La Rioja

El Cristo de la Buena Muerte

Se pueden dibujar los recuerdos, ciertos recuerdos, sobre todo algunos de la niñez. Fue aquel miércoles santo, al mediodía, que mi madre me llevó a la Redonda. Siempre, ese día, el Cristo de la Buena Muerte abandona la urna de cristal en la que descansa. Al cruzar la capilla, allí estaba envuelto de muerte. Parecía sobre un lecho de terciopelo negro, sobre un estero de sangre, el dolor mismo. Unas mujeres lo limpiaban, le barrían con un plumero el nidal de harina de polvo del último año. Le pasaron luego, un paño embebido en aceite. Y lo hacían como si lamieran las heridas a su propio hijo. Sobre su torso, cada uno le pasaba lo que tenía a mano. Mi madre, su pañuelo de seda, y un algodón, que después de navegar por su piel de cedro, lo guardó, aceitado, muy despacio, en el bolso. Le dejaron los dedos del pie, libres, como flores de gasa para la larga fila de los besos. El roce de la madera torturada, recuerdo, era suave, de ese que se queda un largo tiempo, y si lo rescato, todavía hoy me sale de la memoria aquel mismo perfume de carne de madera preciosa.

Miraba la talla y en el pozo oscuro de los agujeros, oía el eco del primer mazazo en el clavo, junto al pavor del jirón de su garganta. Y en esa boca en el costado, veía la lanza barrenándole por detrás de las costillas. El pulso de cada espina de la corona, como pequeñas puñaladas en las tiernas sienes, andaba por el cielo de la Redonda. Me acordé del buen ladrón, Dimas, del «acuérdate de mi.». Que me sabía la vida de Jesús, que me daban religión en el colegio, a machamartillo.

Siempre es, en este redoble de los tambores que envuelve Logroño en Semana Santa, lo que me hace recordar esa mañana. Y, quizás, qué importa si no crees que anduviera en la mar, o que del lodo de su saliva diera la luz a unos ojos ciegos o que sacara de un cesto el ágape de una multitud, qué importa. Si es la emoción pura de la belleza en su muerte sola lo que sube por las calles. Si es esa lírica parábola de una vida verdadera en un cuerpo que a quién no estremecería si estuvo en el regazo de mirra de una madre, muerto y ensangrentado.

Este miércoles en La Redonda o este Viernes Santo por las calles, no le van a faltar alas de requiebros, goterones de lágrimas, claveles...

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