Los irreductibles de Villarroya

El municipio más pequeño de España se resiste a morir. «Nos libramos de la desaparición cuando encontramos agua», dice Salva, que lleva de alcalde 44 años

Los irreductibles de Villarroya
Justo Rodriguez
Pío García
PÍO GARCÍALogroño

La carretera abandona los polígonos industriales de Arnedo y en pocos kilómetros entra en una era geológica distinta. Las montañas se vuelven pardas y severas, adustas, venerables. Hay carteles que anuncian que en estas piedras antiquísimas dejaron su firma los dinosaurios del cretácico. Un pueblo de nombre sonoro, Turruncún, se asoma a la calzada, pero está vacío. De su caserío en ruinas se perciben a simple vista la torre de la iglesia, el frontón y las escuelas, que yacen nuevecitas y asombradas, como si los alumnos las hubieran abandonado a todo correr, a lo pompeyano, sorprendidos por alguna extraña erupción.

Un desvío a la izquierda conduce a Villarroya. Los molinos se alinean militarmente a las faldas del monte Gatún, pero las aspas no se mueven. Hay restos de nieve en las zonas umbrías, aunque las temperaturas han subido de repente casi diez grados y la dehesa se ha convertido en un pantanal. Los cronistas detienen el coche a la entrada del pueblo. Los recibe un silencio silbante, un silencio de cierzo y pajarillos. Caminan unos pasos, se acercan a la plaza y un perro esbelto, con manchas de color canela, se les acerca presuroso, más extrañado que furioso. Husmea y ladra con desgana.

– Garzón, quieto.

Garzón es el perro de Salvador Pérez Abad, 71 años, alcalde de Villarroya. Lo recogió hace diez años cuando trabajaba en una viña de Grávalos. Se lo encontró aterido y hecho un ovillo. Era un cachorro indefinible. «Ni siquiera sabía si era un perro o un gato». Lo montó en el coche, puso la radio y, como estaban dando una noticia sobre el juez Garzón, le cayó en suerte el nombre. Aquello resultó ser un perro y ahora se ha convertido en el alguacil oficial de Villarroya: todos los días hace infatigablemente la ronda y recorre las calles arriba y abajo, avisando a su dueño de la llegada de intrusos.

Salva lleva 44 años de alcalde. Cogió la vara de mando el 28 de septiembre de 1973, a los 27, en los últimos años del franquismo, porque se lo pidió su antecesor, Daniel Pérez, y luego ha ido ganando las sucesivas elecciones municipales, siempre en las listas del PP. «Ahora, ya puestos, sí me gustaría llegar a los cincuenta», confiesa. Cuando ocupó por primera vez la Alcaldía, Villarroya tenía más de cuarenta habitantes. Ahora, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, se ha convertido en el municipio más pequeño de España, junto con Illán de Vacas (provincia de Toledo): solo quedan cinco vecinos censados, tres hombres y dos mujeres. «Bueno; eso dicen los del INE –responde–. Pero en muchos pueblos se empadrona gente que luego no vive».

Salva, que está soltero, sí vive en Villarroya. Todo el año. Haga bueno, truene o caigan chuzos de punta. «Pero casi nunca estoy solo. Siempre hay gente que viene por aquí», advierte. Hoy, por ejemplo, le acompañan otros dos hijos del pueblo: Tomás Ezquerro, que cumplirá 85 años en marzo, y Jesús Garrido, alias El Chato, que va por los 69. Los tres forman tertulia al sol, mientras Garzón emprende su tercera o cuarta ronda y un gato rubio, gordo y perezoso lo mira con desdén. Hablan del tiempo y de las dos nevadas impetuosas y solemnes que han caído este año. No habían visto nada igual desde que eran niños. El Chato vive en Arnedo («cosas de la mujer», se excusa), pero se mantiene empadronado en Villarroya y pasa en el pueblo «350 de los 365 días del año». Cultiva espárragos y borrajas en unos invernaderos que ha plantado en la parte baja del pueblo. «Ya hacía falta, ya, que cayera agua. ¡Años llevaban las raíces de las matas de los espárragos sin mojarse!», se espanta. En este momento, Estrella, una perra fugitiva y sigilosa, con andares de espía, se mete en la casa de Tomás y sale derrapando con media hogaza de pan en la boca. «¡La madre que la parió!», exclama Salva. Estrella, ladrona, avispada y poco de fiar, no se parece en nada a Garzón, que prosigue su ronda infinita con una seriedad de guardia civil.

