LOS OJOS DE TOMÁS PRIETO DE LA CAL

Su mirada lo decía todo; sin apenas hablar se sentía su desaliento, la amargura de su derrota por la decepcionante novillada

PABLO G. MANCHADESDE LA BARRERA

Tomás Prieto de la Cal fracasó ayer con estrépito en Arnedo y su grandeza como ganadero le hizo no dejar el más mínimo resquicio abierto a nada que no fuera su responsabilidad como propietario de un hierro histórico y el profundo respeto que siente hacia el toro y el toreo. Sus ojos lo decían todo; sin apenas hablar se sentía su desaliento, la amargura de su derrota. Sin embargo, hago un poco mío su fracaso por el amor que siento hacia sus bellísimos veraguas y la ilusión que tenía depositada en la tarde de ayer, tantos días esperada desde que en el invierno la Comisión organizadora del Zapato de Oro anunciara su presencia en esta feria.

Los toros de Tomás Prieto de la Cal suelen ser animales imprevisibles e indómitos, reses que pelean hasta morir en el caballo y que plantan cara a su destino con orgullo. Ayer me parecieron todos -excepto los dos primeros, por salvar alguno- iguales en su preocupante uniformidad conformista. Toros sin alma, sin ganas de pelear, toros rendidos a un destino que parecían aguardar desde una incomprensible fatalidad. La mayor parte de las ganaderías actuales suelen pecar de lo previsible de su comportamiento y en estos tiempos de tan agobiante similitud, encastes o ganaderías como la de Tomás y otros ganaderos únicos poseen la virtud de la distinción por la variedad de su comportamiento, porque cuando el aficionado menos se lo espera salta la liebre y los ojos se nos hacen chiribitas.

Los seis animales de ayer fueron un compendio de hechuras, desde la hondura del primero, enmorrillado y apretado de carnes como un atleta, a la rareza del tercero, un astado de nombre 'Capotero' que tenía un pelaje realmente curioso: berrendo en melocotón; es decir, el fondo del mismo color que el resto de sus hermanos, y después, salteadas de forma caprichosa por su anatomía, un sinfín de manchas de un color entre amarillento y anaranjado que hacían del novillo una verdadera pintura. Mas no tenía apenas nada dentro. O el sexto, de nombre 'Ligero', pelín acapachado de cuerna, carifosco y extremadamente cortito de manos.

Pero todos sin excepción se vinieron abajo con un comportamiento tan acaramelado y soso que hizo de la tarde una pequeña agonía.

Tuve la suerte este verano de conocer 'La Ruiza', la finca donde pastan los últimos veraguas, de la mano del propio Tomás, y tuve tiempo en fijarme en la hondura de unos ojos acostumbrados a aquel paraíso donde sobrevive una bravura legendaria. Ayer comprobé ese mismo señorío a pesar de la derrota, del fracaso sin aspavientos, de lo hermoso que puede ser perder cuando se hace por derecho y sin buscar más culpables que uno mismo.

Cuando el Arnedo Arena se puso a hacer la ola durante la lidia del quinto por lo aburrida que estaba siendo la corrida, me fijé a lo lejos en Tomás, en el mal trago que seguramente estaba pasando por el mal juego de sus novillos y en lo duro y amargo que es el fracaso cuando se sienten las cosas de verdad. Sus ojos ateridos lo expresaban casi todo.