Dos generaciones atormentadas por un mismo maltratador

Las secuelas del intento de asesinato que sufrió la madre hace una década por parte de su pareja, en libertad desde 2016, se extienden también a su hija de 22 años

Dos generaciones atormentadas por un mismo maltratador
Alberto Ferreras
DOMÉNICO CHIAPPE

Cuando tenía 24 años Miryam conoció al hombre que intentaría matarla con un puñal. Su victimario, Andrés, tenía en esa época treinta, era albañil, separado, con hijos.

(I)

Descenso a los infiernos

Alberto Ferreras

Los presentó una amiga común. Ella estaba embarazada de una pareja anterior, que la abandonó. A él no le importó y ella se fue a vivir con él a su pueblo toledano. Dos meses después, perdió al bebé. «Él estuvo conmigo en todo momento», recuerda Miryam. «Era un apoyo. Se hizo cargo de todo. Éramos pareja y amigos». Miryam y el hombre que unos años después querría asesinarla en tres ocasiones tuvieron dos hijos, Nheyla y Aarón. «Éramos una pareja normal», dice Miryam. La primera agresión llegó sin previo aviso cuando Nheyla tenía seis años. «Según entré a la casa me dio un bofetón», rememora. «Me fui con mis hijos a casa de mi madre. A la semana, hablamos y volvimos».

Pasó el tiempo. Los hijos crecían, ambos trabajaban. «A los dos años de aquella vez montamos una empresa de construcción. Empezábamos a tener una vida resuelta», cuenta Miryam. «Pero él empezó a frecuentar una web de billar con chat, su comportamiento empezó a cambiar». Una noche, Miryam entró al dormitorio, lo confrontó. Él le sujetó del cuello, la empujó contra la pared, hizo presión. Nheyla, con ocho años, se interpuso entre ambos. Suelta a mi madre, le retó. Él cedió. «No tuve la sensación de que me iba a matar, pero te acongojas», sostiene Miryam. Dos días después, él se marchó «vendiendo todo, cediendo las obras que teníamos y dejándonos sin nada», asegura Miryam. «En tres meses se gastó todo el dinero con quien se fuese». En abril de 2007, volvió. Le pidió perdón, prometió empezar de cero. «Le respondí que esa era su casa, y ellos, sus hijos, pero que yo no volvería a ser su mujer». El hombre intentó ganarse a su hija. «Me dijo que me regalaría una bicicleta», recuerda Nheyla.

Hasta que un día «normal», acota Nheyla, la familia cenó, los niños se acostaron y la pareja se quedó en el salón con la televisión. «Él se levantó y fue a la cocina», reconstruye Miryam. «Oí el ruido de un cajón y de los cuchillos y lo vi venir con uno de carnicero, en alto, hacia mí. Me levanté y reaccioné. Me quitó el teléfono de la mano, lo estampó contra la pared, cogió el fijo sin soltarme y lo tiró contra el suelo. Me dejó incomunicada. Pensé: mis hijos están durmiendo, si se levantan les puede hacer daño. Me agarré a su cuello y le dije: cariño, yo te quiero, perdóname, dame tiempo».

(II)

Las horas del crimen

Alberto Ferreras

«A él le dio una crisis nerviosa y cayó al suelo, con una especie de epilepsia», prosigue Miryam el relato de una agresión anunciada. «Empezó a darse cabezazos. Qué he hecho, qué he hecho, decía. Tiré el cuchillo detrás del sillón, pedí ayuda. Vino la Guardia Civil, la policía local y los sanitarios. Le denuncié y al día siguiente le detuvieron. A las dos de la tarde, salí del juicio rápido, con una orden de alejamiento. Él me esperaba en la puerta de mi casa, para sacar sus pertenencias escoltado por la Guardia Civil del pueblo. Empezó a dar vueltas por la casa, se acercó a donde yo estaba y me pidió una medalla de oro del Real Madrid que me había regalado. Cuando se la di, fue hacia mí y caímos los dos hacia atrás. Cuando me lo quitaron de encima, vimos el cuchillo en la mano».

Sólo entonces Miryam supo que estaba herida. «Me apuñaló y, ya en el suelo, siguió rebanando todo lo que quiso. No sientes nada». La sentencia indica que llevaba «oculto un cuchillo de 11,3 cm de hoja y 20,5 de longitud que había cogido de la cocina». Herida, mientras esperaba las instrucciones de las autoridades, que debían levantar el atestado, y la llegada de la ambulancia durante diez minutos, llamó a su hija. Miryam no recuerda qué le dijo. «Yo sí», afirma Nheyla. «Ahora subo, pórtate bien, está todo bien. Y nunca subió (a la casa donde estaba la hija)». Mriyam fue trasladada al hospital de Móstoles. «Más que dolor era quemazón». Durante los trece días que estuvo ingresada, intubada los primeros, telefoneaba a su hija. «Ella decía que la estábamos engañando». El informe del forense dice: «de no haber recibido tratamiento quirúrgico de urgencia hubiera fallecido». En la memoria de la hija hay otra frase grabada, aquello que le repetía su madre por teléfono: «Hola, Nheyla... cómo estás... pórtate bien... te quiero».

