«Se lo debo todo al toro y sé que muy pocas veces he estado a su altura»

El legendario torero de Salamanca explicó ayer en Alfaro su sentimiento como matador y sus perspectivas ante el futuro de la tauromaquia

PABLO GARCÍA-MANCHA
«Se lo debo todo al toro y sé que muy pocas veces he estado a su altura»

«Cada noche sueño con el toro, con muchos de aquellos astados que me tocaron lidiar y con otros que me vienen a la cabeza casi sin pensarlo. Se lo debo todo a él y sé que muy pocas veces he estado a su altura». Con esta increíble modestia se expresa Santiago Martín 'El Viti', con dieciséis puertas grandes de Madrid a sus espaldas y referencia máxima del arte del toreo de todas las épocas.

-¿Sigue soñando con el toreo?

-Claro. Mire, en muchas ocasiones los toreros hablamos de nuestras faenas, de lo que logramos allá o acullá, pero pocas veces nos acordamos del toro. Y no me queda la más mínima duda de que el toro es la base angular de la fiesta. Para mí el respeto hacia ese animal es máximo y si no se entiende que todo gira en torno a él y que es él el protagonista no comprenderemos la filosofía del toreo, su esencia más íntima.

-¿Se sigue sintiendo torero?

-De otra forma a lo que viví en mi etapa profesional, pero claro que sí. Siempre he tratado de aprender de todo el mundo. Cuando mi hermano le dijo a mi padre que yo quería ser torero, él me avisó de que esta profesión era durísima, era algo muy serio y que era fundamental estar siempre a la altura de lo que el público demandaba. Yo toreaba mucho en el campo, y en algunas casas de Salamanca, como la de Cobaleda, en invierno se tentaban vacas viejas, muy serias y muy exigentes. Si se planteaba un tentadero a mí me gustaba llevarlo a cabo fuera como fuera, aunque cayeran chuzos de punta y hubiese una cuarta de agua sobre el ruedo. Lo hacía, y mis banderilleros, incluso mi apoderado, querían que desistiera. Sin embargo, yo me acordaba de las palabras de mi padre, de la dureza de la profesión y toreaba con el viento, con el agua y con el frío para ir archivando en mi mente todos esos retos que más tarde se planteaban en las tardes de corrida. Toda esa forja, aquellas conversaciones con los viejos aficionados, me hicieron sentir el toreo como lo que era, un desafío constante a mi naturaleza como ser humano.

-Siempre se hablaba de su seriedad.

-Sí, pero no era algo impostado, yo no veía en las tardes de corrida algo que me produjera risa. Un cirujano amigo me decía: Santiago, aunque sea con las orejas en la mano, sonríe. Pero yo no podía. Una vez asistí a una de sus operaciones y vi cómo trabajaba en el quirófano, su técnica, su oficio, su responsabilidad. Cuando se estaba lavando las manos después de la intervención le dije: no te he visto sonreír. Y lo entendió todo, claro que lo entendió.

-¿Es optimista de cara al futuro?

-Siempre lo soy: mientras exista un ganadero bravo habrá una persona que lo quiera torear. No son tiempos fáciles, éste es un espectáculo caro y la sociedad tiene muchas alternativas. Pero creo en el futuro, aunque nos tenemos que organizar y luchar por las novilladas, que son el porvenir del toreo.

-¿Qué opina de José Tomás?

-Lo admiro porque es un torero que deja huella. Lo conozco desde que su abuelo, que era muy seguidor mío, me dijo con doce años que iba a ser figura. Y mire hasta dónde ha sido capaz de llegar.