Con los pies en la tierra

Los modernos colonos que se instalan en pueblos pequeños de La Rioja llegan de Madrid, Barcelona o Bilbao

MAITE MAYAYO
Ángel González y Mari Mar Jiménez. De Barcelona a Préjano.                         SONIA TERCERO/
Ángel González y Mari Mar Jiménez. De Barcelona a Préjano. SONIA TERCERO

El valle del Cidacos está salpicado de minúsculos pueblos que a duras penas se mantienen vivos. Ahora es el refugio de un puñado de entusiastas jóvenes y no tan jóvenes llegados de grandes ciudades que demuestran que el campo es futuro. Son los modernos colonos del valle y agrupados en el colectivo 'Entre almendros' ofrecen a quien quiera visitas guiadas a pueblos deshabitados, cursos de cocina saludable, elaboración de cremas naturales o de quesos, rutas por la naturaleza, encuadernación artesanal, catas de aceite y vino... Una forma de plasmar la vitalidad rural. Pero la nueva mirada sobre los pueblos tiene multitud de protagonistas. Algunos de ellos nos cuentan sus experiencias.

Ángel González y Mari Mar Jiménez Analistas de mercado. De Barcelona a Préjano

«Aquí hay veces que sales a la calle y no ves a nadie»

Samael tiene 8 años y es el responsable de que un día sus padres, Ángel y Mari Mar, dejaran atrás Barcelona. «Queríamos otra vida para él, en contacto con la naturaleza». Ángel nació en la ciudad condal pero sus padres (al igual que los de su mujer) procedían de Préjano y el pueblo siempre le atrajo. «Teníamos una buena vida. Trabajábamos en una empresa de investigación de mercados pero comenzamos a pensar de qué otra manera podríamos vivir. Se nos ocurrió montar un blog -elblogalternativo.com- y en él escribíamos de los temas que nos gustaban. Fue creciendo y es el punto que nos mantiene por medio de la publicidad». Después, vendría un segundo -lacocinaalternativa.com- y, ahora, cursos, talleres, libros... ('Bienvenid@ al campo', escrito junto a Ramiro Palacios, se acaba de presentar hace un par de semanas) «entre una cosa y otra vamos tirando». En el 2007 decidieron dar el paso pero tardaron tres años en vender el piso y, por fin, en el 2010 iniciaron su aventura. No les gustan las luces ni los escaparates, así que no echan de menos el bullicio. «Supongo que es un tema de carácter -reflexiona-. Tenemos amigos que vienen en verano y nos dicen que se morirían aquí de tristeza».

Préjano es una comunidad pequeña, apenas 200 pobladores, -«es como una gran familia»- y la buena vecindad está casi asegurada: «Al final eres amigo de todos pero todos saben de tu vida. Y si tú quieres ser celoso de tu intimidad es complicado. Es como un escaparate. En una gran ciudad pasas desapercibido».

Admite que muchos han idealizado de forma equivocada el mundo rural: «Nosotros lo llevamos muy bien en verano y en invierno pero a mucha gente le resultaría muy difícil. Aquí hay veces que sales a la calle y no ves a nadie». Y una pega: «Dependes del coche totalmente. En Barcelona no lo necesitaba, iba en tren o en metro, pero aquí hay días que necesitamos los dos».

Ángel tiene una huertita junto a la casa. «Es un hobby y la tengo para consumo propio. Yo no sabía nada de la huerta. Me he juntado con un amigo, la llevamos a medias y me enseña». «Es cierto que en un pueblo llevas la vida con menos gasto pero no es gratis vivir. Nadie te regala una casa, un trabajo. Te tienes que buscar tú mismo la vida».

Victoria Alonso Encuadernadora artesanal. De Madrid a Santa Eulalia Bajera

«Conocí La Rioja en el programa de Labordeta»

Cuando Labordeta recorría España con su mochila, los pueblos de La Rioja también asomaron en su espacio de La 2. Así Victoria Alonso, una madrileña de tercera generación, conoció nuestra tierra. «Por la tele y un anuncio en la revista Integral», se apresura a decir. «Me gustó. Estaba relativamente cerca de Madrid, había mucho que ver alrededor y el nivel cultural y económico me parecía suficiente como para poder desarrollar mi oficio. Así que mi pareja y yo cogimos dos camiones y nos vinimos, en un principio a Munilla, con la intención de llevar a cabo nuestros talleres. Él era restaurador de muebles y yo, de libros». Eso fue hace 17 años. En la capital trabajaba en uno de los estudios de restauración más reputados: «Hemos restaurado, por ejemplo, las Glosas Emilianenses. Ganaba muy bien pero quería aparcar la vorágine de Madrid. El mundo de la restauración se puso de moda entre la gente bien y estaba derivando hacia algo que no me gustaba. Quise montármelo por mi cuenta porque me sentí preparada. Lo dejé todo pero me llevé mi taller artesanal y mucha, mucha ilusión», cuenta.