(III)

Una sombra alargada

Alberto Ferreras

Los agentes redujeron al hombre, mientras exclamaba: «te tengo que matar, te tengo que cortar el cuello, lo tenía que haber hecho ayer, voy a estar dos o tres años en la cárcel pero cuando salga te mato», según la sentencia. Andrés entró en la cárcel el mismo día que apuñaló a Miryam. El juicio se celebró dos años después y, en febrero de 2009, le condenaron a ocho años por asesinato en grado de tentativa. Miryam tardó en recuperarse de las heridas. «La que se ha hecho cargo de todo he sido yo, desde los once años», admite Nheyla. «Mi madre no podía levantarse de la depresión, mi hermano con cuatro y una minusvalía». La hija empezó a trabajar desde muy joven. La familia del padre se desentendió de ellos.

A todo reo le conceden permisos penitenciarios pero la mujer maltratada y sus hijos no recuperan la libertad. Cuando él salía, a veces por cinco días, la familia se encerraba en su piso, bajaba la persiana, no salía «ni para ir al colegio». Una vez no le dieron aviso; en otra ocasión, un familiar la llamó para que se escondiera; en una tercera, el hombre contactó por Facebook con la hija. Intentó que le colocaran una pulsera de seguimiento a su victimario, pero las autoridades rechazaron la petición. «Él me seguirá buscando», asegura Miryam. «No importa que haya pasado ocho años en la cárcel, no creo en la reinserción».

Se acercaba 2016, año en que liberarían al hombre que intentó asesinarla. «En esa época estábamos en casa de mi madre, que él conocía perfectamente», asegura Miryam. Buscó ayuda. La asociación Mujeres Unidas contra el Maltrato le tendió la mano. La recomendación era que huyera, que se mudara de ciudad. Miryam no tenía medios y acudió a los servicios sociales. «La solución que me dieron fue que entrara en una casa de acogida, metiera a Aarón en un centro de menores y que Nheyla se buscara la vida. ¡Quitarme a mis hijos, que es lo único que tengo! El problema de la violencia de género es que te matan o te olvidan», denuncia Miryam. Otra organización, Fundación Ana Bella, le ayudó a alquilar un piso en Sevilla.

(IV)

El círculo vital

Alberto Ferreras

En Sevilla se refugiaron la madre y sus hijos, pero unos meses después Miryam sufrió una enfermedad neurológica que la dejó sin habla. «No se trata sólo del daño físico», mantiene Miryam. «¿Quién sabe el trauma de los hijos? ¿Quién valora mi miedo?». Madre e hija decidieron volver a Madrid. «En ocho años hemos vivido en siete sitios diferentes, incluyendo una casa de acogida», enumera Nheyla. «Mi vida pasa de ser normal un día, a que mi madre me espere en la puerta con las maletas y me diga que nos vamos».

Hoy, Nheyla tiene 22 años. Más de una década que no ve a su padre. Pero su sombra sigue tras ella. No puede vivir en el mismo hogar que su madre. «Mejor dos casas separadas, para que una sea la de 'seguridad' por si pasa algo y ella o yo podamos ir a donde la otra. O si viene el agresor, quede alguna viva para hacerse cargo de mi hermano». Ambas siguen otras medidas para esquivar la amenaza permanente, desde no responder a llamadas de números desconocidos hasta no tener ninguna escritura a sus nombres, nada en propiedad. Aunque vive a pocos minutos de Madrid, la hija no suele visitar sus principales calles o monumentos.

En esa ciudad vive su padre, el hombre que intentó asesinar a su madre. Evita las estaciones principales, algunos barrios. Las dos cambian de apariencia cada cierto tiempo, tienen dificultades para encontrar empleo, esconden parte de sus vidas. «En las entrevistas de trabajo tengo que presentar la sentencia sólo por ser su hija, pero él no tiene que presentar nada, es más libre que yo», denuncia Nheyla, que ha rechazado todo contacto con su progenitor. «Desde que pasó todo esto he tenido que escuchar que yo voy a ser una asesina como mi padre. Tampoco sé cómo voy a reaccionar cuando le vea. Uno de mis mayores miedos no es qué me puede hacer él a mí sino lo que puedo hacerle yo. Acabar con esto y que todo el mundo viva bien. Pero entonces sería como él». Nheyla camina por las calles de una núcleo urbano periférico en una mañana lluviosa. Al rato dice: «A pesar de todo, somos felices». Y unos minutos después: «No quiero querer».

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