si hay lágrimas, las de cocodrilo le sirven lo mismo. Bájale de la pantalla sus recuerdos: Un poco de aquella música de juglaría... Y verás cómo amanece un destello en su mirada mate. Y verás cómo te hace la zapateta cien veces. Disfrázate de Rey, como para el niño. A esa edad se lo cree todo. Y después a tus asuntos.

Si tienes que dejarle en una casa grande, en una Residencia, acércate a verle un rato todos los días. Mejor, a la misma hora, para que no se duerma al mirar tanto la puerta. Si se le cansa la cabeza y busca de almohada su hombro, inclina también la tuya, para que te vea bien, como aquel día, que, perdido tú, te ofreció, sin demora, el corazón de sus ojos...

Un ratito largo con su mano en la tuya. Que la caricia de la palma le dura toda la noche. Un ratito largo... Y después a tus asuntos.

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