La paradoja de Pedro y Julio

PABLO GARCÍA-MANCHA

La política a veces nos ofrece sabrosas paradojas. El martes nos desayunamos con el impresionante notición de un Julio Revuelta rebelde y proscrito que asestaba una puñalada al mismísimo corazón del Partido Popular de La Rioja -es decir, a Pedro Sanz- a través de una carta descarnada, demoledora y sin el más mínimo eufemismo, en la que no sólo denunciaba el dirigismo del partido que acababa de abandonar, sino que cuestionaba la lealtad institucional del Gobierno de La Rioja con el Ayuntamiento de Logroño, algo, de ser cierto, tan grave como intolerable. La primera lectura del suceso nos dice que la democracia de Logroño ha crecido con una nueva opción y que a Pedro Sanz le ha salido un grano, aunque él y Cuca Gamarra ya se barruntaban la 'cosa' porque conocían el desconsuelo de su urbanista. Sin embargo, también me temo que el exalcalde ha tomado la opción de su propia y sorprendente candidatura básicamente porque se ha visto fuera de las listas; de hecho, hace unos meses se ofreció sin ambages a su otrora líder para lo que fuera menester. Mas no hubo nada... y de ese vacío salió el animal político que Julio lleva dentro con una dentellada casi tan propicia para los intereses de Tomás Santos como en su día fue la proclamación de Francisco Martínez Aldama como candidato socialista para los de Pedro Sanz y su núcleo duro. Sufrategui y su propuesta se quedaron en el limbo porque la mecánica interior de los partidos es inapelable. Pedro Sanz, en su momento, eligió la opción Vallejo en aquella guerra intestina e inmobiliaria que vivió el PP a cuenta de los fantasmagóricos descampados de Pradoviejo. Al no ganar las elecciones por mayoría absoluta Julio Revuelta supo que estaba facturado y se vio solo y abandonado: ya no tenía el poder y su cara recordaba demasiado a la chapuza aquella de la Gran Vía.