La Rioja

A una máquina de coser

Tan convencida. Tan deprisa. Eligió su trocito de enser de herencia de su casa cerrada. Ya sin vida. Ayer la arrancamos con toda su larga raíz de hierro hundida en la dehesa. De camino hacia La Rioja, en cada curva de la carretera, la mano de ella sobre su costado era como un brazo amigo sobre la espalda. «Ponla ahí bajo la luz de la ventana que se limpie de penumbras».

Al abrirle las gavetas, los botones bostezaron, recobraron la memoria: «¡Si todos tienen el rostro de su ropa! Mira estos dorados, son de la guerrera de mi padre. Estos grabados de anclas, son de trencillas, de bocamangas de trajes de comuniones de mis hermanos. ¡Cómo me devuelve este de nácar aquel rosetón de cintas de mi primera blusa! ¡Mira! ¡Si tiene carcoma! ¡Si parece de tan herida rueca de luna! ¡Ya me la estás curando!»

Oh, como la entiendo ahora. Si se ha traído el zumbido de ese pedaleo de vida en la casa: El que trenzaba hebras de luz de sol cada domingo. ¡Y todas las tardes de su madre sobre hilachas! «Ponla ahí bajo la luz de la ventana que se limpie de penumbras».

Su trocito de enser. Su pequeña gran herencia. Que ahora, alegre, en silencio, sólo coserá recuerdos vivos...

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