Cumbre de Manzanares y Cuvillo en Sevilla

Desde 1965 no se lograba algo así en Sevilla. Ayer, el alicantino obró el prodigio al torear con inusitada lentitud El torero sale por la puerta del Príncipe tras indultar a un toro de inmensa clase en La Maestranza

PABLO GARCÍA MANCHASEVILLA.
José María Manzanares lancea en redondo al toro de Núñez del Cuvillo indultado ayer en Sevilla. ::
                             EFE/
José María Manzanares lancea en redondo al toro de Núñez del Cuvillo indultado ayer en Sevilla. :: EFE

Resulta complicado explicar el aluvión de sensaciones que se vivieron ayer en Sevilla, en una Maestranza abarrotada en la que José María Manzanares toreó con una exquisitez y una lentitud tal al tercero de la tarde, que la faena fue creciendo en intensidad hasta llegar a ese clímax del indulto. Quizás el toro no fuera tan bravo en los primeros tercios -quizás-, pero desarrolló en la muleta del alicantino una calidad y una embestida tan sedosa, que a José María Manzanares le dio por detener el tiempo en un aluvión de series dibujadas a un compás tan lento, tan quedo, que parecía un espejismo que estuviese toreando con tan asombrosa lentitud. Los embroques fueron un prodigio de belleza y luego, aunque algún muletazo por la izquierda acabara enganchado, la parsimonia del trazo y la largura de la faena fueron definitivos para que el público, con la decisión evidente del torero de no matar al Cuvillo, clamara enfervorizado por la vida de 'Arrojado', un astado que pasará a los anales de Sevilla porque desde 1965 ninguna res había gozado de tal privilegio en este auténtico templo del toreo. Muchos dirán que ayer se desbordaron las pasiones como un tsunami, pero la fiesta de los toros es especialmente apasionada y la emoción que embargó a los espectadores fue tan arrebatadora que los debates sobre los merecimientos del indulto parecen amortizados al sentir en la piel la suavidad de los muletazos de Manzanares, o la exquisitez de una faena mecida con el aroma del toreo más hermoso, a veces hasta lánguido por la dulzura de una expresión al lancear en redondo que sólo está al alcance de unos pocos elegidos.

La corrida contó, además, con otros dos toros sensacionales: un primero -un dije de pelo castaño- que derrochó nobleza y profundidad y con el que nunca se quiso meter en serio Julio Aparicio; y el sexto, que aunque no tuvo tanta duración como el indultado, no le anduvo a la zaga en cuanto a la profundidad ni a la clase de sus embestidas. De hecho, la segunda faena de José María Manzanares tuvo más hondura que la que obtuvo con 'Arrojado', ya que este último iba hasta el final entregado al máximo y de principio a fin en cada lance. Manzanares, en este toro, sin embargo toreó con poco ajuste al natural; temple hubo mucho, pero la colocación del torero a veces no fue la mejor virtud de su encomiable faena.

Morante de la Puebla estuvo espeso en la lidia de su primer toro, con el que no acabó de confiarse en el capote. Antes, en el dije que le correspondió a Julio Aparicio, había lanceado a la verónica con esa naturalidad que él solo es capaz de plasmar en el toreo. Sin embargo, su genuino primer enemigo no le dejó confiarse del todo en una faena desigual pero en la que hubo esa gracia y ese empaque morantiano tan difícil de describir. Al quinto lo masacró en el caballo y llegó tan desfondado a la faena que se trastabilló antes de entrar a matar. Morante pasó a un segundo plano porque la tarde tenía un solo dueño: José María Manzanares.

Aparicio ofreció una imagen paupérrima; sólo se salva algún capotazo al primero de la tarde en un quite donde el que marcó distancias había sido el de la Puebla. Julito desaprovechó a un toro de bandera en una faena marcada por la impotencia. No está para estas empresas y no es justo que ande quitando puestos a otros por una virtud que sólo hay que buscarla en su antigüedad en los carteles.

Al fin, cuando caía la noche en Sevilla, José María Manzanares salía por la Puerta del Príncipe tras una actuación inolvidable.