UN OVNI ROTO EN LOGROÑO

PABLO GARCÍA-MANCHAMIRA POR DÓNDE

Ha brotado en la rotonda de Chile con Duques de Nájera una especie de turbamulta de acero gigantesca, altísima, de color rojo carmesí con estribaciones angulosamente inquietantes que sostienen como un solo hombre un símbolo de Venus del tamaño de Pau Gasol -a ojo de buen cubero- pero de acero corten. Pasé a su lado ayer por la mañana, desprotegido ante esa mansa lluvia de un otoño que lentamente se va desvencijando hacia el invierno, confundido entre esos padres que llevan a sus hijos a los colegios con el fulgor de la carrera perdida frente a un reloj implacable, como si las nueve de la mañana las repicaran los campanarios más pronto cada día. Y cuando iba atribulado merced a mis locos pensamientos, la vi. Bueno, en realidad no sé si la vi, lo vi o le vi. El caso es que contemplé su aspecto de lanzadera rusa de cohetes, de andamio sin poleas ni cubos, de grúa portuaria sin pluma ni ruedas, de esqueleto de algo, de escalera cubista sin peldaños, de bastones apoyados en el viento, de algo roto, no sé qué, pero sin duda roto. Y quedé asombrado mientras los coches pasaban a su vera y los viandantes la obviaban a sabiendas de que estaba ahí y que sólo puede haber llegado a ese sitio aterrizando, o posándose sobre la hierba de esa plazoleta horripilante en la que sólo habita el tráfico rodado. Tiene que ser un ovni que ha venido desde Venus y que ha hecho un aterrizaje forzoso porque se ha roto. Matrícula tiene, creo, aunque los motores no consigo saber dónde están colocados; quizá camuflados en esa especie de pestañas de la parte de arriba. Lo que no sé es cuándo se posó ni las razones por las que soy el único periodista que se ha dado cuenta del avistamiento. ¡Qué cosas me ocurren merced a mis locos pensamientos!