Nuestro amigo Javier Velasco

«Javier Velasco, como sacerdote, siempre estaba en primera fila, defendiendo la fe y la dignidad de cada persona»

CEZARY TARACHACATEDRÁTICO DE HISTORIA Y CULTURA HISPÁNICAS DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE LUBLIN
Nuestro amigo Javier Velasco

El 17 de noviembre del 2009 falleció Javier Velasco Yeregui, vicario general de la Diócesis. Subió al cielo, a la Casa del Señor. Su inesperada y repentina muerte causó un gran dolor entre sus familiares y amigos, del ambiente universitario y de La Rioja.

Entre los amigos relacionados con Javier nos encontramos también los hispanistas de la Cátedra de Historia y Cultura Hispánicas de la Universidad Católica de Lublin en Polonia y de otras instituciones del ambiente universitario. El libro homenaje 'Javier Velasco Yeregui. Sacerdote, sabio, amigo', que se presentó en Logroño el pasado 4 de abril (Centro Cultural Ibercaja), es el cuarto volumen de la Biblioteca Polaco-Ibérica. Está dedicado a nuestro amigo Javier y con él rendimos tributo a una gran persona -sacerdote y sabio- que siempre se distinguió por su cultura, su profundidad intelectual y por una extraordinaria cordialidad y amabilidad.

Tuve la dicha de conocerlo hace unos años, durante un Simposio de Historia Comparada Hispano-Polaca organizado en Logroño por mi amigo, el catedrático José Luis Gómez Urdáñez. Luego, Javier vino con frecuencia a Lublin: impartía clases en nuestra universidad, ofrecía charlas a los jóvenes del Liceo Mediterráneo y a los niños del Colegio nº 51 Juan Pablo II. Durante su última visita insistía mucho sobre la situación en Tierra Santa, subrayando la complejidad y la escala del problema. Entregó a los niños polacos unos rosarios hechos por los niños palestinos y pidió apoyo a las familias cristianas que viven en Palestina.

Javier también venía a Lublin para descansar, ya que sufría, como sacerdote en Jerusalén, por los difíciles momentos que atravesaba Próximo Oriente. Le gustaba pasear por los pueblos de Lubelskie, Dabrowica, Tarnawa o Tuszow y admirar la belleza del paisaje rural, la tranquilidad de la tierra, prados y bosques. Hablaba con todos y a todos mostraba su benevolencia. Mantenía una estrecha amistad con la familia del organista Marek, Ana Bochniak y su hijo Nicolás, a quien solía llamar «mi pequeño pirata». Marek se sumó a nuestro homenaje con un concierto de órgano en la concatedral de La Redonda el pasado domingo 3 de abril.

Cuando le propusieron regresar a su Diócesis para ocupar el cargo del vicario general, meditó mucho y me preguntó mi opinión. Javier tenía muchos motivos para quedarse en Tierra Santa -trabajo y nuevos proyectos relacionados con la Casa de Santiago que dirigía en Jerusalén, muchas amistades-, a pesar de que no soportaba bien el clima, los calores de Oriente Próximo. Finalmente decidieron otros argumentos: la obediencia al señor obispo y las ganas de ver la tierra patria. Al volver a España se metió en el torbellino de los trabajos diocesanos.

La última vez que estuve con él en Logroño, en septiembre del 2009, me invito a cenar en un bar en el centro de la ciudad (ahora no recuerdo su nombre). Al principio nos acompañaron mis amigos el profesor Enrique Balmaseda y su mujer, Manami. Luego, cuando ellos se marcharon, mantuvimos una larga conversación mientras comíamos y tomábamos cerveza. Javier me hablaba sobre la enormidad de trabajos que le esperaban en la Diócesis; se sentía un poco preocupado, estaba algo inquieto, pero al mismo tiempo lleno de esperanza y fe. Quedamos en que cuando ya se instalase en Logroño y organizara su nuevo trabajo, vendría a Lublin para dar clases en la Universidad y, sobre todo, para descansar. Como amigo y sacerdote también se dirigió a mí preguntando por mi vida personal y por mi trabajo. Todavía hoy me parece oír su voz, ver sus labios, sus ojos algo cansados. En aquel momento no sabía que Javier me transmitía su último mensaje.

Actualmente, la Iglesia Católica pasa por momentos de prueba, en España y en el mundo. Javier Velasco, como sacerdote, siempre estaba en primera fila, defendiendo la fe y la dignidad de cada persona. Nunca le faltaba coraje para conversar, para mantener diálogo, para discutir con la gente del variopinto ambiente universitario. La autenticidad de su testimonio y la fuerza de sus argumentos hicieron que le escucharan y apreciasen también personas alejadas de la fe, del cristianismo, de la Iglesia. Venían a él para hablar sobre las dudas y los problemas de su vida cotidiana. Y él... supo escuchar.

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