A Munilla llegó con su pareja y se hicieron cargo del centro social, «pero la convivencia se hizo difícil porque la vida en estos pueblos es realmente muy dura y nos separamos». Victoria sabía que su sitio estaba aquí y se trasladó a Santa Eulalia: «Mi sueño era vivir en el campo con la gente de pueblo. Me gustan los pájaros, ver la vida por la ventana y sentía que en Madrid se me escapaban muchas cosas». Al principio, no resultó fácil: «Todo eran críticas, qué hace una chica sola, a qué se dedica. Parece que no te aceptan pero superadas las habladurías el tiempo me dio la razón. Empecé a ayudarles porque yo tenía móvil y furgoneta y se dieron cuenta de que vine para quedarme». «No cultivo una huerta porque no lo necesito. Ellos me abastecen y yo les correspondo en lo que puedo con los recados. Es una especie de trueque espontáneo», indica.

«Tengo una vida espiritual que es la que nos salva a los que tenemos creencias y vivimos en relación con los elementos. Un paseo por el río o por la montaña son cosas únicas. Jamás me he arrepentido de dejar la ciudad. Cuando me separé, mi familia me decía que volviera pero yo decidí quedarme con mi taller artesanal y estoy muy feliz, aunque achuchada económicamente».

Alexander Yunquera Informático. De Baracaldo a Préjano

«Mis padres pensaron que era una locura de chaval»

«Llegó un momento en que estaba sentado en la silla y no podía estar quieto. No me encontraba a gusto», cuenta este informático. Alexander no era feliz encerrado en una oficina delante del ordenador sin moverse y aprovechó el final de un contrato para capitalizar el paro y... dar el disgusto del siglo a sus padres. «Les dije que me iba a vivir al pueblo. Se echaron las manos a la cabeza y creyeron que era una locura de chaval. Que me volvería a la semana», cuenta. Y en Préjano -donde están las raíces de su familia- sigue unos cuantos años después. Como el mundo del vino le atraía, antes se pasó por Laguardia y se sacó la titulación de vitivinicultura. «Pensé que en La Rioja esos conocimientos me podrían aportar. Estuve en vendimias, en bodegas, en Oporto de Erasmus...». Ahora está enfrascado en arreglar la casa familiar poco a poco, ha recuperado los almendros y olivos del abuelo (sin su presencia estarían abandonados) y se ha volcado en la agricultura ecológica. «He plantado mis lechugas y tomates. Tengo unas gallinas exploradoras porque están sueltas. A veces, los vecinos me avisan de que están de paseo en la carretera», comenta. «¿Aburrirme? ¡Si no tengo tiempo! Hemos terminado de coger la aceituna, me tengo que poner a podar, la casa, las gallinas... Elaboro aceite, vino, cerveza, queso y ahora hago bizcochos en la cocina económica porque tengo un montón de manzanas de la cosecha», espeta sonriente y nos desvela sus proyectos, dentro del colectivo Entre almendros: «Tengo mucha ilusión. La idea es ofrecer catas de vino, de aceite... con otra gente que hace sus propias cosas», cuenta.

Préjano es aceite y cuenta con un museo-trujal: «Es del pueblo pero me dejan sacarle partido». Alexander es 'multitareas': «He dado algunos cursos de informática, arreglo ordenadores a domicilio, y ahora estoy cubriendo la baja del alguacil, así que hago mantenimiento general, un poco de todo». Sobre la gente que vuelve a los pueblos reconoce que «existe esa utopía». «Todo se ve desde fuera muy bonito pero luego llega el invierno, el frío... te quedas sin leña. O te mueves en los pueblos o no haces nada. Yo he venido al pueblo con otra mentalidad, con chispa y con ganas de hacer actividades y dinamizarlo». «¿Irme? Me tendrán que echar a palos porque yo de aquí no me muevo».

