La ermita

RUBÉN LAPUENTE

No le bastaba con cerrar los ojos. Tenía que ir a ese claro del bosque. Mirarla de frente. Hablarla bajito. Tenía que decirle lo de la sombra en el pecho. Y subió a la ermita.

Yo sabía que en la corriente de su sangre, navega la carreta de sus días de cielos azules y el tambaleo bellísimo del paso en andas de todo un valle. Y cómo no nombrarla, cómo no recurrir a ella, cómo, si aquí te empuja, si aquí punza en tu espalda el respeto a la memoria de tantos siglos, si es la fe de tus mayores.

Y que le pida lo imposible, que está ahí, para que, egoísta, eche mano de su hechizo. Para que le abra su regazo, quedo y silencioso, de cálida carne de madera. Y que le regale tarros de ungüento de madre para la congoja, brazos en jarras para los embates de esa alimaña ciega que es la vida... Y ganas de vivir envenenada.

Y si vas tú progreso, déjate llevar, que la sencillez es el espejo de la belleza, y sube a pedirle a esa hermosa boticaria de fábula de letanías o a ese algo eterno que nos empuja -no hace falta arrodillarse- que no te oigas nunca decirte: «Oh, no puedo más y aquí me quedo». Dile o a ti mismo, dite: «Que aún estás en el camino...».

Y no le basta con cerrar los ojos. Ya deshojada la flor del miedo. La sombra del pecho quemada. Hoy vuelve a subir hasta ese claro del bosque, a mirarla de frente, a hablarla bajito, a darle las gracias.

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