La Rioja

Emoción de un viajante: la cierna

Nunca me había pasado. Y mira que llevo años viajando por esta tierra. Yo, parado aquí, tan de cerca. ¡Y sorprendido! Yo, que voy todos los días de bodega en bodega, casi de viña en viña, con este morral lleno de etiquetas, esperando que esa luz de papel traspase el vidrio de alguna botella de vino de Rioja. Que pueda llegar a ser su semblante o su señuelo o tal vez el recuerdo ebrio de algún olvido. ¡Yo aquí fascinado! Será que siempre he mirado esta infinita almazuela de viñedos como si mirara el mar. Cuando, a veces, la belleza no es sólo distancia, sino como ahora, en junio, aquí, y tan de cerca, pura emoción. Y ha sido desde la ventanilla del coche, al ver de pasada ese bosquejo de racimos, lo que me ha hecho parar y entrar en la viña a quedarme al pie de sus cepas, sorprendido, fascinado. Es que casi ni recordaba haberlo visto antes. Es que dura tan poco la cierna: esa gestación, la delicadeza de ese nacimiento, su magia, su complejidad. Con esa extraña y delicada y efímera flor blanca de la uva. Su perfume único que me envuelve ahora. Oh es la preñez del vino. Es la niñez de la uva. El asombro del arranque de todo esto que acaba con mi etiqueta pegada en la botella: Ese señuelo que abre la cava del paladar. Y aquí, yo, parado, embriagado de entrar en el fondo de este enjambre de olorosos verdes racimos niños de uva en flor. Amando lo que hago. Ahora de otra manera, viendo, de tan de cerca, cómo nace el pequeño dios del vino.

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