Amado García y Sandra Carnero Al frente de la quitanieves. De Torrelavega a Lumbreras

Yaiza, Yeray y Noemí, los únicos niños del pueblo

Yaiza (10 años), Yeray (6) y Noemí (3) fueron los primeros niños que corretearon por las calles de Lumbreras en décadas. Llegaron con sus padres en el 2012 para tres meses y ahí siguen. La crisis expulsó a Amado García de Torrelavega. Soldador de profesión cuando las empresas empezaron a cerrar, buscó una oportunidad fuera y en el Servicio Público de Empleo de La Rioja halló una oferta de trabajo para verano. Con su esposa Sandra y sus tres retoños, se plantó en Lumbreras y cuando la temporada acabó, el pueblo le ofreció llevar la quitanieves. «Ellos me han tendido la mano y espero que estén contentos conmigo. Nos acogido muy bien desde el principio y estamos muy agradecidos», relata.

Como su mujer, procedía de un pueblo pequeño de Cantabria y el deseo de prosperar les llevó a la ciudad. Ahora las circunstancias han dado la vuelta y han retornado a lo rural. «Los críos son los que mejor se han adaptado. Sólo están los míos, aunque ahora han venido otros dos en la Venta. Van al colegio a Ortigosa y solemos bajar a Logroño, a Soria o al Rasillo. Ellos salen solos por ahí con las bicis y eso es algo que en Torrelavega no podían hacer», señala. «No echamos de menos nada. Esto, para nosotros, es volver a nuestros orígenes en pueblos pequeños. Nos gusta la naturaleza», confiesa Amado.

Cruz Revuelta e Iñaki Gutiérrez De De Valladolid y de Portugalete. Llevan una casa rural en Clavijo

«Nos llamó la atención la casa, tenía algo especial»

Fue hace 16 años y a pesar de lo que le había costado llegar a ser jefe de cocina en el hotel Formigal, Iñaki ni lo dudó. La necesidad de compartir la vida con la persona que había encontrado pesaba más que todos los fogones del mundo. Cruz (de Valladolid) trabajaba para la administración pública y recaló en Logroño. Iñaki (de Portugalete) siguió su estela. «En hostelería es muy difícil conciliar la vida laboral y personal. Fue algo muy rápido y ni lo pensé. Valoré mucho en ese momento la posibilidad de desarrollarnos como personas, además de profesionalmente y por encima del dinero», recapacita. «Nunca había estado en La Rioja y buscamos la opción de Logroño, pero enseguida pensamos en un pueblo próximo», recuerda. Así llegaron a Clavijo. «Fue la casa las nos llamó la atención porque tenía algo especial y era lo suficientemente grande como para tener trabajo para los dos», explica.

Los comienzos fueron duros porque no conocían a nadie y habían dejado mucho atrás («Mi situación era ya muy buena. Me costó mucho llegar a ser jefe de cocina pero nunca me he arrepentido ni un minuto del paso dado»). «El mayor patrimonio de La Rioja son los riojanos. Nunca me cansaré de decirlo. Cuando llegamos y picábamos la fachada venía alguien del pueblo y nos echaba una mano aunque le decíamos que no podíamos pagarle», recuerda. Y, claro, tanto tiempo da para mil anécdotas: «Para ellos era inexplicable que dejaras todo para ir a vivir a un pueblo que en los años 70 estuvo a punto de desaparecer. No entienden que vas buscando otra manera de vivir. En aquella época no estaba en auge el turismo rural».

Existe un lugar mágico conocido como Brigadoon que, sometido a un encantamiento, sólo se hace visible una vez cada cien años. Así se preserva de la maldad exterior y mantiene su armonía. Dos turistas extraviados van a dar con esta aldea escocesa justo el día en que todos sus pobladores despiertan y se quedan deslumbrados por la magia y el misterio que la envuelve. Como en la película de Vincente Minnelli (un clásico musical de los 50) muchos han quedado prendados de los encantos de las tierras riojanas y aquí, en La Rioja, han encontrado 'su' particular Brigadoon.

Son los nuevos 'inquilinos' de los pueblos. Los llaman 'neorrurales', pero son urbanitas que un buen día se lían la manta a la cabeza y dejan todo atrás: la gran ciudad, el trabajo estable, la comodidad... Desertores de los ruidos, aglomeraciones y estrés de Madrid, Barcelona o Bilbao, buscan conquistar la calma, la tranquilidad y el bienestar desde la sencillez. Y así surgen en el espacio rural riojano proyectos alternativos de vida de la mano de quienes deciden retornar a las raíces o simplemente de aquellos que sin tener arraigo en esta tierra apuestan por otra forma de ser. Ahora son felices. Pero no se equivoque; la bucólica imagen que proyecta el idealizado campo no siempre cumple nuestras expectativas. Muchas experiencias terminan estampadas porque vivir en un pequeño pueblo y sin la comodidad acostumbrada tiene sus demasiadas espinas.