Justo Rodriguez

Los tres amigos caminan hacia la tahona. Abren la puerta. Los goznes chirrían con un gemido espeluznante. «Ah, ese sonido me quita ochenta años de encima», sonríe Tomás. En la posguerra, los vecinos amasaban el pan en casa y luego, por turnos, lo cocían en el horno municipal. En los noventa lo rehabilitaron entre todos y una o dos veces al año, cuando llega la temporada de coger setas, organizan unas merendolas fastuosas.

«En los 50 había bar y baile»

Salva, Tomás y El Chato acompañan a los cronistas a dar una vuelta por el pueblo. Los propios lugareños y sus descendientes han arrimado el hombro para aprovechar las subvenciones y restaurar el caserío, las calles y la iglesia sin gastarse el dinero en albañiles. Villarroya vivió su época de esplendor en los años 50, cuando las minas de carbón estaban a pleno rendimiento y llegó a tener casi 400 habitantes. «Venían furgonetas de obreros de Arnedo, de Turruncún, de Muro, de Grávalos... Aquí se cobraba a la semana, había tienda de ultramarinos y bar, y baile todos los domingos», añoran los tres. Ahora solo queda un silencio espeso azotado por un viento dictatorial. El carbón, que salía con mucha mezcla de azufre, dejó de ser rentable, las minas se cerraron y el pueblo perdió 350 vecinos de golpe. En las eras, donde antes brotaba un fuego perpetuo que olía a infierno, ahora se respira el aire inmaculado que corre entre el Gatún y el Moncayo.

Salva se ha construido su casa por aquí cerca, en las afueras del pueblo. Dice que no se aburre nunca, ni siquiera en las noches de invierno.

– ¡Pero si apenas tengo tiempo de cuidar la huerta! –protesta–. Y eso que llevo tres días que no puedo ni bajar a la viña del frío que hace.

– Mejor –tercia Tomás–. Entonces te sientas junto a la lumbre y chorizo va, chorizo viene.

– Ni eso puedo, que me lo ha prohibido la médica.

– Pues cambia de médica.

Justo Rodriguez

Tomás, en la frontera de los 85 años, parece el protagonista de un anuncio de planes de pensiones: fibroso, ágil, con un hermoso pelo blanco, socarrón, optimista, de ojillos risueños. Marchó a Logroño de joven, pero mantiene su casa en Villarroya y conserva una memoria puntiaguda, que cultiva con la paciencia de un notario: «Llevo escritas cuartillas y cuartillas de cómo era la vida en el pueblo en la década de los cuarenta, por si un día a alguien le sirve», anuncia. De momento, desgrana un avance de sus recuerdos mientras se sienta a la mesa que ha preparado Salva. Los forasteros, que han sacado muchas fotos y han tomado varios folios de apuntes, ya se iban, pero sus anfitriones les conminan a picar algo antes de coger el coche. Sobre el mantel, despliegan sin aparato cinco vasos y dos botellas del vino que aún hace Tomás, con uvas garnachas y tintas de la zona. En un periquete se ven involucrados en un almuerzo riojano: mientras todos lamentan lo alto que tienen el colesterol y la reata de pastillas que deben desayunarse, se ventilan varios platos de panceta, chorizo, jamón, queso y lomo. Envalentonado por la camaradería, el cronista se anima a hacer la pregunta que lleva rondándole todo el día, desde que cogió la carretera y salió de Arnedo:

– ¿No temen que Villarroya acabe pronto convertido en un pueblo fantasma, como Turruncún?

– No –medita Salva–. Creo que Villarroya se salvó cuando abrimos el pozo, encontramos agua y la llevamos a las casas. Aunque la gente vaya y venga, no creo que deje que se muera el pueblo.

Y los tres amigos se echan un trago del vino de Tomás, como si quisieran espantar un mal pensamiento.

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