El juguete caro del verano

Con el Flyboard el hombre ha conseguido andar sobre las aguas. El cacharro cuesta 4.000 euros y causa furor entre los millonarios. El inventor es un piloto francés de moto acuáticaSe llama Flyboard y la gente guapa lo ha puesto de moda. Es un híbrido entre una moto de agua y el despegue de un cazabombardero 'Harrier'

FRANCISCO APAOLAZA
Una participante de la Copa del Mundo de Flyboard, que se celebró el pasado año en Doha. La mayoría de personas aprenden a usarlo en menos de media hora. ::                         REUTERS/FADI AL-ASSAAD/
Una participante de la Copa del Mundo de Flyboard, que se celebró el pasado año en Doha. La mayoría de personas aprenden a usarlo en menos de media hora. :: REUTERS/FADI AL-ASSAAD

Dos mil años después, el hombre ha conseguido andar sobre las aguas sin que medien milagros; solo la simple mecánica de fluidos. Cerca de la playa hay tipos que se elevan sobre la superficie del agua como superhéroes que miran el mundo diez metros por encima de las olas, que giran en el aire, hacen piruetas, caen de cabeza bucean y vuelven a salir despedidos al aire. Al verlos se diría que son delfines, aunque no hay trucos, ni magia, sino un invento que se ata en los pies, que se llama Flyboard y que es el último juguete del verano de los ricos riquísimos que veranean en todo el mundo. Ya lo han probado gentes tan distintas como Leonardo Di Caprio, que ha corrido mejor suerte en Ibiza que en 'Titanic', la ínclita Ana Boyer y deportistas como el piloto Sete Gibernau o el tenista Juan Carlos Ferrero.

Todos tienen en común la pasta que son capaces de gastar en un día de playa. En el caso de Di Caprio estaba invitado por el multimillonario ruso Vladislav Doronin, que además de un helicóptero, una zodiac, un lago de champagne y una moto de agua, en su yate lleva un Flyboard que cuesta 4.000 euros más IVA.

Alrededor de su barco y en playas de toda España, las gentes se han extrañado al ver a personas que se suspenden sobre la superficie como si llevaran un cohete adosado a la espalda. Casi. En rigor, lo que visten es una 'moto de agua' enganchada a los pies. El Flyboard funciona gracias a dos chorros de aire y agua que elevan a la persona como los 'Harrier', los aviones militares de despegue vertical. La potencia de esta columna de propulsión viene de un 'jetski' que se une a los pies por un tubo. El motor de la moto acuática lanza el chorro que se transmite a la persona por esa tubería y la tercera ley de Newton -«Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria»- hace el resto. A volar.

Si a Newton le inspiró una manzana que le cayó en la cabeza, a Franky Zapata se le ocurrió el engendro una mañana, «sin más». Se puso en marcha en tiempo récord. Zapata, un piloto francés de motos de agua que competía desde los 17 años, siete veces campeón de Europa y tres del mundo, que entonces ya construía sus propias motos, comenzó a 'dibujar' el Flyboard en la primavera de 2011. Después de varios prototipos, pronto consiguió despegar. Cuando lo vieron volar, se arremolinó a su alrededor tal multitud que durante un tiempo lo guardó en el garaje y se dedicó a patentarlo antes de que la idea también echara a volar. En el mundo ya había un sistema parecido, pero se manejaba desde una mochila, no permitía tanto juego y costaba 100.000 euros. Zapata consiguió hacer lo suyo por 4.000 más impuestos (1.500 más con el 'gadget' para controlar la potencia del chorro sin un compañero a los mandos de la moto).

