Y Chenel fumó en La Manzanera

Antoñete pasó por Logroño en ocho ocasiones; en 1967 cortó una oreja que le llevaron a la enfermería

Y Chenel fumó  en La Manzanera

Domingo 24 de septiembre de 1967. Amanece el último otoño antes del mayo de 1968 y Antonio Chenel 'Antoñete' fuma en el patio de cuadrillas de la vieja Manzanera. Han pasado catorce años de su alternativa y a su izquierda, con esfinge contemplativa, también espera pero sin tabaco Julio Aparicio, su padrino de aquel día de Castellón. Chenel fuma y piensa, se diría que masculla con su cabeza oblicua y la mirada embelesada en no se sabe muy bien qué. El año anterior había salido tres veces por la Puerta Grande de Las Ventas y éste apenas había logrado dos tibias vueltas al ruedo. Hacía algo más de un año de su prodigiosa faena al toro blanco y sobre Chenel ya se mecía su leyenda de torero de cristal, de huesos frágiles, de mujeriego y canalla, de un matador con aureola de rojo («rogelio», como él decía) que se cagaba en los muertos del generalísimo cuando toreaba con don Francisco en el palco. Nunca utilizó ninguna de las pitilleras que le regaló. La tarde logroñesa no iba a ser buena para Chenel, era la cuarta de San Mateo y en los corrales esperaba una ganadería clásica en La Manazanera, la de Joaquín Buendía. Y para clásico, el del mechón blanco que un día dijo que la colocación es imprescindible tanto en el toro y como en la vida: «Hasta para tomarse una cerveza en la barra de un bar conviene estar bien colocado». Y Antoñete lo estuvo, lo estaba siempre, y quizás por eso le dieron una oreja del quinto a pesar de que lo pasaportó Aparicio. Le llevaron el trofeo a la enfermería tras una faena de coraje en la que fue cogido con un varetazo en el muslo izquierdo y una artritis traumática en la rodilla derecha. Chenel herido en sus huesos de porcelana pero victorioso al fin con un padrino, Aparicio, que se entretuvo en cortar tres orejas y un rabo, mientras 'Tinín' pasaba entre pitos y silencios por Logroño. Se murió Antoñete, pero como demuestra esta foto de Salva Gómez del archivo de Olegario Gurrea, siempre daba en el clavo: «Todos los matadores nos morimos soñando que vamos a volver a torear, porque nos llevamos a la tumba la faena perfecta».