El Gobierno del mal menor

«El Gobierno no aspira a ser bueno ni malo. Se conforma con ser el Gobierno del mal menor, cuyas medidas drásticas y poco populares están destinadas a salvar a los ciudadanos del desastre que no ha llegado todavía pero podría llegar»

ÓSCAR GARCÍA AGUSTÍNDOCTOR POR LA UR Y PROFESOR EN LA UNIVERSIDAD DE AALBORG (DINAMARCA)
El Gobierno  del mal menor

Si nos remontamos a la división clásica realizada por Aristóteles entre gobiernos buenos y malos, los primeros se preocupaban por el bien común mientras que los segundos perseguían favorecer a los intereses privados. A punto de cumplir un mes de presidente, resulta interesante preguntarnos hacia dónde se mueve el Gobierno de Rajoy.

Las primeras medidas adoptadas por el Gobierno de Rajoy para combatir el déficit se basan en la subida de los impuestos, la congelación de los salarios de los funcionarios (que tendrán que trabajar más horas), la congelación del salario mínimo interprofesional. La pregunta es obvia: ¿dónde se encuentra el bien común? Parece que la función del gobierno no es ya lograr el bien común sino evitar que la situación empeore. El Gobierno no aspira a ser bueno ni malo. Se conforma con ser el Gobierno del mal menor, cuyas medidas drásticas y poco populares están destinadas a salvar a los ciudadanos del desastre que no ha llegado todavía pero podría llegar.

Mariano Rajoy actuó consecuentemente desde el principio como presidente del mal menor. Fue sorprendente su desaparición de la esfera pública, especialmente cuando se anunciaron las primeras medidas de su gabinete. A diferencia de su predecesor, Rodríguez Zapatero, quien terminó por convertirse en el mal (y origen de todos los males), el presidente del mal menor puede ser invisible. Las decisiones de su Gobierno no necesitan ser defendidas por él, como principal responsable, sino que se defienden por sí solas: de no tomarse, todo sería peor.

De ahí que Soraya Sáez de Santamaría se convirtiera en la portavoz del mal menor con la siguiente promesa a los ciudadanos: «Queremos trasladar a los ciudadanos que los esfuerzos no serán en vano; quizá se les está pidiendo un esfuerzo más, y llevan muchos, pero todo ese esfuerzo tiene un fin». Parece obvio, así formulado, que las nuevas políticas perjudican directamente a los ciudadanos. De ellos se espera que hagan un esfuerzo. Lo difícil es explicar la necesidad de continuar haciendo esfuerzos sin vender la promesa de un futuro mejor. Por eso, el fin es importante: crear empleo y generar riqueza. Objetivos loables pero abstractos y situados en un horizonte temporal indefinido. El esfuerzo, sin embargo, es concreto y afecta al día a día de los ciudadanos.

Y como el déficit público era mucho peor de lo que se había estimado, «el Gobierno se ve obligado a adoptar otras medidas que no tenía previsto adoptar y que no hubiera adoptado». El Gobierno del mal menor, con sorprendente claridad, niega su capacidad de acción política. Las medidas que aplica en la actualidad jamás las hubiera adoptado si pudiera ser el Gobierno que querría ser pero que no es. Es un gobierno obligado a actuar en contra de su voluntad. Los culpables: el déficit público (otro de los grandes males para la economía) y, por supuesto, el mal (el Gobierno anterior de Zapatero).

Sáez de Santamaría se refiere a la totalidad del paquete de medidas como el «inicio del inicio». No podría ser de otro modo: el mal iniciado todavía es pequeño y el mal mayor está por llegar. Eso sí, cuando todo pase, España volverá a ocupar el lugar que le corresponde en la economía mundial.

Con Rajoy de vuelta a la escena pública, el principio del mal menor permanece inalterable. Rajoy inauguró su agenda internacional con la visita de Sarkozy. Rajoy secundó la propuesta del mandatario francés de implementar una tasa sobre las transacciones financieras. Dicha tasa, conocida como tasa Tobin, fue defendida hace más de una década por el movimiento alterglobalización ATTAC y cuenta con la simpatía de la izquierda. ¿Qué lleva a Rajoy a apoyar esta medida? Sarkozy respondió por él: «En España han subido los impuestos. ¿Cómo podemos decirle al ciudadano que la tasa a los movimientos financieros no tiene que existir?» No hay una motivación política, como controlar los excesos de los mercados financieros, sino que, en realidad, se trata de compensar a los ciudadanos para que los males que están padeciendo sean percibidos como menores.

También cumplió Rajoy con la tradición de realizar a Marruecos su primer viaje internacional como jefe de Gobierno. Rajoy, como presidente, ha abandonado pronto los gestos simbólicos contrarios a Marruecos que practicó en la oposición. El reconocimiento de los intereses económicos que unen a los dos países ha podido más. Está por ver si el PP, que tildó la política internacional del PSOE de buenismo, pretende convertir el mal menor en el eje de su .

En su tercer encuentro internacional, Van Rompuy, el presidente del Consejo Europeo, mostró su aprobación hacia las políticas de Rajoy. Van Rompuy alabó al gobierno español por sus ajustes y reformas, que no son otros que los impuestos por la Unión Europea. Con optimismo, añadió que si los países hacen sus deberes, la UE saldrá de la crisis pronto. En fin.

Ni Sáez de Santamaría, sustituyendo al Rajoy ausente, ni el Rajoy hipercomunicativo, expuesto a los medios de comunicación, asumen que las decisiones tomadas responden a su proyecto político, sino que se escudan en la lógica de evitar un mal mayor.

Ahora bien, las medidas se aceptan esperando que las cosas vayan a ir mejor ya que 'algo hay que hacer'. ¿Y si cuesta más tiempo salir de la crisis y el crecimiento económico (por no hablar de la creación de empleo) es más lento de lo previsto? Sería deseable, pues, que el gobierno dedicara sus esfuerzos a promover el bien común y que los ciudadanos no tuvieran que sentir que la única opción que les queda es resignarse y aceptar el mal menor.

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