El grito de Giovanna

Giovanna montó una carnicería en Ronda de los Cuarteles..., pero nadie entraba. Hasta que se le ocurrió pedir auxilio Giovanna

PÍO GARCÍALOGROÑO.
El grito de Giovanna

En la Carnicería Yoana, en la calle Ronda de los Cuarteles 24, hay un mostrador acristalado con piezas de pollo, de lomo y de ternera, pinchos morunos, salchichas, hamburguesas. Al fondo, en varias estanterías, se apiñan botes de conserva, encurtidos y otros productos, cada uno con su precio. Es martes, a mediodía. Entra una clienta, resopla, protesta un poco por el calor de la calle, alaba el aire acondicionado del local, pide que le hagan una pechuga en filetes finos y la carnicera, Giovanna, cumple las órdenes con una sonrisa franca. Mientras cae la carne sobre el papel de envolver, hablan de una cosa y de la otra.

La escena parece banal y ordinaria, puro costumbrismo logroñés. Y, sin embargo, hace apenas tres meses hubiera resultado impensable. Por eso Giovanna sonríe ahora tanto y por eso, cuando cuenta su aventura, se detiene a veces al borde del sollozo. «Es que lo he pasado muy mal y ahora empiezo a ver una lucecita al final del túnel», se excusa.

Giovanna Gómez Bascón (Logroño, 1980) decidió coger una pequeña carnicería en la calle Ronda de los Cuarteles. Su marido tenía una empresa de construcción, pero, cuando estalló la burbuja inmobiliaria, todo se le vino abajo. «Con el dinerillo que había por ahí pusimos la tienda», explica Giovanna. «Era mi ilusión de siempre», enfatiza.

Abrió en diciembre. Todo le salió mal: en un mes murieron la madre, el padre y la suegra de Giovanna. La carnicera, ya madre de tres hijos (de 4, 10 y 14 años), se tuvo que hacer cargo de su hermano, de 13. Y, para colmo, nadie entraba a la carnicería. Nadie. «Me tiraba los días enteros aquí, viendo a la gente pasar». Cerrar la tienda, más allá del descalabro económico, suponía enterrar la esperanza. Así que Giovanna se puso a discurrir.

«Necesitaba publicidad y no tenía dinero», relata. Para lanzar un grito de auxilio, sin embargo, bastaba con un papel y un bolígrafo. Contó su historia, rellenó unas cuartillas y las pegó en paredes, en coches, en farolas: «Pido a los vecinos del barrio que me ayuden -escribió-, no digo que me compréis solo a mí, pero si lo hicierais tan solo una vez por semana, entre todos mi ilusión por mantener el negocio seguiría». Giovanna recordaba que solo buscaba sustento y prometía calidad, buenos precios y sonrisas.

Surtió efecto. Al poco tiempo, un vecino se le ofreció a pasarle el texto a ordenador. Y, poco a poco, la gente fue entrando. «Vienen, algunos compran, otros me animan... No tengo palabras para agradecérselo». De momento, entre todos han conseguido alejar el fantasma del cierre. Giovanna todavía no ha podido conjugar la palabra 'beneficio', pero al menos va haciendo frente a los pagos. «Eso era bastante más de lo que podía hacer antes», suspira. Y no para de dar las gracias: a la antigua carnicera, Araceli, por su ayuda; al escritor Israel Esteban por haber difundido la historia en su blog (); y, en fin, a todos los vecinos del barrio. «Era una locura abrir en plena crisis, lo sé -resume-, pero a mí me ha devuelto la ilusión».

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