Miguel Poveda, descomunal

El artista barcelonés conmovió anoche a un Riojafórum abarrotado con un concierto maravilloso lleno de pasión, copla y duende

PABLO GARCÍA-MANCHACRÍTICO DE FLAMENCO
Miguel Poveda, durante su actuación ayer en Riojafórum. ::                             ALFREDO IGLESIAS/
Miguel Poveda, durante su actuación ayer en Riojafórum. :: ALFREDO IGLESIAS

Cante y canto, flamenco, compás, un aroma lejano pero evidente de jazz, de los puertos, del tango hermano del tanguillo, de la rumba catalana, de un pasodoble torerísimo para Carmen Amaya, de un inmortal Chano Lobato que salió por los costados con esas maravillosas cantiñas del final... Todo eso y mucho más desparramó ayer en un Riojafórum abarrotado Miguel Poveda, un artista descomunal, de mil registros en uno; inagotable y cristalino que dejó sobre el escenario un recital sencillamente maravilloso, transido de poesía, musicalidad, buen gusto, clase y una capacidad para conectar con los espectadores sencillamente asombrosa.

Conviene recordar que el artista barcelonés estuvo sobre las tablas unas dos horas y media de entrega absoluta, recreándose y poniendo perfectamente al día el maravilloso acervo de la copla con una arquitectura que siendo totalmente actual, no desaprovecha ni uno solo de sus registros melodramáticos, de esos amores apasionados de naufragios y mares bravíos que han conmovido generaciones de españoles y que ahora, releídos, acaso decostruidos -como si del mimísimo Ferran Adrià del cante se tratara- ha puesto sobre la mesa con una frescura y una gramática musical limpia, aromática pero nada recargada, sin ninguno de esos lamparones orquestales tan desgraciadamente consentidos y manidos de otros tiempos.

En este aspecto hay que destacar la labor de Joan Albert Amargós, pianista y arreglista, que ha otorgado a todas las composiciones de estas 'Coplas del Querer' una unidad estilística esencial que las distingue de otro afortunado acercamiento a este estilo tan español protagonizado por Martirio. En aquella ocasión Maribel Quiñones se acompañó de otro pianista genial, el maravilloso gaditano Chano Domínguez. Quizás suene más a swing lo de Martirio y más a canción lo que disfrutamos ayer en Logroño, pero la fuerza de Miguel Poveda multiplicó toda la actuación hasta el infinito, tanto por su generosidad sobre el escenario -llegó a realizar tres bises y no se quería ir- como por su habilidad camaleónica: de pronto aparecía Manolo Caracol, Rafael Farina y un recuerdo que tamizó toda su actuación: Miguel de Molina, ese músico maravilloso e inolvidable al que le está dedicando con esta gira un hermosísimo homenaje.

Pero también hubo espacio para las diosas de este género y para canciones tan imponente como esos 'Ojos verdes' -con brillo de faca-, que en el porte del gran Poveda vuelven a sonar con toda la fuerza que imprimió Rafael de León en el coplerío y todas las grandes divas con sus gargantas de estaño.

Y también hubo espacio para el flamenco hondo merced a una siguiriya salvaje y primitiva con la que pudimos comprobar exactamente dónde reside el origen, el tuétano, de todos los dolores, el de los tres puñales, o el de la increíble y almodovariana 'A ciegas'.

Dos horas y media de emoción, de llanto y coplas, de cante bueno gracias a un Miguel Poveda descomunal y generoso.