Ser toro por su hermano

PABLO GARCÍA MANCHAPERIODISTA
Público asistente ayer a la cita taurina. ::
                             J. RODRÍGUEZ/
Público asistente ayer a la cita taurina. :: J. RODRÍGUEZ

Juanjo Urdiales tomó al grupo de muchachos del Aula Taurina municipal y se los llevó a la azotea del Arnedo Arena. Que no se asusten los padres porque exactamente los encaramó al lado de donde se sienta la presidenta de la plaza, Noelia Moreno, y muy lejos del bullicio de los tendidos y de las peñas con el objetivo de que no se perdieran el más mínimo detalle de la novillada. Todos los niños en primera fila de su palco sin perder ripio de lo que sucedía en la arena con las doctas enseñanzas de Juanjo, que yo lo conozco, y sé perfectamente que desde su humildad es un catedrático del toreo porque entiende al toro como nadie y donde está el toro está la fiesta. Estoy convencido de que Juanjo les habló de lo que supone en el toreo la casta de santacoloma, lo difíciles y tobilleros que se ponen y cómo recortan si no se les lleva muy sometidos con la muleta: no galopan, caminan, giran sobre las patas y cuando se aburren sacan la cara suponiendo que sobre la cubierta existe un mar de nubes o de avecillas que refrescan sus picos en el Cidacos. Juanjo Urdiales lo sabe todo de un toro. Tanto lo sabe que cuando tuvo que convertirse en toro para embestir a su hermano no dudó un solo segundo en enfundarse en su piel para ayudar a Diego, para embestirle como un santacoloma, como un juampedro o como un victorino. Lo hizo desde siempre, pero en los años oscuros en los que no toreaba, Juanjo, todo generosidad y hombría, se convirtió en toro para su hermano. Pero no en un toro solo, lo hizo en toda la cabaña brava. Estudió infinidad de vídeos de corridas y fue interiorizando el galope de los Núñez, la diferencia que existe entre una arrancada de un Cebada Gago y la de un Zalduendo, el genio sostenido de uno de Dolores Aguirre y la nobleza mansita de un Atanasio. No debe de ser nada fácil transmutar la piel de uno por la de un toro. Pero lo hizo por su hermano, para que cuando no le llamaban para las plazas y se le hacía complicado hasta entrar en tentaderos, mantuviera un mínimo contacto con las embestidas. Pero Juanjo fue mucho más allá y se convirtió en tantos toros que le dio a Diego la oportunidad de torear infinidad de ganaderías sin pisar una dehesa. Es tal la compenetración que existe entre ambos que resulta impresionante verlos entrenar en un mano a mano fraternal entre el hermano torero y el hermano toro. Es enternecedor y hermoso hasta dónde llega su complicidad taurina. Un día para comprobarlo, me dejó Diego su muleta en la vieja plaza de Arnedo. Juanjo embistió al cronista con la delicadeza con la que lo hacían aquellos bombones de Galache a Curro Romero. Lo juro, me sentí hasta un poco torero por el compás que fue capaz de imprimir a mi muleta. Luego le reté: «¡Hazme uno de Cebada Gago!». Ni uno fui capaz de darle.

Me hubiera gustado ser niño ayer, subirme con Juanjo al lado del palco donde se sienta Noelia Moreno, y disfrutar con sus enseñanzas de la corrida con todo su grupo de afortunados alumnos. Quizás se lo pida hoy.

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