Al poco tiempo colgó un vídeo en YouTube en el que demostraba lo que podía hacer con su invento, y se fue de vacaciones. En ese tiempo, el mundo se volvió loco. Decenas de distribuidores se lo estaban pidiendo para ayer y millones de personas habían visto las imágenes de Zapata en la red. A la vuelta, el distribuidor español de juguetes acuáticos de lujo, Lindsay McQueen, estaba esperándolo en Francia, pero tuvo que aguardar una semana pues un príncipe de Dubai había 'raptado' a Zapata para que le enseñara a usar su juguete a cambio de una millonada. El inventor, dotado de una visión clarísima de dónde está el negocio, presentó sus prototipos en China y en menos de un año, en otoño de 2012, celebró la primera copa del mundo. Los había vendido como churros. Al fin y al cabo, el Flyboard es una mezcla de deportes que funcionan: surf, wakeboard (esquí acuático con tabla) y moto de agua. Es, además, de esos deportes que buscan algunas elites hoy en día: es exclusivo, está de moda y no hay que pasar años de aprendizaje dejándose los cuernos en el intento. Se puede uno 'tirar el moco' en un tiempo récord. Según los expertos, el 80% de la gente que lo prueba se eleva en los primeros 15 minutos. «Es como caminar. Solamente hay que convencerse de que hay que estar erguido», explica el propio Zapata.

300 euros la hora

En cuanto lo vio, Lindsay McQueen -que fue tercero en la copa del mundo de Qatar- se fue a por uno. Probablemente sea él el primero que lo distribuyó en el mundo. Desde que comenzó, ha vendido más de cien. Príncipes saudíes, millonarios rusos como el propio Doronin y otra gente de cuenta corriente generosa se lo quitan de las manos. Algunas empresas de ocio de playa por toda España se han hecho con uno y lo alquilan. No es barato. En Ibiza, una hora con instructor cuesta 300 euros. En Lekeitio, Gijón o Noja se puede probar durante 20 minutos de clase con el campeón del mundo de moto acuática Alain Arrizabalaga por 115 euros.

Para algunos, la compra es accesible. Lo sabe Lindsay McQueen, que vende desde hace años lo más lujoso de los juguetes acuáticos. Cuando sale algo nuevo, los dueños de los yates de medio mundo se le plantan en la tienda de Ibiza (ahora ha abierto otra en Mallorca) y compran lo que haga falta. Hay dos reglas: tiene que ser nuevo y estar en 'stock'. «Lo quieren aquí y ahora; si no, se enfrían. Son muy caprichosos». El año pasado facturó un millón y medio de euros solo en Ibiza. A sus puertas aparcan los deportivos de los dueños de los yates -Doronin, entre otros potentados rusos- que buscan algo más que despertarse en una cala del paraíso. «A los tres días de desayunar en el barco se aburren y quieren cosas para entretener a sus amigos o a los niños». McQueen, de 34 años, alicantino hijo de escocés, se dio cuenta cuando, después de años vendiendo lanchas de wakeboard, descubrió en una feria de Alemania el Seabob, una suerte de torpedo que lleva un pasajero y que cuesta hasta 15.000 euros. Empeñó todo lo que tenía para traer uno a su tienda y en casa le llamaron loco. Un cliente árabe se lo llevó y al poco tiempo, su vecino de amarre apareció en la tienda pidiendo dos. En el primer año vendió decenas y ha llegado a ver yates que llevan ocho aparatos. Desde entonces, despacha Flyboards, Seabobs y Jetsurfs, unas tablas motorizadas de 12 kilos que pueden alcanzar los 55 kilómetros hora a cambio de 12.000 euros. El último capricho son los parques acuáticos hinchables que llevan los grandes barcos en sus entrañas: piscinas, trampolines, pasarelas. La moda es hacerse un tobogán a medida para saltar desde la cubierta más alta (yates de 100 metros pueden tener cinco) hasta el agua. El parque entero -que por supuesto montan los marineros de la tripulación- cuesta 30.000 euros. Para el año que viene ya tienen nuevo capricho: rocódromos que se adaptan al costado del barco con varios recorridos y por colores según la dificultad. «El negocio va a más».

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